Por Ernesto Jackson (Especial para Humanidad)
Los pinamarenses, como el resto de pobladores de las ciudades costeras, miran con asombro y perplejidad los padecimientos de quienes habitan la Ciudad de Buenos Aires y el Conurbano, en esta interminable cuarentena por el maldito coronavirus. Y no es porque vivan alejados del problema. Nada que ver. Los protocolos se cumplen al máximo. Y desde el municipio se promueven acciones que facilitan el movimiento en el área local. El corte en la avenida Shaw, la principal y en arterias aledañas los días de semana, dispuesto por el intendente Martín Yeza, favorecen el distanciamiento social al transformarse en peatonales.
Pinamar, Ostende y Valeria del Mar se preparan para el verano particular que se avecina. Todos, cada uno a su medida, imaginan los meses de diciembre a marzo como la oportunidad para recuperar algo de la fuerte debacle económica que viene causando la cuarentena.
El comercio reabre sus puertas, resguardos mediantes, en forma paulatina. Y la zona comercial muestra de lunes a viernes su vida casi normal. Los operadores turísticos ya se arremangan: las inmobiliarias atienden incesantes consultas y tratan de cerrar operaciones de alquileres. Ya se impone la idea de que la familia que alquile optaría por plazos más largos y algunos operadores apuestan a diciembre como un mes de mucha afluencia.
Hasta los paradores sobre la playa empiezan a moverse. Muchos ya muestran obras y trabajos de arreglo en marcha, con empleados de limpieza y albañiles acondicionando dependencias. Todos apuestan a recuperarse en este verano especial que se acerca, igual que las zorra tratando de alcanzar las uvas de la parra. ¡Ojalá que maduren!


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