Internacional Opinión

El gato chino en busca de la «prosperidad común»

El embajador argentino en China, Sabino Vaca Narvaja, en una nota titulada "El color sí importa" analiza el pasado, presente y futuro de la gran potencia del siglo XXI. No omite dificultades y contradicciones y destaca la innovación tecnológica.

Ama la ciencia, estudia la ciencia, usa la ciencia

Poster chino de los años 80

Por Sabino Vaca Narvaja (El Dipló)

El pasado mes de julio se cumplieron cien años de la creación del Partido Comunista Chino, factor fundamental para entender las grandes transformaciones experimentadas por aquel país, esencialmente en los últimos años del siglo pasado y en lo que llevamos de éste. En menos de cuatro décadas, a partir del despegue que supuso el inicio del proceso de reforma y apertura, China registró un crecimiento vertiginoso y pasó de ser uno de los países más pobres del mundo a convertirse en una potencia global. La economía china, empobrecida y mayoritariamente campesina, se transformó, en un lapso comparativamente corto de tiempo, en otra de medianos y altos ingresos, urbana e industrial.

El “socialismo con características chinas” ha mejorado de manera significativa la situación material del pueblo chino. Solo entre 1978 y 2018, China sacó de la pobreza extrema a más de 800 millones de personas, al punto de anunciar, en febrero último, la eliminación total de dicho flagelo, diez años antes del plazo establecido por la Agenda 2030 de Naciones Unidas y en medio de la peor recesión económica que se recuerde a causa de la pandemia del COVID-19. No obstante, el camino recorrido desde que el Gran Timonel, Mao Zedong, fundase los cimientos de la Nueva China hasta nuestros días, no ha estado exento de dificultades y contradicciones.

Para alcanzar los objetivos socialistas de hacer de China un país próspero y moderno y devolverle su centralidad como potencia, el PCCh ha sabido adaptarse a la realidad histórica de cada momento, dándose las estrategias adecuadas para cada situación. Si la contradicción principal que animó el pensamiento de Mao –que vino a desterrar cien años de oprobio y humillación al pueblo chino -, se centró, en su momento, en la lucha de clases, la principal contradicción en la era de reformas inaugurada por Deng Xiaoping estuvo puesta en las crecientes necesidades materiales y culturales del pueblo y en una producción social que se encontraba entonces muy atrasada.

Con la implementación del programa de reforma económica y apertura comercial hacia finales de los años 70 – con Deng proclamando la modernización nacional como valor supremo –, China pasó de un modelo de economía planificada a uno mixto y abierto, que conservaba muchos de los elementos del anterior, pero combinándolos eficazmente con otros propios de un sistema de economía de mercado. Desde aquel período inicial, la economía china ha experimentado una de las evoluciones más exitosas, lo cual la ha llevado a que algunos hablen actualmente de China como la “locomotora de la economía mundial”.

Xi Jinping y un objetivo alcanzado a los 100 años: una sociedad «modestamente acomodada»

Un hito en este proceso fue el ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en septiembre de 2001, tras quince años de negociaciones. Esto le permitió al país la plena integración en la economía mundial y apuntalar un alto nivel de desarrollo económico. Las posteriores reformas profundizaron el rumbo trazado en su momento por Deng.

Sin embargo, dicho proceso de crecimiento generó nuevos desafíos. Como destaca Xulio Ríos, la desigualdad asomó como un efecto indeseado de la reforma, por lo que el “denguismo tardío”, encarnado por Hu Jintao y el primer ministro Wen Jiabao, tuvo que prestar especial atención a la cuestión social y encauzar sus esfuerzos en la edificación de una “sociedad armoniosa”, incorporando al nuevo y exitoso modelo de desarrollo chino principios propios de justicia social. Incluso antes, con Jiang Zemin, hubo intentos precoces por corregir las brechas internas de desarrollo derivadas del proceso de transformación económica y crecimiento, a través de la política de “Go West”, reforzada y sostenida por los actuales líderes a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta.

Incluso con las correcciones hechas por Hu, la dinámica de crecimiento mostraba algunos signos de agotamiento y la necesidad de generar cambios en el horizonte de desarrollo. Fue necesario, entonces, un nuevo modelo orientado a la innovación tecnológica y científica y a la productividad, pero comprometido a la vez con la reducción de las desigualdades. Ya no era suficiente el “Ensamblado en China”. Para alcanzar los nuevos objetivos, que quedaron plasmados en la doctrina de la concepción científica del desarrollo, el gobierno aprobó diversas reformas a las leyes de propiedad inmueble con la intención de facilitar la inversión extranjera directa (IED), en particular en las industrias de avanzada. Además, puso en marcha un conjunto de dispositivos para permitir la transferencia de tecnología desde las empresas multinacionales hacia las empresas chinas. Esto posibilitó que China pasase a exportar manufacturas con un “mayor valor agregado […] y productos de tecnología de información y comunicación (TIC) en la década de 2000”. El trasfondo de este haz de iniciativas fue consolidar el sistema científico y tecnológico chino e ir dando los primeros pasos para generar las condiciones materiales que permitiesen abandonar –política, económica y tecnológicamente– la sobredependencia china con relación al hemisferio occidental.

La mayor participación de las empresas chinas dentro de las cadenas globales de valor hizo que la economía del gigante asiático diese un salto cualitativo. En este período, como consecuencia de su ascenso global y la persistente acumulación de reservas, China fue dejando atrás cierta idiosincrasia “autosuficiente” que arrastraba de la primera etapa revolucionaria para expandir sus inversiones estratégicas en distintas regiones del mundo, apuntalando el posicionamiento de sus grandes firmas y garantizándose a la vez la provisión de materias primas.

