Opinión Sociedad

Un puerto a la buena de Dios

El Arzobispo de La Plata, Víctor Fernández, uno de los eclesiásticos argentinos con mayor cercanía al Papa Francisco, pone en la balanza distintas miradas acerca de las ventajas de repensar el rol de un puerto históricamente relegado.

Por Víctor “Tucho” Fernández

La Plata, Ensenada y Berisso saben que un puerto más activo abriría camino a muchos otros emprendimientos industriales y comerciales y a miles de empleos directos e indirectos. Cuando se fundó la ciudad de La Plata se valoraba su puerto de aguas profundas, que daba a la nueva capital la posibilidad de sostener un comercio internacional. Pero todavía podemos decir que nuestro puerto, a pesar de los avances realizados y de su excelente equipamiento, sigue siendo un símbolo de cierta dejadez, algo que lamentarían aquellos inmigrantes que llegaron con tantas ganas de crecer.

Estamos escuchando muy buenas noticias, como el probable avance de las obras del canal Magdalena, que sin duda beneficiaría a nuestro puerto. Pero recuerdo mis conversaciones con el querido Mario Cafiero, que insistía en que un buen puerto no significaba mucho si no había una planificación concertada del desarrollo productivo. Es más, podía convertirse sólo en un canal de ingreso de importaciones.

Lo que más me interesa decir es que, en diversas reuniones que se desarrollaron en el Arzobispado, pude constatar que los pocos espacios de discusión y de intercambio de propuestas no terminaban de recoger todas las voces, con lo cual la mesa de conversación y de planificación estaba renga. Y esto es peligroso para el futuro. Quizás es hora de que el propio Estado convoque y articule.

Pongo sólo dos ejemplos. Por una parte, si bien todos están completamente de acuerdo en la necesidad de mejorar el acceso al puerto, no todos miran del mismo modo el mejoramiento de los tres kilómetros de ruta terrestre de acceso. Algunos industriales creen que es mucho mejor favorecer al mismo tiempo el acceso por tren con centros de transferencia en distintos partidos fuera de la zona urbana, para evitar futuros problemas de tránsito y otras dificultades, además de favorecer el acceso de mercaderías del interior a nuestro puerto. Otros sostienen que el acceso de la futura autopista, tal como está planeado con baja altura, bloqueará el paso de trenes con doble contenedor, y esto sería un límite al desarrollo del comercio interno.

“Abrir un poco más la cancha y sentarse a planificar escuchando a todos los que tienen algo para reclamar y aportar”

Por otra parte, los diálogos acerca de nuestro puerto tienden a remarcar la necesidad de quitarle a Buenos Aires parte de su movimiento portuario (me consta que lo han intentado todos los últimos gobernadores sin lograr nada). Otros, en cambio, insisten en la necesidad de no esperar soluciones mágicas desde afuera sino en generar tránsito propio ofreciendo a las empresas navieras alianzas estratégicas que las beneficien y nos vuelvan más atractivos en acuerdo con otros puertos de la Provincia, del país y del Cono sur. Otros agregan la importancia de un corredor dentro del país que ponga en interacción ferrocarriles y puertos fluviales y marítimos, a partir de una modificación del código aduanero, de tal modo que al mismo tiempo se favorezca la inversión privada nacional, el comercio interno, los desarrollos regionales y la mayor afluencia a los puertos. Aun un sector de camioneros me mencionó que ellos no compiten con los ferrocarriles, porque esquemas mixtos de este tipo los liberarían de los viajes muy largos y aumentarían los viajes más cortos, lo cual sería a mediano plazo un beneficio económico, personal y familiar.

Estos son sólo algunos ejemplos, entre tantos otros, que invitan a abrir un poco más la cancha y a sentarse a planificar escuchando a todos los que tienen algo para reclamar y aportar. El riesgo de la improvisación no sólo puede llevar a cometer errores importantes, sino que puede favorecer a algunas partes dejando afuera a otras, cuando la realidad es que podemos lograr un fabuloso desarrollo portuario que favorezca a todos.

*El autor es el arzobispo de La Plata

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