Sociedad

El encanto de un desencanto: la ciudad desnuda

Con fotos de Fernando Gutiérrez, textos, Fernando Massa, edición periodística, Nicolás Casssese y edición visual, Alejandra Bliffeld, LA NACIÓN expuso a Buenos Aires aislada por la pandemia.

Buenos Aires está en pausa. La cuarentena obligatoria para contener la circulación del coronavirus cambió la geografía de la ciudad. El confinamiento impone escenas que nunca vimos y, tal vez, nunca volvamos a ver. Avenidas sin vehículos, veredas sin transeúntes, comercios vacíos y cerrados. Escenas que, por mero contraste, impactan aún más en una megalópolis. La circulación es demarcada por uniformados y controles, y son los eslabones más vulnerables los que aún la habitan: los chicos del delivery en bicicleta y aquellos que no tienen dónde refugiarse de este enemigo invisible. Las caras asoman detrás de las ventanas. Los balcones son los nuevos espacios de sociabilidad. Y el silencio que trajo este nuevo esquema permite que sonidos sepultados por los cotidianos motores, gritos y bocinas ya no sean un privilegio de los barrios de casas bajas. Hojas que ruedan sobre los adoquines de una peatonal, ramas que se balancean, las campanadas de una iglesia en pleno microcentro. Buenos Aires es otra; y cuando el confinamiento termine, los que la habitamos seguramente también.

EL OBELISCO

Los tres carriles de Diagonal Norte vacíos y un semáforo en rojo que no le habla a nadie. Una imagen impensada para un jueves de abril al mediodía. Apenas se vislumbran unas bicicletas. Son chicos que hacen delivery. Los dueños de la calle durante esta cuarentena. “Como no hay tránsito es más seguro y se puede cumplir antes con el pedido –dice uno de ellos–. Pero con esto que está pasando, nadie puede estar tranquilo”.

ESTACIÓN RETIRO

El ala oeste de la estación está cerrada. Una valla la corta en dos, justo donde se emplaza la imagen de la Virgen de San Nicolás. En el ala este, dos empleadas de control de pasajes observan los andenes vacíos. Ninguna extraña el tac tac tac de los molinetes ni el amontonamiento de los pasajeros al bajar del tren. Aunque sí esas preguntas amables de la gente. Por ahí cruza el encargado de un edificio en Saavedra que vuelve a zona Sur: viajó solo en el vagón. Crea que tal vez nunca le vuelva a pasar.

PLAZA SAN MARTÍN

Con la ciudad vacía, las siluetas que recortan el cielo se vuelven protagonistas. Y ahí, emblema imponente de la arquitectura racionalista, se alzan los 33 pisos del Edificio Kavanagh, con sus terrazas jardín y su impronta de barco mirando al Río de la Plata.

PLAZA DE MAYO

En uno de los puntos más ruidosos de la ciudad, se escucha nítido el borboteo del agua de las fuentes. Es más, en un local sobre la calle Florida, a apenas unas cuadras de ahí, las tres empleadas que lo abrieron esa mañana se miraron las caras cuando oyeron las campanadas de la Catedral. Era la primera vez que percibían el tañido.

AVENIDA 9 DE JULIO

Pocos colectivos. Pocos taxis. Pocos vehículos particulares. En solo una semana de aislamiento obligatorio la contaminación del aire se redujo en un 50%. Y no solo el aire: con tan pocos transeúntes, el asfalto y las veredas lucen limpias. Lo confirma la chica que barre la entrada del Teatro Colón: suele demandarle más de una hora, ahora apenas 20 minutos.

PALACIO DE TRIBUNALES

Jueves, a las 13.25. Cualquier otro día como este, a esta misma hora, los pasillos estarían atestados de abogados que apuran el paso antes de que cierren las mesas de entrada. Pero ahora apenas se oye una voz en algún despacho, no hay zapatos que taconean contra los cerámicos, ni carros llevando expedientes. El Palacio es todo silencio.

PUENTE DE LA MUJER

Nadie pasea por la obra diseñada por Calatrava en un desértico Puerto Madero. El puente que homenajea a la mujer podría simbolizar hoy esa situación que viven muchas en tiempos de aislamiento: la soledad e indefensión al tener que convivir en la casa todo el día con un violento. Así surgió la contraseña del barbijo rojo. Basta con pedirlo en una farmacia para que alguien se ponga en contacto con la línea 144.

LA BOCA

Se oyen las hojas secas correr libres sobre los adoquines de Caminito. Las observan el monumento al bombero voluntario y el sembrador espiritual. No hay turistas, ni bailarines de tango. Tampoco puestos de artesanías, ni olor a choripán. Solo el viento que llega del Riachuelo, el ruido de una olla y una cara que asoma detrás de la ventana de un conventillo.

LUNA PARK

El Palacio de los Deportes está cerrado. También los grandes estadios, las canchas del Ascenso, las de básquet, las de vóley y hasta los gimnasios. Pero el espíritu de los deportistas sigue vivo en ese maratonista que corrió 42 kilómetros en su balcón de Belgrano, o en ese boxeador que sigue saltando a la soga en el patio de su casa en Marcos Paz aunque el hambre ya lo amenace por no poder salir a trabajar.

AVENIDA CORRIENTES

Librerías, pizzerías, confiterías, kioscos. Corrientes es una sucesión de persianas bajas. La luz asoma de una pequeña dietética. Está vacía en un día y horario en que suele haber fila afuera. Los números lo dicen todo: suelen recaudar unos 100.000 pesos; en la caja, ahora, hay solo 4000.

FACULTAD DE DERECHO

Las aulas están vacías. Las de las universidades, los terciarios, los secundarios, las primarias y los jardines de infantes. Pero la enseñanza y el aprendizaje no frenó. Solo cambió de forma. Ahora la clase empieza cuando se enciende la computadora. Esta modernización que impuso la cuarentena, ¿habrá llegado para quedarse?

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