Literatura

El vagabundo que no quería nada

Esta es la historia de un desempleado que queda a merced de las aventuras callejeras. Durante una de sus tantas noches de reflexión en la frialdad del cemento, se pregunta qué fue lo que salió mal.

Carlo iba cambiando de esquina cada tanto. No le interesaba aquello que estaba tan de moda en la teoría pero no tanto en la práctica: la estabilidad. Él no era de aquí ni de allá. Solo andaba.

¿Cómo llegó Carlo a ser otro sujeto más que anda por la ciudad sin hogar? “Todo problema parte de la falta de sentido”, se repetía a si mismo. “Hacemos ciertas cosas para olvidarnos del ridículo de nuestra existencia”, decía a quienes se encontraba, para luego dar su propia teoría sobre el mal estado general de la especie: “Las drogas (legales e ilegales) y las adicciones de cualquier tipo proliferan porque sirven como distracción. De esa manera nos vamos corriendo tanto del eje que terminamos siendo arrojados al pozo de la inutilidad y la ignorancia”.

Carlo no tenía ningún tipo de relación con las pastillas, el alcohol o cualquier otro estupefaciente. Se dejó arrastrar por las circunstancias. Al quedar desempleado luego de que su empresa tuviera que hacer un ajuste en su plantel ante la aparición de nuevas máquinas hiper eficientes, este desdichado se fue a vivir a lo de su madre. Ella lo recibió con una alegría superficial, pero él no dejaba de sentirse incómodo. Era un hombre adulto y al no haber podido ahorrar lo suficiente como para comprar su departamento propio, tenía que dejar de alquilar y volver a ese sitio de 50 metros cuadrados que su madre compartía con Ricky, su nuevo y tercer amante luego del fallecimiento del pater familias.

Luego de una pelea donde volaron platos y algún florero, Carlo dejó la casa porque Ricky era imbancable, y su madre, dicho sea de paso, también. Las imágenes de la infancia que habían permanecido en la memoria del ahora vagabundo ya no existían. Era un hombre totalmente distinto a aquel niño por más que siguiera estando en el mismo cuerpo. “Creemos ser la misma persona, pero vamos cambiando a medida que pasa el tiempo. Aquello que fuimos se desvanece en la nada misma. Y hoy tenemos la posibilidad de ser alguien distinto”.

Sin embargo, Calvo ya no tenía ganas de ser. Su vida se caracterizó por la mesura así como por los desbalances. Lo quería todo de la misma manera en que no quería nada. Sabía de las cosas que hacen mal al ser humano, pero no podía controlar su propia mente, y mucho menos los hechos que le afectarían económica y socialmente. La calle se había convertido en su escenario principal. Su lugar de descanso y de acción.

Durante una noche fría y en la que caían ciertas gotas de lluvia, Carlo se encontraba debajo de un puente, abrigado con la ropa que le había quedado. Su madre lo había perdido de rastro y él ya estaba al menos hace un año en situación de calle. Fue en aquel momento en que se puso a pensar cuándo había iniciado la pena. ¿Acaso podría haberse evitado este presente si en el pasado hubiera reaccionado de una forma distinta a cierto hecho?

Inmediatamente después de aquella pregunta, recordó la invitación a charlar que le hizo un político cuando él tenía 18 años. Esta persona era el consejero más íntimo de la líder de una organización que se preparaba para ganar las próximas elecciones presidenciales. No era cualquiera.

Aquella invitación había surgido de la pareja de su madre en aquellos tiempos. Este contacto era amigo de Honorio Al Horno, el abogado que, interesado en conocer jóvenes con futuro, puso el ojo en Carlo ante los relatos que había de su inteligencia, relatos que la mamá de Carlo le contaba a su novio y éste le contaba a su amigo. De esta forma, Carlo partió a la cita como si fuera a visitar a un compañero de la escuela, en zapatillas pero con chomba. ¿O era una camisa?

Al llegar al Instituto Orgánico de la Defensa de la Patria, situado en el centro porteño, hicieron pasar al adolescente a una sala recientemente remodelada. Como luces no le faltaban a este muchacho, Carlo se había preocupado de googlear al político con el que se entrevistaría. Se encontró con que esa misma mañana éste había participado en un programa radial, donde dijo algo que Carlo no compartía.

Luego de una breve y atinada espera, hicieron pasar al jovenzuelo al despacho. Al estrecharse las manos, Carlo recordó que poner la palma de la mano boca arriba era signo de sumisión, según su viejo profesor de oratoria. Ya era demasiado tarde. No pudo mas que exhalar un silencioso suspiro y seguir adelante. Al Horno estaba sonriente, podría decirse que contento.

La conversación arrancó con mucha sinceridad. Algunos verdaderamente sumisos dirían que con sincericidio. “Te escuché en la radio… no debería pasar esto que vos propusiste, porque sería malo éticamente”, le escupió sin reparos el joven. “Fue una forma de decir…”, contestó Al Horno. Con la mirada cambiaron de tema inmediatamente, sin forzarlo.

La cosa siguió bien hasta que llegó el momento definitorio: “¿Qué querés?” le preguntó muy amablemente el político, quien en no más de dos años sería poseedor de algunas de las llaves más importantes del poder en la Argentina. Carlo levantó levemente los hombros y su expresión facial lo dijo todo. Segundos después lo verbalizó: “Nada”.

Después de un ida y vuelta de comentarios y opiniones, todo se resumió en que Carlo quería “militar”, participar en política. Se ve que Al Horno no lo tomó enserio, porque luego de aquel encuentro nadie lo contactó, y mucho menos los asistentes que habían anotado su número de teléfono y su correo electrónico.

Mirando las estrellas, sucio por fuera pero limpio por dentro, Carlo se había trasladado al parque más cercano para sentir el contacto con el pasto. “Qué boludo”, fue lo primero que pensó. Después soltó una risa. “¿Ya era vagabundo en aquel entonces?”, se preguntó el callejero, dejándose acompañar por el silencio de la madrugada.

Escritor y estudiante. Fundó Humanidad el 2016 a sus 15 años de edad.

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