Internacional

Biden ante la crisis de hegemonía de EE.UU.

El demócrata asumió el poder en un contexto de declinación global de su país, que el saliente Trump agravó con el pésimo manejo de la pandemia. China y el fin de "25 años de soledad".

Por Esteban Actis y Nicolás Creus (El Diplo)

En enero de 2020, cuando se comenzaba a ver con preocupación la expansión del nuevo coronavirus, el mundo se preguntaba qué países estaban mejor preparados para enfrentar una pandemia. Según el Global Health Security Index (GHS) de 2019, Estados Unidos  aparecía en el primer puesto sobre un total de 195 naciones. La potencia global – se creía -, podía enfrentar mejor que nadie la irrupción de un brote.

Sin embargo, a principios de junio de 2020 la realidad mostraba ya los límites de las modelizaciones. EE. UU. se había convertido rápidamente en el epicentro de la pandemia global, con más infectados y muertos que cualquier otro país, hospitales desbordados e improvisadas construcciones de fosas. Robert Redfield, director de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades reconoció: “El coronavirus ha puesto de rodillas a esta nación”. ¿Qué fue lo que no vio y no pudo capturar el índice en cuestión?

De acuerdo con Francis Fukuyama, los principales factores para alcanzar una respuesta satisfactoria frente a una pandemia son las capacidades materiales estatales: recursos económicos e infraestructura), la confianza social y el liderazgo político (ciudadanos que crean y escuchen a líderes competentes. El GHS solo mide la primera variable, en la que en términos comparativos EE. UU. supera al resto del mundo, pero poco nos dice de los otros dos factores.

En efecto, EE. UU. careció del intangible pero fundamental poder de liderazgo. La subestimación y el desmanejo de la crisis sanitaria por parte de la Casa Blanca fueron evidentes. Decisiones adoptadas a destiempo, falta de coordinación con los poderes subnacionales, una retórica laxa en torno a la gravedad del problema y dudas sobre la ciencia fueron tónica de la respuesta. Alcanza con recordar a Donald Trump diciendo públicamente que ingerir lavandina podría ser un remedio efectivo contra la enfermedad.

Algo similar ocurrió en el plano internacional: insistencia con la noción de America First (a través, por ejemplo, de una visión mercantilista sobre los insumos médicos); desapego de las instituciones internacionales (como la Organización Mundial de la Salud) y de los foros de gobernanza multilateral (como el G-20); falta de voluntad para la cooperación internacional (por ejemplo mediante el rechazo a la ampliación de los derechos especiales de giro del FMI para dar mayor liquidez global), y constantes acusaciones a terceros para desligar responsabilidades (en particular señalando a China como el principal responsable de la crisis).

Según Andreas Falke, del Instituto Europeo de Estudios Internacionales, EE. UU. tenía a su disposición los recursos suficientes para formular una respuesta global, pero falló. La pandemia puso de manifiesto la falta de liderazgo del sistema internacional, consecuencia de que la potencia global no ha estado dispuesta a ejercer su rol, lo que exacerba aún más el vacío hegemónico.

EE.UU.: declinación aún no verificada

La crisis del liderazgo estadounidense no es nueva; tampoco definitiva. Desde mediados de la década del 70, cada crisis en el interior de EE. UU. reaviva las hipótesis declinacionistas, que hasta ahora no se han verificado. Sin ánimo de caer en conclusiones deterministas, la crisis del poder de EE. UU. al finalizar la segunda década del siglo XXI es relativa. Pero hay algo fuera de discusión: Trump la agudizó.

Según el economista indio Arvind Subramanian, el declive es una “devastadora y acumulativa saga”. Gran parte de la capacidad de atracción y persuasión global de EE. UU. no ha desaparecido, pero se ha erosionado. La visión de EE. UU. como Nación a la vanguardia de los valores democráticos y el respeto por los derechos humanos, cuna occidental de una sociedad próspera y meritocrática, se ha visto afectada. Los dos acontecimientos sistémicos de las últimas décadas (los atentados del 11 de septiembre y la crisis financiera del 2008) minaron fuertemente el poder blando estadounidense. Dos imágenes que recorrieron el mundo fueron emblemáticas en este sentido: un grupo de militares torturando a prisioneros en Abu Ghraib en Irak, y miles de ciudadanos estadounidenses cuestionando la concentración del ingreso bajo la consigna Occupy Wall Street.

