Argentina Política

De 5 en la selección de Passarella

Nefasto para algunos; gran estadista del capitalismo moderno, según otros, Menem fue Presidente más de 10 años. Su costado "deportivo" en esta nota de opinión de F. Moore.

Por Ezequiel Fernández Moore (Cenital)

Carlos Menem jugó fútbol, básquet, tenis y mucho más, pero tomó al deporte como botín y caja.  Lo más insólito fue la “Solicitada del Deporte” publicada en distintos diarios el 12 de mayo de 1995, cuando estaba en plena campaña por la reelección. Firmaban, entre cientos, Carlos Sassone, pionero de la esgrima en Argentina. Y Roberto Larraz, medallista olímpico, máxima gloria de la esgrima nacional. Sassone había muerto hacía cuarenta años. Y Larraz hacía treinta. Y no eran los únicos. También ya estaban fallecidos el esgrimista Luis Alberto Luchetti, el pesista Norberto Ferreira y el pelotari Néstor Delguy, todos ellos firmantes de la solicitada que pedía la reelección de Menem. Igual que el tenista Martín Jaite, que jamás había sido siquiera consultado y que además no apoyaba al candidato peronista. No importaba. 

El principal candidato opositor, José Bordón (FREPASO), se vio obligado a recitar un glorioso pasado deportivo. Cuando atajó dos penales y metió dos como arquero del equipo Lorelai, de su escuela de Martínez, en famosos torneos infantiles que se jugaban en el Luna Park. Menem le ganó por goleada en aquel programa de Daniel Hadad y Marcelo Longobardi, en un debate de campaña que, menemismo explícito, tuvo al deporte como eje central. Una solicitada previa había afirmado que, bajo la gestión de Menem, el deporte argentino había cosechado en 1994 1.180 medallas. Otra lista imposible. Tampoco importaba. Menem era el candidato del deporte. Por su “imaginación, temple, fortaleza y talento”, editorializaba El Gráfico. “Por eso lo van a votar. También por eso gana Menem”, añadía la revista. El director de El Gráfico, Constancio Vigil, menemista furioso, era de River. Igual que el presidente, que finalmente fue reelegido. La campaña incluyó un partido en Mar del Plata con Menem como cinco de la selección que dirigía Daniel Passarella. Al Presidente le obsequiaron un penal, que fue atajado por Enrique Vidallé. Se decidió un segundo penal, que sí fue convertido. Fue sancionado por Guillermo Marconi, árbitro, pero también conocido operador menemista. 

Menem jugando al tenis con George Bush padre

Su amado Monumental fue el escenario en 1988 del inicio de su campaña presidencial. Regalo del amigo Hugo Santilli, que era presidente de River. Años después, Menem buscaría impulsar en el cargo a su admirado Beto Alonso, sin éxito. También amagó con intervenir la AFA. “Peronizarla”. Pero Joao Havelange, presidente de la FIFA, voló de inmediato a Buenos Aires y le advirtió que si tocaba a (Julio) Grondona el fútbol argentino quedaría afuera del Mundial. El fracaso no lo frenó. Si privatizó hasta el aire, ¿por qué no lo intentaría también con los clubes de fútbol? Esa campaña se llamó “Olivos SA”. Porque en Olivos cocinó la operación con dirigentes amigos. La “apretada” a Grondona y a los clubes (como la que hizo Disney meses atrás en el programa de Alejandro Fantino) partía desde el programa “Tribuna Caliente”, de ATC. Su amigo Gerardo Sofovich, director del canal estatal, lo llamaba por teléfono en pleno programa para buscar la aprobación presidencial.

