Opinión Política

¿Chau pizza con champaña?

Humanidad sumó a Carlos Fara para que explique el "fenómeno Menem", igual que hizo con relatos de Artemio López y Jorge Castro. El desglose de 10 mandamientos.

Pragmatismo; síntesis cultural; incidencia del 1 a 1; agotamiento natural de todo ciclo; contundencia de los hechos; contexto histórico; sensación de que la gran grieta peronismo-antiperonismo se había resuelto; carisma arrollador; conducción contenedora y producto cultural de la post guerra, con las redes sociales por explotar. Esas son las razones que expuso Carlos Fara para explicar el fenómeno Carlos Menem, Presidente de la Argentina entre 1989 y 1999, fallecido el domingo pasado. Humanidad quiere dejar asentadas por escrito esas 10 lecciones que sacó el analista, así como replicó días pasados, visiones distintas, pero en algún punto coincidentes, entre Artemio López y Jorge Castro. Aquí van:

  1. El votante pragmático. Decía Deng Xiao Ping, “no importa si el gato es blanco o negro, con tal que cace ratones”, refiriéndose al giro pro capitalista de China a fines de los ´70. La reflexión de Menem sería: mientras el país crezca, haya trabajo y la gente consuma, poco va a importar si son reformas pro mercado o intervencionistas. La historia le da la razón. Para una porción importante del electorado, no importa tanto lo ideológico, sino que funcione. Porque si no funciona…
  1. La síntesis cultural. El menemismo, como fenómeno electoral, logró algo que parecía imposible: que votaran juntos el sector popular con el medio alto y alto, el peronismo con los liberales, cumbia en las fiestas de alta sociedad, pizza con champagne. El fenómeno político se afincó como fruto de un proceso de adhesión cultural. Pero claro, eso no duro mucho tiempo.
  1. La rara incidencia de lo económico. Se ha vuelto lugar un común decir que Menem ganó su reelección gracias al “voto cuota”, el 1 a 1, etc. Sin duda que él era la garantía de la convertibilidad (cuyos costos no fueron solo económicos) y eso era una amenaza sustantiva para parte de la sociedad endeudada en dólares o los que simplemente podían acceder a más bienes sin mucha capacidad de ahorro, pero con previsibilidad inflacionaria. Sin embargo, se pasan por alto dos sucesos muy relevantes. A) En el momento de la elección de 1995 -14 de mayo- la Argentina estaba en un momento récord de desocupación, casi el 19 %. Es decir, ganó en una coyuntura negativa, el PBI bajó ese año casi 3 %. B) Dos años después el país crecía al 8 % -en 1997- y el peronismo perdió el comicio de medio término. Esto es importante de recordarlo para quienes creen a ciegas en la relación mecánica entre crecimiento y triunfo electoral de los oficialismos.

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  1. A cada ciclo le llega su agotamiento. La sociedad no es así o asá, sino que todo depende de la coyuntura histórica y del grado de vitalidad del ciclo. En 1995 Menem gana con el mandato de mantener la estabilidad pero recuperar el empleo. En 1997 la sociedad ya se había cansado del menemismo: empezó a crujir la estructura social con desocupación alta, las sospechas de corrupción, los excesos institucionales. La pizza con champagne había tocado su techo y la mayoría social buscaba un cambio de aire, con más equilibrio en todos los aspectos. El carisma se había agotado y dos años después llega el “aburrido” De la Rúa.
  1. La contundencia de los hechos. Una de las peores cosas que le puede pasar a alguien en política es temer demasiado a los costos, porque el liderazgo tarde o temprano se desdibuja. Podemos estar años discutiendo si estuvo bien o mal privatizado el servicio telefónico, lo que no vamos a discutir más es si los teléfonos funcionan. Este es un tema harto polémico, pero como esta no es una columna de ética sino de realpolitik, nos permitimos decir que lo peor es que las cosas sigan como están sin intentar ningún cambio.
  1. Pelearse con el ciclo histórico y las circunstancias es imposible. Menem asume el 8 de julio de 1989 y a los 4 meses se cae el Muro de Berlín. El mes que llegó a la presidencia hubo 197 % de inflación y el año terminó con 5000 %. Desaparece la Unión Soviética, China llevaba 11 años de giro pro capitalista, Fukuyama predicaba el fin de la historia, etc. etc. Salirse del mapamundi siempre es una decisión costosa, con todo lo loable que pueda tener.
  1. ¿Un país sin grieta? Pizza con champagne era Alsogaray + Montoneros, Almirante Rojas + repatriación de los restos de Rosas, indultos por doquier. Menem cultivó que había llegado un nuevo tiempo, donde “lo pasado, borrado”. Pero las grietas pre existente afloran tarde o temprano cuando las heridas no se sanan realmente. Hubo una sensación de que la gran grieta argentina –peronismo vs. antiperonismo- se había resuelto. En la práctica eso es mucho más complejo y lleva mucho tiempo (y en un mundo que se agrieta progresivamente, mucho más).

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  1. Carisma mata aparato. Menem es uno de los primeros peronistas en comprender que los aparatos son relativos cuando existe enfrente un liderazgo arrollador. Desde su apoyo al acuerdo por el diferendo del Canal de Beagle en adelante, entendió que la opinión pública era una cosa a la que había que sintonizar con cuidado. La mejor muestra fue su triunfo de 1988 frente a Antonio Cafiero. Pero hasta al más astuto en algún momento se le rompe el GPS.
  1. La política contenedora. Si bien Menem también tuvo su faceta confrontativa y excluyente –sobre todo en su segundo mandato- su modelo de conducción era contenedor. Hay anécdotas de todo tipo y color respecto a grandes críticos a los que ayudó cuando atravesaban un problema personal, sin pedirles a cambio que se vuelvan menemistas. Formado en la tradición cultural oriental, la lógica amigo – enemigo era relativa.
  1. Ya pasaron 20 años. Esta también es una lección, porque Menem arrolló cuando no existía internet ni redes sociales. Es uno de los últimos productos políticos de la era cultural de la post guerra. Difícilmente volvamos a ver carismáticos como él que tenían la creatividad comunicacional a flor de labios. No necesitaba un consultor que lo inspirara para decir “estamos mal pero vamos bien”, “ramal que para, ramal que cierra”, o “cirugía sin anestesia”.

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