La crisis de la pandemia refuerza esta tendencia. De hecho, académicos norteamericanos han llegado a preguntarse si el país vive su “momento Suez”, en relación a la fallida intervención del Reino Unido sobre el canal de Suez en 1956, que para muchos representó el último suspiro del Imperio Británico y el comienzo del fin de su poder y legitimidad sobre sus excolonias. La imagen de la Casa Blanca totalmente a oscuras debido al apagón de luces en el contexto de las masivas manifestaciones por el asesinato de Floyd fue, en este sentido, un símbolo de la crisis que atraviesa el país.

Kissinger presta atención al “poder blando”

Si pensamos el poder como sinónimo de la posesión de recursos, la supremacía relativa de EE. UU es indudable. Es la primera economía del mundo, emite la moneda reserva de valor a nivel global, tiene el sistema financiero más grande, profundo y líquido del planeta, y dispone de un entramado productivo-empresarial gigantesco. En el plano militar las brechas son aún mayores: su el gasto militar es de 732.000 millones de dólares, que representa el 36% del gasto militar mundial, es decir dos veces y media el del segundo país, China. EE. UU. es el principal exportador de armas (36% del total) y dispone de un inventario de 6.128 armas nucleares. Junto con Rusia (6.500) concentran el 90% de las armas nucleares del planeta. Por último, el Departamento de Defensa tiene desplegadas más de 800 bases militares alrededor del mundo.

Pero, ¿qué pasa con el poder blando, aquel que no tiene que ver con la economía o la guerra sino con la persuasión, el reconocimiento y prestigio? El USC Center on Public Diplomacy, junto con la consultora Portland, elaboran desde 2016 el Soft Power 30 Index, que intenta mensurar esta forma de poder entre los países. De acuerdo con esta medición, EE. UU. pasó de ocupar el primer puesto en 2016 al quinto lugar en 2019.

El poder blando de un Estado no solo depende de las políticas oficiales sino también de la atracción de la sociedad civil. Según el índice en cuestión, mientras que en el primer aspecto la erosión durante los años de gobierno de Trump fue evidente, en el otro aspecto no se registró una caída similar. Los subíndices vinculados con la cultura y la educación (la influencia de Hollywood y el prestigio de las universidades, para dar algunos ejemplos) siguen situando al EE.UU al tope del ranking.

Sin embargo, la polarización política y social han afectado gravemente el poder blando de EE.UU. Como señala Subramanian, para proyectar poder más allá de las fronteras se requiere un mínimo de cohesión y solidaridad dentro de ellas. Las sociedades débiles y fracturadas, no importa cuán ricas sean, no pueden ejercer influencia estratégica ni proporcionar liderazgo internacional, y dejan de ser modelos.

China ya disputa la primacía mundial

El exsecretario de Estado Henry Kissinger sostiene que todo orden internacional depende no solo del balance del poder duro sino también de la percepción de legitimidad, que en última instancia depende del poder blando. El politólogo Graham Allison articula ambos componentes y afirma que el momento de primacía unipolar de EE. UU. terminó, y con él la ilusión de que las otras naciones ocuparían el lugar asignado por Washington en el orden internacional creado a su imagen y semejanza.

El proceso viene de lejos. Según el politólogo chino-estadounidense Minxin Pei, la Guerra Fría terminó en diciembre de 1991, cuando se desintegró la Unión Soviética, y la era de la pos-Guerra Fría culminó en noviembre de 2016, cuando Donald Trump ganó la presidencia. La principal novedad de ese periodo histórico fue que, por primera vez en siglos, la potencia hegemónica no visualizaba a un par como amenaza a su primacía global. No había enemigos a la vista. Fue así que, en un contexto de plena vigencia de la hegemonía liberal, en particular luego de los atentados de 2001, Washington identificó a una “amenaza no tradicional” de carácter transnacional como principal riesgo. La lucha contra el terrorismo – y contra aquellas unidades estatales que le daban cobijo –, se transformó en la cruzada central de su política global. En paralelo, Estados periféricos  que desafiaban el régimen de no proliferación nuclear, como Irán y Corea del Norte, fueron objeto de intentos de disciplinamiento, mediante la combinación no siempre equitativa de “palos y zanahorias”.

Pero este escenario está cambiando. Joseph Biden asume el poder en un momento en que el orden global de la pos Guerra Fría, durante el cual EE.UU mantuvo su hegemonía sin que nadie lo desafiara, se ha desvanecido. El gobierno de Trump le puso fin definitivo. El orden internacional regresó a su “normalidad” histórica. Una vez más, la potencia hegemónica volvió a identificar como principal amenaza a su primacía global a otro Estado que viene acumulando poder: China. Atrás quedaron para EE.UU. sus “25 años de soledad”.

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