Argentina Política

Alberto, “conductor de la reconstrucción”

Con la bandera de la lealtad peronista, hizo un llamado a la unidad. Prometió desterrar odios y afirmó que su movimiento fue víctima de persecuciones políticas.

Con el antecedente de los banderazos opositores, la respuesta que dio el peronismo en el Día de la Lealtad, fue contundente. Por lo masiva: presencial y virtualmente. Reflejó una felicidad opaca que no pudo ser barrida por el castigo implacable del Covid-19 y las penurias económicas. Alberto Fernández, conductor de hecho por la investidura ejecutiva que diseñó su vice, Cristina Kirchner (activa sólo por redes sociales), hizo lo que sabe: equilibrio (figurado) sobre el Obelisco. Planteó la búsqueda de la unidad para poner “a la Argentina de pie”, igual que hicieron Perón y Evita hace 75 años, tras el trágico terremoto de San Juan, un hecho singular al lado de la pandemia que golpea hoy hasta a los países más fuertes e imperiales.

Otra Argentina es posible. No sin contratiempos. Porque hay ideas distintas de país, enemistades enquistadas y ceguera para advertir que sin rumbo y orden claros, el país – como Nación -, no logrará sacar la cabeza a flote.

Desde una cuerda imaginaria agitada en la altura, reivindicó (vaya uno a saber si conformó a Guillermo Moreno, adorador del Eduardo Duhalde, con pesadillas “golpistas”), las conquistas laborales y la inclusión social. Trajo a la memoria lo hecho por el coronel Perón y subrayó: “nunca pudieron ser conculcadas”. Agregó que tuvieron un efecto continuador durante los mandatos de Néstor Kirchner y Cristina, a los que también exaltó por dar “visibilidad” a minorías y postergados.

Pretendió hablar a todos los argentinos/argentinos, pero no se privó de señalar a los “odiadores” que no pudieron hacer desaparecer de la faz de la tierra al peronismo. Destacó el acompañamiento de gobernadores y dirigentes que conforman, con sus más y menos, el Frente de Todos. Y buscó acercar, sin disimulo, a los sindicalistas Héctor Daer, promotor del “albertismo” étereo al que no adhirió, y Hugo Moyano, quien hizo rodar camiones y taxis por las calles, como demostración de fuerza. Justo él que colaboró con Mauricio Macri para que triunfasse en 2015, y a quien hoy sin tapujos y “respetuosamente” llamó “inepto” y facilitador de la fuga de miles de millones de dólares. Grieta que se va desplazando de un lugar a otro, de acuerdo con los vaivenes de egos e intereses que pesan por encima del conjunto.

Cristina, líder de la mayoría del FdT, en las redes

No puso el cuerpo, como se dijo, Cristina, pero sí Máximo Kirchner, detrás de Axel Kicillof, a unos metros de Sergio Massa y Malena Galmarini, con los recaudos de aislamiento adoptados en el edificio de la calle Azopardo, sede de la histórica CGT, un fantasma de lo que supo ser.

El timón del partido quedó en manos de José Luis Gioja, pero Alberto remarcó: “me toca a mí conducir este presente”. Se reconoció afortunado y asió la soga arrojada por el gobernador pampeano Sergio Ziliotto: “Dios debe ser peronista”. Aprovechó para mencionar a Francisco, quien exhortó a estar al lado de los que más necesitan. “Primero los últimos”, mencionó el Presidente y arrancó una sonrisa en Gustavo Béliz, sentado en una butaca del salón Felipe Vallese, “el primer joven desaparecido”.

No se excedió Alberto en el optimismo. “El esfuerzo es de todos y  y así va pasando el año: la economía y el ánimo se van recuperando de a poco”.

Alberto y Axel en la isla Martín García

Agradeció a los que se movilizaron por las calles, pero hizo notar que no estaba de acuerdo: “Hubiese preferido que se queden en sus casas”. Divulgó el orgullo por haberle tocado “estar el frente de este barco para reconstruir” la Argentina. “En un tiempo distinto, con el acuerdo de todos – dibujó –, convocando a los mejores…vamos a hacerlo unidos”.

Insistió en que el virus sigue avanzando en el interior “sin derrotarnos”. Rechazó parafraseando a Perón, el clasismo y abogó por una integración donde emprendedores, inversores y empleadores, indefectiblemente, promuevan el desarrollo junto con los trabajadores. El Pacto Social que empuja Roberto Lavagna, sin desatar el nudo gordiano de los desencuentros.

Aceptó que hay discordias latentes (muy visibles) y se ubicó en el bando de las víctimas. “En nombre de la libertad, nos echaron del Gobierno, en nombre de la democracia, nos fusilaron e hicieron  desaparecer compañeros”, enumeró.

Prometió, en aparente gancho a parte de la ciudananía no conforme con el peronismo, la consolidación de “una sociedad diversa”, garantizando por caso la gratuidad de la enseñanza pública y un sistema de salud que “otros destruyeron”, en obvia alusión a la gestión de Macri. De su boca no salió ninguna autocrítica.

Periodista. Trabajó en Crónica, NA, DyN, Clarín, Televisión Pública, Canal 13, La Nación y en el diario Río Negro. Becado por la Universidad de Harvard, asistió a cursos de perfeccionamiento en Boston, Estados Unidos. Además estudió en Alemania y Francia.

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