Cultura Sociedad

El orgullo de ser maldito

Jorge Taddei, afirmó que Piazzolla terminó con el 2 x 4; remitió a tangos con hondo contenido social y a un libro de Ricardo Horvart. Humanidad reproduce el prólogo de Norberto Galazzo, de 2005.

Por Norberto Galasso

Ensayista y crítico profundo, Ricardo Horvath nos entrega un nuevo aporte a la historia de nuestra cultura. Se trata del rescate de tangos importantes pero desconocidos para la mayor parte de los argentinos, obras que no gozan de la difusión y el prestigio que otorga el aparato difusor manejado por la clase dominante y sus aliados externos. Él los ha rescataado del índex oligárquico y nos los ofrece ahora bajo la categoría de tangos malditos.

¿Qué ha ocurrido con ellos? Sucede que estas obras cometen la osadía de incursionar en lo social, de ligarse a las experiencias populares y, por tanto, transitan los caminos peligrosos del compromiso y la denuncia. Ante semejante audacia, la respuesta de los custodios del sistema es silenciar, marginar, excluir.

Seguramente, usted conoce esa categoría de malditos, bautizada así por Arturo Jauretche cuando a un escritor amigo –Armando Cascella -, el aparato de difusión, controlado por los sectores dominantes, llegó al extremo de discriminarlo en el aviso fúnebre que daba cuenta del fallecimiento de su cuñado. Ahora, Horvarth viene a probar que esa censura – sutilmente ejercida bajo gobiernos titulados democráticos -, opera no sólo sobre los ensayistas políticos e ideólogos comprometidos, sino también sobre los payadores y los poetas del tango.

El aparato cultural dominante abre un espectro aparentemente amplio para las disidencias, pero tiene sus rígidos límites y coloca al margen aquellos análisis profundos, aquellas descripciones peligrosas o aquellos versos contestatarios que de un modo u otro ocasionan molestias al sistema imperante. Manuel Ugarte sufrió en carne propia ese aislamiento que apagaba su voz antiimperialista y en esa oportunidad comentó con dolor: “En otros países se fusila…Es más noble”.

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Triste, melancólico, burrero…el morocho del Abasto se recrea cada día. La faceta no muy conocida que recuerdan los veteranos. Su inicial compromiso social en tangos como “Al pie de la santa cruz”.

Usted me dirá probablemente que resulta inexplicable en Ugarte pues atacaba a Estados Unidos, proponía la unión latinoamericana y el socialismo nacional, frente a lo cual el sistema se defendía acallándolo, pero que ello difícilmente se podría dar en el mundo de los tangos pues éstos carecen de cargas peligrosas.

Sin embargo, en un país que ha vivido la mayor parte de su historia en la dependencia y tratándose de un pueblo que ha sufrido desigualdad social, miseria y discriminación resulta suficiente que el poeta del tango nutra sus versos con la realidad social para que éstos se tornen tan cuestionadores como los mejores discursos de los ideólogos de la revolución. Por eso los sectores dominantes se ocupan de que ese mensaje no se difunda, que se conozca apenas en el círculo de los “iniciados”, como cultura subterránea a la que no tengan acceso las mayorías.

Hay obras, sin embargo, que desbordan el ahogo del aparato difusor y alcanzan éxito, y por ello resulta imposible acallarlas. Es el caso de los tangos de Discépolo, por ejemplo, cuyos versos recrean la atmósfera espiritual del pueblo argentino en los años 30. Pero, entonces, se apela a otro recurso: se lanza la versión de que esos tangos no provienen de la realidad social del país, sino de la tristeza congénita del autor, que ve los acontecimientos desde una óptica sombría, con lo cual a una obra testimonial como ésa se la escinde del escenario histórico que la hizo nacer, cuya mera descripción resulta un acusación implacable.

Probablemente usted se pregunte ahora como ha sido posible rescatar esas obras silenciadas. Evidentemente, no ha sido fácil y es el resultado de muchos años dedicados a la investigación, con certera lupa y espíritu insobornable. Pero quizá lo más importante es destacar que esta tarea no pudo haberla realizado cualquier periodista con algún acceso a los archivos, sino que proviene necesariamente de un experto en medios de comunicación y, a la vez, ensayista de la cultura nacional. Alguien…que también es un maldito.

Aunque a Ricardo no le va a gustar esta personalización y también a pesar de que me advirtió que reflexionase sobre el libro y no sobre el autor, yo dueño de estas páginas iniciales y también gustador de nadar contra la corriente, necesito compartir con usted esta conclusión: estos tangos malditos solo pudieron ser recuperados por un maldito como Horvarth.

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En 1984, a los 63 años, el compositor argentino concedió un reportaje en el que habló sobre su estilo tanguero disruptivo, la “soberbia” de los argentinos”, y hasta menciona a “los viudos de Gardel”.

Le cuento, por si no lo recuerda. Horvarth ha cumplido una larga trayectoria en los “medios” de la Argentina, caracterizada por una conducta rectilínea, irreductible a toda presión o influencia, en diarios y revistas de nuestro país y del exterior, así como en programas radiofónicos y televisivos. Informó – no deformó, ni desinformó -, y también interpretó y enjuició, sin dar ni pedir respiro. Al mismo tiempo, publicó numerosos libros, dio conferencias, intervino en mesas redondas, dio reportajes y algunos de sus trabajos ejercieron enorme influencia en los estudiantes de Ciencias de la Comunicación, incluso varios de estos textos se encuentran agotados. Asimismo, en 1998, APTRA le otorgó el premio “Martín Fierro” al mejor programa de música ciudadana.

Ahora, explíqueme usted cuál es la poderosa causa por la cual no aparece, en los últimos tiempos, en la pantalla televisiva ni tiene programa radiofónico, ni siquiera una columna periodística en diarios o revistas. Es decir, una posición combativa enarbolando el proyecto de una Argentina mejor y una conducta inclaudicable, lo han convertido en maldito.

Esto hay que decirlo, así, públicamente, no sólo en las mesas de café. Aunque los poderosos hagan mohínes de desagrado…o precisamente por eso.

Movido por esta convicción, le abro la puerta para que usted ingrese a este libro. Lo hago con mi franqueza de siempre: sepa usted que se introduce a “la otra historia”, al mundo de tangos malditos, nacido de la pluma de un maldito. Y sin querer “hacerme la partida” – como diría Julián Centeya -, prologado por otro maldito.

Las conclusiones que obtendrá de esta cultura serán muchas y si se define en consecuencia, lo celebro, porque cuantos más seamos los malditos, más reducido será el espacio de los mercaderes de las ideas y menores serán los ocultamientos, las falsedades y las deformaciones de la realidad. Entonces sí podremos construir futuro en estas tierra. Así sea.

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