Vaca Narvaja al presentar sus cartas credenciales ante Xi Jinping

En 2012, el XVIII Congreso Nacional del PCCh imprimió un nuevo rumbo al desarrollo económico iniciando “la etapa decisiva de la culminación de la edificación integral de una sociedad modestamente acomodada”. Dentro de las acciones previstas para alcanzar dicha meta, el PCCh se propuso “profundizar la reforma del régimen de ciencia y tecnología, impulsar la estrecha combinación de la una y la otra con la economía, acelerar el fomento de un sistema estatal de innovación, y […] constituir un sistema de innovación tecnológica en el que las empresas sean los protagonistas” . De este modo, China se enfocó en la protección de algunas industrias emergentes que fueron definidas como estratégicas, dentro de las que sobresalen la tecnología 5G, las energías renovables, la industria aeroespacial, las tecnologías de la información y la biotecnología. Posteriormente, en 2015, el Consejo de Estado chino aprobó el programa Made in China 2025, a través del cual se propuso dar un nuevo salto, situando al desarrollo en ciencia y tecnología en el centro del modelo de desarrollo.

Con la innovación científico-tecnológica como principal palanca, China va camino a convertirse en una superpotencia en áreas clave. El año pasado invirtió 2,4 billones de yuanes (372 mil millones de dólares) en investigación y desarrollo (I + D), un 10,2 por ciento más que el año anterior. El peso de inversión de I + D en el PBI aumentó 0,16 puntos porcentuales en comparación con 2019, siendo la tasa de crecimiento más alta en casi 11 años. Sin embargo, queda un objetivo por cumplir: lograr un desarrollo equilibrado.

En julio, el actual presidente Xi Jinping anunció que China había alcanzado su primer objetivo del centenario: la edificación integral de una sociedad “modestamente acomodada” en todos los aspectos, tal como había sido concebida por Hu Jintao en su discurso ante el XVII Congreso Nacional del PCCh el 15 de octubre de 2007. Pese a haber materializado el objetivo, la nueva etapa histórica no está libre de contradicciones. En este marco, una nueva cuestión social inherente al crecimiento económico se hizo manifiesta, determinadas por un desarrollo desequilibrado e inadecuado y por las crecientes necesidades del pueblo por una vida mejor. Esto fue percibido por los miembros del Comité Central del PCCh, para quienes el crecimiento económico por sí solo ya no era la solución: para resolver las actuales contradicciones el Partido se propuso entonces promover la “prosperidad común”.

En un discurso reciente, Xi enunció que la prosperidad común es el requisito esencial del socialismo y una característica importante de la modernización al estilo chino. El concepto, con profundas raíces en el PCCh, ya había sido utilizado en los años 50 y a finales de los 70 bajo diferentes liderazgos. Ahora ha sido resignificado en otro contexto, asociado a la idea de crecimiento centrado en las personas y en la búsqueda de un desarrollo de alta calidad. No se trata de plantear un igualitarismo absoluto a lo Mao; de hecho, una lectura atenta de Marx y Engels nos haría desechar esa opción. Pero tampoco de volver a un estadio caracterizado por un desarrollo con desigualdad, como en los años 80 y 90. Se trata, en cambio, de generar “condiciones más inclusivas y justas para que la sociedad tenga acceso a una mejor educación y amplíe sus capacidades de desarrollo, así como la generación de un entorno económico que ofrezca oportunidades para que más personas se enriquezcan”, lo cual implica un Estado y un Partido presentes en la definición y apuntalamiento de las políticas estatales a largo plazo.

La transformación china no fue un milagro. El aforismo acuñado por Deng (“No importa que el gato sea blanco o negro; mientras pueda cazar ratones, es un buen gato”) para justificar las exitosas reformas económicas puestas en práctica por el país asiático desde fines de los 70 e identificar asimismo las contradicciones reales de dicha etapa, en un claro ejercicio de pragmatismo y el realismo, viene a cuenta para poner en relieve algo obvio: no cualquier gato caza ratones.

Centrémonos en la praxis estatal de los países occidentales: como expresé en un artículo anterior, para la mayoría de ellos el Estado solo tiene que estar presente ante la excepcionalidad. En este sentido, para el gato “occidental” sería inverosímil – y hasta absurdo -, pensar siquiera en la posibilidad de un modelo como el chino, dónde la planificación estatal centralizada sigue cumpliendo un rol crucial. En China la presencia estatal, bajo la guía del Partido, es la “normalidad”, no la excepción. Por eso, quiero insistir con una idea: “El gato que cazó los ratones es un gato rojo”. El sujeto político que logró transformar China a través de una versión sinizada del marxismo es el PPCh, que recientemente celebró sus cien años de vida.

El primero de julio, en el marco de las celebraciones del centenario del PCCh, muchos embajadores y otros invitados especiales escuchamos las estrofas de un cántico patriótico entonado por más de 70 mil personas al Partido y su líder: Méi yǒu Gòng chǎn dǎng jiù méi yǒu xīn Zhōng guó (sin el Partido Comunista no existiría una Nueva China). Esa consigna sintetiza el reconocimiento a los logros obtenidos bajo la conducción del Partido que, hoy enfocado en la segunda fase: “consolidar un estado socialista poderoso y moderno”.

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