Cultura Sociedad

El Vaticano celebra a un “católico poco ortodoxo” que se peleaba con Dios

No es fácil definir la fe de Beethoven. Expertos afirman que su religiosidad era “unipersonal, única e intransferible” y que vibraba en su música con “fraternidad, solidaridad y hermandad”.

“Es probablemente el mayor benefactor de la humanidad, un gran Prometeo. Su música ayuda a encontrarnos a los seres humanos, a entendernos y a que luchemos desenfrenadamente para aceptar y cumplir, de alguna forma, el destino que nos es encomendado, que no es otro que hacer de este mundo un mundo mejor, un mundo más fraternal, un mundo de mayor entendimiento”. Este concepto del productor barcelonés Xavier Güell, da sustento al fervor que pone El Vaticano por los 250 del nacimiento del alemán Ludwig van Beethoven, a cumplirse el próximo 16 de diciembre. A la larga lista de conciertos, pospuestos o cancelados por la pandemia, agregó el acuñamiento de una moneda bimetálica conmemorativa de 5 euros.

Para Güell, Beethoven transmite comunión. “Para él, y esto es fundamental, la salvación es conjunta: aquí o nos salvamos todos o no se salva nadie. Hay una responsabilidad del hombre para los demás hombres. Es decir, que nuestro destino no es individual sino colectivo, puesto que estamos hermanados al final en la muerte”.

“No me resulta nada fácil describir al Beethoven católico, ya que su fe no fue para nada ortodoxa –dice el argentino Fernando Ortega, sacerdote y consultor del Consejo Pontificio de la Cultura–. Beethoven era muy religioso, hay numerosos testimonios de ello. Pero creía en un Dios personal, al que rezaba con frecuencia pidiendo ayuda, considerándose como el más infeliz de los mortales”.

Beethoven “tenía un diálogo permanente y conflictivo con Dios”

Güell insiste: “Beethoven vive una religiosidad unipersonal, única e intransferible. Tiene un diálogo permanente con Dios, conflictivo, no de siervo y amo, un diálogo dialéctico, de enfrentamiento. Beethoven lucha con Dios, a brazo partido, en una especie de ring estrecho. Es una lucha a muerte entre dos titanes, y él piensa que es tan importante como Dios, puesto que lo trata de tú a tú, pero es una lucha para entender a Dios y en la que hay un acuerdo final”.

Ese acuerdo ha acompañado –y transformado– a la humanidad: “Él es consciente de que Dios le encarga, como dice Moisés, una labor titánica: consolar al hombre a través de su música, para que el hombre tenga –sigue Güell– la fuerza para combatir y llegar al máximo de lo que implica ser un ser humano”.

Su música –como el propio Beethoven– contiene “humanismo y espiritualidad al mismo tiempo”, describe Güell. Es inseparable en ella lo uno de lo otro. Como no es posible separar el Beethoven músico del Beethoven que “se dirige a Dios sin intermediarios”, según lo define Ortega. Más allá de que en su catálogo –sus famosas 135 obras– escaseen las obras litúrgicas.

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