Opinión Política

El festejo de Fabiola: nada fue un error

Como una afrenta a los que se sacrificaron en pandemia, y alimento para el avance de la antipolítica, estimó el investigador Feierstein el cumpleaños de la pareja del presidente Alberto Fernández. El nudo central de la nota publicada por La Tecl@ Eñe.

Por Daniel Feierstein (La Tecl@ Eñe)

El sistema democrático resulta cada vez más disfuncional a las transformaciones en las lógicas de acumulación del capital, que requieren crecientes redistribuciones regresivas de la riqueza. A diferencia de las experiencias dictatoriales, ahora aumenta el acompañamiento de sectores concentrados de poder a las propuestas que buscan corroer la legitimidad democrática y apostar al abandono de la participación política por parte de las mayorías, dejando que prime “la ley del más fuerte” y que cada quien deba enfrentar solo su infortunio, al tiempo que se busca desviar el odio hacia “la casta política”.

Es lo que pregonan en nuestro medio figuras como Javier Milei o José Luis Espert. Es con ese discurso que han crecido los fascismos en el siglo XX europeo y figuras como Bolsonaro o Trump en el siglo XXI americano.


Es justamente por todo ello que la foto del cumpleaños en Olivos en días en que regían las medidas de restricción tiene un peso simbólico y político fenomenal. No se trata, como algunos creen, de un “error” o que la indignación ciudadana sea meramente parte de una “moral republicana” de ocasión que trata de convertir lo banal en relevante.


En un proyecto político cuya razón de ser es la reconstrucción de la confianza en la palabra pública y en el gobierno como herramientas de expresión de las necesidades de quienes más sufren, este hecho constituye una afrenta a todos y cada uno de esos valores, una cachetada en el rostro de quienes hicieron sacrificios extremos en la mayor catástrofe vivida en nuestra historia.


Ninguna excusa resulta suficiente. El daño es mayúsculo y alimenta el creciente avance de la antipolítica. Entre tantos, lo dijo de un modo conciso Natalí Schejtman en las redes sociales: “qué oportuno que la política otorgue una muestra de que es una casta de privilegiados cuando las nuevas derechas dicen que es una casta de privilegiados”.


El cumpleaños en Olivos es el extremo grotesco de no haber comprendido nunca la gravedad ni las necesidades que imponía la situación pandémica. Son numerosos descuidos en uno y que se suman a muchos otros. Pero el más grave de todos es minar la confianza en la palabra pública al enrostrarnos que la ley no es igual para todos y que los sacrificios los hacen solo los mismos de siempre. No es equivalente que eso lo actúe quien cree que “se cae” en la educación pública que quien viene a recuperar un espacio de construcción colectiva. Toda igualación o comparación es en ese sentido engañosa.

Alberto se mostró hoy con Fabiola en Misiones: “En la política hay mucha puja”,declaró


La creencia que las normas no están hechas para mí es el corazón de la transformación de la subjetivación contemporánea y constituye un obstáculo fundamental para la propia continuidad del lazo social tal como lo hemos conocido en la historia moderna.


En el momento en que la disputa por la subjetividad pasa por recomponer la importancia de la actividad política como medio para la acción cooperativa, la figura presidencial (representante de un proyecto que reivindica ese legado más allá de que otros movimientos también lo hagan) demuestra que se considera miembro de una casta que no se siente obligada a respetar la ley, ni siquiera las propias normativas que firma de puño y letra.


Esto no se resuelve escondiéndose bajo la mesa ni apelando al “ah, pero Macri”. Requiere asumir el daño realizado al conjunto del campo popular y diseñar estrategias para recomponer la confianza, reconstruir los atributos que legitiman a los representantes políticos en su relación con el pueblo al que representan. Un desafío que era previo al cumpleaños en Olivos pero que aparece potenciado con el escándalo.


Este desafío no puede asumirlo solo un presidente, ni siquiera solo un conglomerado político. Requiere que haga carne en el conjunto de la militancia popular y, con mucha mayor razón, en sus representantes, sean parte del partido que sean, como modo de reconstituir los “atributos” necesarios para el ejercicio del poder.


En este debate se juega la condición de posibilidad de cualquier proyecto del campo popular. No comprenderlo o minimizarlo implicará abrirle las puertas a la noche neofascista que incuba, como el huevo de la serpiente, en las corrientes subterráneas de nuestro país y nuestra región.

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