Opinión Política

Oxígeno para los que festejan sin ton ni son

Pasadas las legislativas del 14N, proliferan los festejos ante un cielo tormentoso, con una gran nubre gris: el FMI. Ganó tiempo el Gobierno y arrasó la coalición opositora hoy enredada en sus internas. Pero los paraguas siguen abiertos.

Por Diego Reynoso (iProfesional)

Los resultados electorales del 14 de noviembre fueron objeto de una resignificación total. Ese domingo a la noche «todos juntos» se sintieron ganadores. Juntos por el Cambio, por mantener un caudal electoral por encima del 40% en tres elecciones consecutivas, y por ser desde luego la coalición nacionalmente más votada.

El Frente de Todos, si bien obtuvo solamente 1/3 de los votos y perdió el control del quroum del Senado, logró mantener la primera minoría en ambas cámaras, además de recortar la diferencia electoral en el decisivo distrito de la provincia de Buenos Aires.

El Frente de Izquierda también festejó: logró obtener diputados en CABA, en Provincia de Buenos Aires y en Jujuy; se convirtió en la tercera fuerza electoral nacional presentando candidatos en 22 distritos electorales, conquistando el 6% de los votos. Algo así también los denominados «Libertarios», que hicieron una muy resaltada elección en CABA (17%) y Provincia de Buenos Aires, obteniendo 4 diputados nacionales. Hasta la lista de Florencio Randazzo celebró por el hecho de haber conseguido una banca en provincia de Buenos Aires. Todos sintieron que ganaron. Incluso el Presidente, en un lapsus que seguramente quedará para las anécdotas políticas, llamo a «festejar este triunfo» (pese a que su coalición fue derrotada en 15 distritos).

Pero más allá de los números, lo que ganó Alberto Fernández fue tiempo. Los escenarios futuros previos a la elección eran en su mayoría bastante alarmantes. La derrota electoral del Gobierno, ya descontada, implicaría una nueva distribución del poder entre los miembros de la coalición gobernante. En ese marco, una restructuración del gabinete sería inevitable. Algunos preveían que el nuevo equilibrio conllevaría un avance del kirchnerismo en el gabinete y un condicionamiento al Presidente que quedaría completamente desdibujado.

Más del 40 % nacional no es para nada despreciable. Pero siguen los enredos internos

Otros consideraban que en silencio el Presidente, y su jefe de Gabinete Juan Manzur, se encontraban en plena construcción de un contrapeso apoyado en los gobernadores, los intendentes y la CGT. Los más pesimistas de todos entendían que la derrota electoral sería más amplia que la de las PASO, los sectores más extremistas de la oposición pujarían por el control de las cámaras y en diciembre ya no habría posibilidad alguna de continuar un gobierno jaqueado interna y externamente. El llamado a una asamblea legislativa, al estilo 2001, parecía un escenario si bien poco probable no del todo imposible.

Lo cierto es que, al día de hoy, nada de eso ocurrió. El Presidente parece haber ganado tiempo. El 14 de noviembre fue un punto de inflexión, quizás en muchos sentidos. La coalición de gobierno parece haber abandonado esa actitud de exposición pública del conflicto interno, que tanta incertidumbre generó, y logró recuperar de algún modo la iniciativa política. Comienza ahora un nuevo juego.

En gran medida, la decisión la recuperó la misma noche del domingo 14. En primer lugar, marcó el fin de la primera mitad del mandato del Presidente, cuando señaló que «con esta elección termina una etapa muy dura de nuestro país que estuvo marcada por dos crisis. Una, la crisis económica, heredada del Gobierno anterior y de la que aún quedan enormes desafíos por resolver. Otra, la crisis sanitaria, provocada por una cruel pandemia que, poco a poco, vamos superando».

Luego, haciendo un diagnóstico de la situación invitó a cambiar el modo de relación entre oficialismo y oposición y poner el foco en los acuerdos, cuando afirmó que: «En esta nueva etapa debemos priorizar los acuerdos nacionales. Si queremos resolver estos desafíos a los que nos enfrentamos, necesitamos que las grandes mayorías generen consensos. En ese sentido, y a la mayor brevedad posible, voy a dirigirme a los representantes de la voluntad popular y a las fuerzas políticas a las que representan, para acordar una agenda tan compartida como sea posible. Una oposición responsable y abierta al diálogo, es una oposición patriótica. Nuestro pueblo necesita ese patriotismo».

En el núcleo de esa agenda el Presidente colocó, como no podía ser de otro modo, «… resolver el problema derivado de la deuda contraída por el Gobierno que me precedió con el Fondo Monetario Internacional». Aquí comienza un nuevo juego secuencial que en cierto modo tendrá efectos en la organización y dinámica interna de ambas coaliciones.

Para ser creíble el llamado a la oposición, la coalición de Gobierno debe mostrar cohesión interna y unidad de acción. No puede existir el modus vivendi que predominó en la primera etapa en la cual cada ministro era cuestionado públicamente o por un subordinado o por un ministro provincial o contradicho por el propio presidente. Casi en todas las áreas hubo indicadores de falta de cohesión y unidad de acción: en educación, en seguridad, en economía, en desarrollo y producción, por solo citar algunas áreas donde las diferencias fueron expuestas en forma pública. Si esto se logra, entonces el movimiento de invitar al acuerdo es un poco más creíble.

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Adem+as, en cierto modo afectado por las tensiones internas, debe recuperar cierta reputación en el cumplimiento de acuerdos y coordinación de acción con el adversario. Situaciones como la conferencia que anunció la quita de los puntos de coparticipación a CABA luego del conflicto con la policía bonaerense, socavan la confianza entre los actores.

Del lado de la coalición opositora emerge simétricamente el dilema: cooperar o no cooperar. No es novedad que en la oposición hay sectores más proclives al acuerdo y la negociación – las llamados palomas -, que a su vez cuentan con mayores chances electorales de cara al futuro 2023, y sectores recalcitrantes que su punto de partida es clausurar todo tipo de acuerdo y negociación con el gobierno: los denominados halcones.

Del balance de poder relativo entre estos dos grupos sabremos si el llamado al acuerdo tendrá lugar o sólo pospondrá unos días más la zozobra. No es menor el impacto que sobre este balance tiene el comportamiento de la coalición de gobierno. Si no hay unidad de acción y la reputación sigue en baja, las chances de que «las palomas» se sienten a la mesa son cercanas a cero.

Una de las condiciones del FMI para la firma del acuerdo es que el mismo cuente con un amplio apoyo político y social. El acuerdo contiene, según se conoce, tres puntos importantes: cuentas fiscales en orden, políticas antiinflacionarios y tipo de cambio único. En general, a esta altura de la crisis económica son pocos los que niegan la necesidad de hacer frente a estos tres objetivos; pero no es tan claro y fácil la concurrencia de voluntades respecto de los medios para alcanzarlos. Ambas coaliciones políticas tienen en buena medida bases sociales (territoriales, sectoriales, ocupacionales y económicas) sensiblemente diferentes.

Diferentes mecanismos tienen efectos diferentes sobre estas bases. Por ejemplo, la reducción del déficit fiscal puede lograrse con una reforma tributaria más progresiva que permita mejorar la recaudación sin sacrificar el gasto social o bien puede lograrse mediante una baja del gasto público significativa, incluso con reducción de la llamada presión impositiva. Es claro que cada uno de los mecanismos castiga o no en forma diferenciada a las diferentes bases sociales. Qué coalición social pagará, en ultima instancia, el acuerdo es también la otra condición para el desarrollo del juego. Cualquiera sea el caso, el Gobierno ganó tiempo.

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