Cuento Cultura

Gatos con tarjetas

Del libro "El castigo de Dios", el escritor y periodista Mempo Giardinelli, seleccionó el cuento "Frontera", para compartir con sus seguidores en redes sociales.

Por Mempo Giardinelli

Aquella noche hacía muchísimo calor, como casi todas las noches en la frontera, pero el calor que yo sentía era el del miedo. Nos acercábamos al puente que separa Formosa del Chaco, sobre el río Bermejo: ahí estaba el puesto de control de la Gendarmería, última escala en el viaje al Paraguay.

La Nelly, como siempre, viajaba en patas y con la blusa abierta al medio que se le veían todas las tetas. Solía sentarse como los suplentes en el banquito al lado de la cancha: con las piernas abiertas. Y como siempre usaba polleras acampanadas, la tela se le deslizaba remarcando la contundencia de sus jamones. Apoyaba los codos sobre las rodillas y contemplaba el camino moviendo todo el tiempo el dial de la radio, buscando chamamés.

Daniel silbaba, contento porque el camión andaba bien: un Efe Seiscientos bien afinado materializa todo en la noche, la vuelve algo concreto. Ruidoso y confiable aunque llevábamos treinta toneladas detrás, su presencia impactante desorganizaba el silencio. En la cabina, los tres tomábamos mate y cada tanto comentábamos chistes que ya no nos hacían gracia, mientras el aire caliente se filtraba por las ventanillas abiertas. Fumábamos, y yo me sentía más y más inquieto a medida que nos acercábamos al Bermejo.

Daniel se dio cuenta: Todo va a andar bien, pibe, justo cuando la Nelly ensartó una guarania en Radio Humaitá y se puso a aplaudir como una nena. Un segundo después vimos la linterna a lo lejos, haciéndonos señas. Es común que detengan a los camiones que se dirigen al Paraguay, para controlar las guías de viaje. Nosotros llevábamos garrafas de gas.

Tranquilo, pibe, está todo en regla, dijo Daniel. Pero ni él ni yo estábamos tranquilos, la verdad. Uno nunca está tranquilo cuando aparece la Gendarmería. Salvo la Nelly, que nunca se calienta por nada así vengan degollando. Daniel paró el camión a un costado de la carretera, a pocos metros de la caseta. Un gendarme revisó rutinariamente las guías, y aprobó con la cabeza. Otros dos nos miraban, tomando mate, parados junto al mástil. Y justo cuando el que estaba del lado de Daniel iba a darnos el visto bueno para que siguiéramos el viaje, de la caseta salió un suboficial, llamó a su compañero y le dijo, en guaraní, que decía el oficial que se habían quedado sin gas para el calentadorcito y que nos pidiera una garrafa.

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Daniel se negó cordialmente: el cargamento estaba contado, no podría justificar una garrafa vacía y no sé qué más. Pero fue inútil: dijeron que en otros viajes podríamos tener inconvenientes con las guías; sería una lástima que la próxima vez tuviéramos problemas, quizá ahora mismo, en fin, no nos convenía quedar mal con ellos, conocían a Daniel y al camión, y después de todo podés decir que se te cayó una garrafa por el camino. Bajamos y desamarramos una de diez kilos, mientras la Nelly, que para ciertas cosas tiene sangre de pato, se puso a tararear “Paloma blanca” en la versión de Cocomarola que justo había enganchado en Radio Nacional Formosa.

Durante la operación, el oficial salió de la caseta y se sintió obligado a agradecer, invitándonos a tomar unos mates con ellos. No le podíamos despreciar la oportunidad de confraternizar. Daniel puso no sé qué excusa, meta sonreír, y diciendo mejor nos vamos me hizo una seña para que subiésemos. Yo empujé a la Nelly y cerré la puerta, mientras Daniel se sentaba ante el volante en el mismo instante en que el primer gendarme, el que nos detuvo, terminaba de conectar la garrafa al calentador, abría la llave de paso y le acercaba un fósforo, que no encendió.

Un momento, dijo el oficial, justo cuando Daniel aceleraba un par de veces antes de encajar la primera. Nos quedamos tan en punto muerto como el Seiscientos. El gendarme abrió totalmente la llave, y nada. Bajó su cara hasta la conexión de la garrafa con el calentador y olió.

Está fallada, dijo el oficial. –Prueben otra. Bajaron una segunda garrafa, se repitió la operación y cuando el gendarme abrió la llave de paso y le acercó un fósforo, tampoco encendió. Con Daniel cada vez más nervioso, fuimos bajando una garrafa tras otra, casi una docena, pero nada, ninguna funcionó. Daniel sacó su lima y empezó a arreglarse las uñas, mientras el oficial, los gendarmes y yo nos mirábamos con esas expresiones acusatorias, graves, como cuando en una reunión se huele feo y hay un gordo sospechoso. La Nelly se pasó a una radio brasilera en la que Roberto Carlos cantaba una cosa sobre la llegada de Dios.

“La Nellly” sintonizó una radio brasilera

Uno de los gendarmes trajo una pinza de algún lado y abrió totalmente una de las garrafas, quitándole el cabezal de la llave de paso. Adentro había una materia viscosa. La tocó con un dedo, la miró con asco, y después la probó metiéndose el dedo en la boca. Enseguida escupió a un costado, haciendo una mueca, y dijo: -No sé qué es, pero gas ni por putas… El oficial se acercó y le olió el dedo al otro. Después también él probó la sustancia chupándose un dedo. -Aceite… ,dijo, y dirigió el dedo manchado hacia la caseta con una seña a los otros gendarmes.

-Estos dos, adentro. Por supuesto, Daniel y yo juramos que no sabíamos nada del contrabando. También por supuesto, no nos creyeron. Ni mucho menos a la Nelly, que la tuvieron que bajar entre dos porque no se dejaba y armó un despelote fenomenal diciendo que no tenía nada que ver, que era lo que siempre decía.

Entonces Daniel dijo que bueno, que le habían dicho que para un caso extremo mostrara la tarjeta. Ahí, junto al carnet de conductor, en la carterita que ahora tenía el oficial en sus manos, la podrían encontrar. A nosotros nos mandaron afuera, custodiados, mientras el oficial llamaba por teléfono.

Salió luego de unos minutos, sonriente, y le dijo a Daniel: -Seguí nomás, chamigo, el Coronel dice que está todo arreglado.

Cuando cruzamos el Bermejo y yo lo miré, bramante y hermoso en la noche, con la luna reflejándose en su lomo cobrizo, Daniel me preguntó si había sentido mucho miedo. Le contesté que sí y él dijo que no me calentara, que los pibes como yo éramos inimputables, palabra que a la Nelly le provocó un ataque de risa mientras con los deditos giraba el dial buscando una música imposible, porque la radio era puros chirridos.

Daniel dijo también que en el mundo había dos clases de personas: de un lado los gatos con tarjeta y del otro la gilada. Y agregó que se había quedado con ganas de tomar unos mates. Yo lo escuché en silencio y seguí mirando la noche, afuera, que pasaba como una película negra y ruidosa.

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