Cultura Sociedad

Vamos al grano…la pareja perfecta de los chismes

Jorge Elías, se aferra a varios rituales. Uno de ellos, en medio de sesudas entrevistas a expertos internacionales, es hacer estaciones obligadas para tomarse "un cafecito". Y disfrutar del grano, "la pareja perfecta de los chismes".

Por Jorge Elías

Quedamos pronto y fácil para compartir un café en casa o en un bar. Taza va, taza viene, el café suele ser una excusa, no un fin en sí mismo. Hasta que uno repara en la historia de ese grano tostado y molido que en el libro Yo, Cafeto, de Analía Álvarez, cuenta en primera persona su propia historia. Una historia que comenzó “desde aquel rayo de sol que calentó la tierra” en la antigua Abisinia, ahora Etiopía, país sin litoral del Cuerno de África, y que entregó generosamente sus semillas a profetas, sultanes, reyes, conquistadores y adelantados para que hicieran de todas las tierras del mundo su tierra.

“Mi tierra”, como dice él mismo. O, en realidad, Álvarez, periodista, docente universitaria y especialista Q Grader en café arábica. La semilla debió esquivar varias peripecias, como la Petición Contra el Café, escrita por las damas de Londres en 1674 por la preferencia de los caballeros a dejarse subyugar por el placer del café en desmedro de otros placeres, o las denuncias de sus detractores de 1980, en Estados Unidos, sobre la posibilidad de que provocara trastornos psiquiátricos. El café, “la pareja perfecta de los chismes“, sorteó todos los obstáculos.

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Además del ritual del mate, qué sería de los argentinos sin el “cafecito”, esa aromática excusa que invita a la complicidad para solucionar problemas irresolubles.

Quizá porque, como cuenta Álvarez en nueve historias y un manifiesto, el café se consumía en los bares, no en los hogares, antes del año 1800. No se mezclaba ni se cortaba con leche. Era la primera ola. En la segunda, hacia 1970, la industria vio el filón “con la denominación de origen, identificados con el nombre de la región a la que pertenecían, el tipo de proceso posterior a la cosecha que recibían o la variedad botánica de los granos”. Y en la tercera ola, afianzada hacia 2000, el consumidor “disfruta la complejidad de aromas, sabores y texturas que un café le ofrece”.

Una delicia inexplorada hasta que el café decidió contar su historia de la mano de Álvarez, la primera argentina en recibir la calificación Q del Coffe Quality Instituye. Una autoridad en la materia o, vamos al grano, en el café. Que relata con tono de ficción aquello que ocurrió, que promueve con enorme pasión aquello y que, a veces, sin darnos cuenta simplificamos en compartir un café, sea solo, con leche, cortado, con hielo o de las mil formas que ha adquirido a lo largo de la historia. La excusa del encuentro o, acaso, el prólogo de algo mejor.

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