Argentina Política

El último baile

Parte de la nota de Mariana Verón en la revista Anfibia, con fotos de Charo Larisgoitia. Cristina no se resigna a no influir en las cuestiones de fondo. Entretela de las tensiones.

Por Mariana Verón (Revista Anfibia)

Cristina se enteró por televisión: nadie la invitó al acto del 9 de Julio en el que Alberto Fernández se rodeó de los empresarios más poderosos de la Argentina. En pleno proceso de deconstrucción para adaptarse al papel secundario que le toca interpretar, se sintió excluida. Rompió con un tuit su silencio ordenador para avisar a propios y extraños que, aunque no tenga el papel estelar, no se va a resignar a mirar al Gobierno desde un sillón. No es una cuestión de formas. Ella quiere influir sobre el fondo. Fue una manera de reafirmar su lugar en la coalición oficialista, un territorio de fronteras aún difusas, en el que, como una monarca europea, ella reina, pero ya no gobierna.

La tensión del Día de la Independencia todavía no se disipó, a pesar de que Alberto y Cristina hablaron por teléfono durante la semana. “A mí también me gustó el planteo sobre qué tipo de empresarios tenemos, solo que parte de la premisa de que uno no advierte lo obvio”, se defendió el Presidente en privado, sobre las críticas que recibió por la centralidad que le dio al Grupo de los 6 en aquella celebración. Ella cree que en el entorno de Alberto hay quienes ejercen presión para mantenerla al margen de todo. Le apunta al secretario de Asuntos Estratégicos, Gustavo Beliz, dueño del teléfono del que partieron las invitaciones para el 9 de Julio. Cristina no está dispuesta a ceder terreno. Uno de los hombres que la acompañó hasta el final de su mandato ofrece una justificación: “Después de ocho años como presidenta, no es fácil entregarle el control remoto a alguien”.

En el universo cristinista hay una máxima que todos repiten. Cristina no volverá a ser presidenta, pero tampoco se jubilará, jamás. Aunque en ocasiones traspase los límites de su dominio, sabe que su destino está atado al éxito de un gobierno que planificó con una premisa clara: ella sola no podría gobernar. Aseguran en su entorno que, aunque a veces se permite tensar el clima interno, trabaja para mantener la unidad y buscar el recambio generacional del que siempre habló. En la Casa Rosada aceptan los tironeos como parte del juego habitual de la política, pero advierten: “No hay 2023 para Cristina, Máximo o Axel, sin 2021 para el Gobierno”.

¿Hacia dónde va la vice? “La jugada debería culminar con una reelección de ambos”, razonan los dirigentes de su confianza. Hay quienes incluso ya se atreven a pronunciar “Alberto-Cristina 2023”. Para sostener la unidad, ella suele decirles a los suyos que el 41 por ciento de los votos que sacó Mauricio Macri, un escenario regional inestable y sin aliados, y la golpeada economía que dejará la pandemia pueden generar un clima propicio para el retorno de la derecha al poder. Con ese peligro al acecho, Cristina aspira a que este sea un gobierno de transición, que siente las bases para transformaciones futuras.

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“Esta es la última oportunidad que tenemos”, le largó lagrimeando a un amigo el 27 de octubre de 2019, en medio de los festejos por el triunfo electoral. Como autora del hecho político más disruptivo de las últimas décadas, no está dispuesta a poner en peligro su creación. Transita este experimento inédito con una dualidad que la desborda, con las heridas expuestas de una batalla que se libra en su interior: entre el deseo personal de querer dejarlo todo y el instinto político de querer controlarlo todo. También recorre el camino con la convicción de que participa de la última experiencia de gobierno de su generación. Para Cristina, este es el último baile.

***

Cristina fue jefa de Alberto apenas siete meses, el mismo tiempo que lleva como vice. Él renunció a la Jefatura de Gabinete cuando ella recién arrancaba su primera presidencia. Antes, tuvieron un mismo jefe político: Néstor Kirchner. En esa mesa de tres, ellos fueron pares. Entender esa primera relación hace menos dramáticas las discusiones de hoy. Máximo Kirchner es gráfico cuando los describe. “Son el dúo Pimpinela”, lo han escuchado reírse, como quien transita con familiaridad las peleas políticas de ambos. Ni una novela rosa ni un policial negro. “Claro que discuten, los dos tienen carácter fuerte, y sus dos mandatos como presidenta generan una tensión natural, porque ahora ella no decide y se la tiene que aguantar”, se sincera un hombre cercano a Máximo, con responsabilidad de gestión.

Ahora Cristina no gana siempre. Dos ejemplos lo demuestran. El martes pasado se cerró uno los casos que los enfrentó intramuros: el affaire Rodolfo Canicoba Corral. La vice quería sostener al juez en su cargo, a quien le valora que no se haya sumado a la ofensiva de otros magistrados contra ex funcionarios kirchneristas. Alberto pretendía jubilarlo por una vieja enemistad que cargan. La tensión llegó a escalar de tal manera que un emisario del Presidente se fue de la casa de ella entre insultos. El próximo 29 de julio Canicoba se jubilará. No obtuvo el acuerdo de la Casa Rosada que necesitaba para renovar su pliego. Cristina aceptó la derrota. En esta etapa, conoció la marcha atrás.

Máximo sobre Alberto-Cristina: “Son el dúo Pimpinela”

La dinámica de la verdadera mesa chica también quedó expuesta en el caso Vicentin. Aunque suene verosímil que ella impuso el plan de expropiación, la intervención de un funcionario clave complejiza la lectura de los hechos. Horas antes del anuncio de Alberto, Carlos Zannini, el hombre que durante 12 años le dio forma legal a las decisiones de los Kirchner, advirtió a la Casa Rosada sobre la inconveniencia de avanzar con la figura de la expropiación. Hoy es procurador del Tesoro, el jefe de los abogados del Estado. Se había enterado del proyecto un rato antes por una consulta del ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas. “¡Nos estamos comprando las deudas de una empresa vaciada! ¡No tiene sentido, no corresponde la expropiación!”, alertó, en un llamado urgente a Vilma Ibarra, la Zannini de Alberto.

Las diferencias entre Alberto y Cristina existen desde que se reencontraron, una tensión administrada más visible ante la crisis. En el kirchnerismo de patio militante, el ritmo aletargado del Gobierno genera fastidio. Piden más dinámica para enfrentar la caída económica, una visión que comparten con el massismo. En La Cámpora creen que Alberto sobreactuó autonomía a la hora de nombrar a su equipo. Por temor a convertirse en el “chirolita de Cristina” terminó, dicen, armando un elenco con sus históricos, a los que les falta gimnasia de gestión. Doce años fuera del poder real hace perder la rutina a cualquiera.

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