El fútbol le hizo muchos regalos. Torneos y Competencias (parte del Grupo Clarín y que pagaba fortunas a sus periodistas estrellas en tiempos de un peso un dólar) le facilitaba televisación directa a Olivos de todos los partidos de River. Fernando Niembro le regalaba piropos. Diego Maradona (que luego se arrepintió) apoyó su reelección y hasta Julio Grondona se declaró menemista (antes se había declarado radical y luego se hizo kirchnerista). Pero el fútbol fue igualmente una trinchera antiprivatizadora. Ya reelegido, Menem apretó a la pelota imponiendo presión impositiva. Y presentó hasta cuatro proyectos de Clubes SA en el Congreso, uno de ellos a cargo del entonces diputado Daniel Scioli, soldado de la causa y beneficiado él unos años antes con algún subsidio en el retiro de su campaña como motonauta. Menem llegó a subirse a su embarcación en una competencia en 1986 en el Río Paraná. Igual que jugó fútbol con Maradona ante cincuenta mil personas en Vélez (era un número cinco con zona liberada), básquet con el Gigante González en el Luna Park, Fórmula 1 con el Lole Reutemann (una creación política de su autoría), tenis con Guillermo Vilas y Gaby Sabatini, rally y golf con Roberto De Vicenzo (llegó a proponer golf para “los menos pudientes” y el obispo Miguel Hesayne le pidió que no se burlara de los pobres). Eran tiempos de la Ferrari. De pizza y champán.

Menem con Juan Manuel Fangio (Archivo Mario Paganetti)

Si Juan Domingo Perón (“el primer deportista”) tuvo su Mundial de básquet en 1950, Menem tuvo el suyo en 1990. Si Perón celebró exitosos Juegos Panamericanos en 1951, Menem los tuvo en Mar del Plata con una cosecha récord de medallas y a un costo millonario. Si Perón lo tuvo a Juan Manuel Fangio, Menem gestionó la vuelta fugaz de la Fórmula 1. El riojano creó infraestructura y becas. Reglamentó la Ley del Deporte. Y también, avalado por el Comité Olímpico Internacional (COI), postuló a Buenos Aires como sede de los Juegos de 2004, finalmente asignados a Atenas. Neoliberal admirador de George Bush y Margaret Thatcher (pero él parecía Silvio Berlusconi), Menem sí fue peronista y buscó Estado presente en el deporte. El fútbol era cuestión de Estado (¿alguna vez no lo fue?). Imposible olvidar el arresto televisado y “ejemplarizador” de Maradona en 1991 en Caballito, en una Argentina que relucía impunidad. Y luego el doping de cocaína de 1997 de Diego en Boca, que provocó una reunión de Menem con Grondona en la Casa Rosada. No sirvió siquiera una resolución polémica del juez Claudio Bonadío. Mauricio Macri, que era el presidente de Boca, pareció aliviado con el retiro porque Maradona le estaba resultando ingobernable. 

Eran tiempos, cuándo no, de violencia barra brava. “Venga brigadier –le dijo Menem un día a Andrés Antonietti, célebre cuando desalojó a Zulema Yoma de Olivos-, entre que le vamos a encomendar un nuevo fracaso a su foja de servicios”. Menem quería que el brigadier pusiera fin a la violencia en las canchas. Ni él se lo creía. Oscar Ruggeri, que todavía jugaba, decía que con su dinero hacía lo que quería, para justificar que él, como tantos otros, aportaba dinero a la barra. El presidente más deportista de la Argentina se despidió en 1999 sin medallas doradas. Cada fiasco olímpico derrumbó a los Secretarios de Deporte Fernando Galmarini y Livio Forneris (luego llegó el rugbier Hugo Porta). Y se fue también sin títulos en tres Mundiales de fútbol (1990-1994 y 1998). En el primero, Italia 90, todavía lo recuerdo esperando más de una hora a Maradona en el Estadio Giuseppe Meazza de Milán para darle un pasaporte de embajador deportivo. Argentina, que venía de ganar el Mundial de México 86 (gobierno de Raúl Alfonsín) debutó al día siguiente con una inesperada derrota 1-0 ante Camerún. Nació la leyenda de “Menem mufa”, que lo persiguió hasta los últimos días de su gestión. El ex presidente que falleció ayer a los 90 años de edad, nunca supo que en 1999, cuando recibió a los atletas que habían sido medallistas en los Juegos Panamericanos de Winnipeg, varios de los deportistas lo saludaron con una cabeza de ajo en el bolsillo. Y otros se pasaron una cinta roja.

Ejercicios antimufa. Y antimenemismo. Disgusto también con el presidente que partió el tejido social del país. Con el hombre que decía “Síganme, no los voy a defraudar”.

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