Cultura Opinión

Mirar o no mirar hacia arriba

La película "No miren arriba" es vista por el psicoanalista Yago Franco como una metáfora de lo que viene sucediendo desde el inicio de la pandemia. Cuando el ser humano puede taponar datos de la realidad aún a costa de su propia vida.

Por Yago Franco (Página 12)

Dos científicos descubren que un cometa se estrellará contra la Tierra y extinguirá toda forma de vida. Así se inicia «No miren arriba», película de Netflix recientemente estrenada. Esta realidad inminente – tendrá lugar en unos seis meses -, es comunicada personalmente a quien preside Estados Unidos – una mujer -, que inicialmente rechaza lo que éstos le transmiten y los ridiculiza. Advertida por científicos «oficiales» de la veracidad de la información, y programada la destrucción del cometa, desiste de la misma cuando se encuentra en curso.

Lo hace porque un aliado político, un empresario corporativo multimillonario, una suerte de gurú tecnológico a la Bill Gates: le advierte que el cometa es una fuente inimaginable de riquezas por los metales que lo componen, y la convence de recuperar su contenido mediante una compleja operatoria, que una vez lograda convertirá a los EE.UU. en una super-superpotencia y acabará con el hambre y la pobreza.

Mientras tanto, se produce una contienda entre quienes aceptan la realidad de la extinción y otros que reniegan de la misma. Cuando el cometa se haga visible en el cielo la contienda no cesará: se opondrán quienes privilegien la economía a quienes privilegian la vida y ven en el proyecto del empresario un acto demencial que arrojará a una extinción inevitable al planeta.

«¡Miren arriba!»¨¡No miren arriba!», son las consignas que los identifican. El final no será adelantado, pero sí advertirá que no hay que dejar de ver los créditos, ya que hay una importante e hilarante (si así puede denominarse) sorpresa.

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Metáfora de lo que viene sucediendo desde el inicio de la pandemia, muestra la presencia de dos elementos fundamentales, que pueden ser tratados con herramientas que ofrece el psicoanálisis tanto para abordar a la sociedad como a la subjetividad.

Una mirada parcial, por supuesto, que coexiste con el análisis económico, sociológico, histórico, antropológico, etc. Una coexistencia que implica zonas de inseparabilidad de estos dominios, a la vez que debe evitarse el reduccionismo a alguno de ellos.

Esos dos elementos, que enhebran a la subjetividad y a la sociedad, son, del lado de la sociedad, la pregnancia de la forma de vida capitalista y las significaciones que la habitan. Del lado del psiquismo, la renegación, mecanismo que afecta la percepción de un elemento de la realidad, sea en su materialidad como en su significado.

La renegación: mecanismo psíquico humano (sólo esta especie lo posee), es uno de los tantos testimonios de la desadaptación y desfuncionalización de su psiquismo.

Se trata de aceptar y negar al mismo tiempo una percepción y/o el significado de la misma. El humano es un ser loco por excelencia: puede obliterar datos de la realidad aun a costa de su propia vida.

Sabemos de la presencia de la renegación en los duelos, en los traumas, en las catástrofes. También del lugar que la renegación ocupa en la formación de delirios: ahí donde la realidad no llega a ser significada puede advenir una realidad imaginaria, creada por el sujeto y que se aparte del patrimonio colectivo de certeza.

La particular experiencia de la pandemia muestra a las claras su presencia: a nivel del conjunto social, lo que sociológicamente se denomina negacionismo no es más que expresión del mecanismo renegatorio.

«El avance de la insignificancia parece indetenible»

Pero es también claramente observable que el mismo (tal como muestra el film, un espejo de la realidad en la que vivimos) es impulsado y fomentado por discursos oficiales que coinciden con lo que transmiten muchos medios masivos de comunicación, que contienen mensajes paradojales.

Como podemos apreciar en este mismo momento: alertar del riesgo por el notable incremento de contagios, pero no implementar medidas que estén a tono con dicha realidad; o mensajes festivos de fin de año (sea oficiales y/o mediáticos) que no mencionan el aumento notorio de contagios, datos que por otro lado aparecen o en los medios o en otras esferas del poder estatal.

Los mensajes paradojales o de doble vínculo dejan sin salida a los sujetos, que no saben a qué atenerse y les facilita la utilización del mecanismo renegatorio. Ya es suficiente con la presencia de una pandemia para que éste se active y los mensajes mencionados no hacen más que facilitarlo.

Por su parte, y para complicar más el panorama, la significación de nuestra forma de vida no ha hecho más que afectar al Yo de los sujetos, al ser estos bombardeados por cantidades de estímulos imposibles de ser asimilados –producto en gran medida de la digitalización de la vida -, lo que afecta tanto el poder fijar la atención de informaciones provenientes de la realidad (la atención es una de las funciones del Yo), el procesamiento de la temporalidad (por la aceleración constante de la misma) tanto como el juicio de realidad.

Este último es algo fundamental para el ligamen de la realidad del psiquismo con la realidad material y su significado. Este psiquismo afectado por una significación dominada por el crecimiento ilimitado de la producción y el consumo, un «siempre más» que afecta todas los dominios de la vida, este psiquismo así afectado es con el cual todos contamos al ingresar a la pandemia.

Lo cual ha complejizado aún más lo que podríamos denominar como una psicopatología de la vida cotidiana capitalista. Esta se transfigura en una psicopatología de la vida cotidiana en pandemia. Una coexistencia potencialmente riesgosa.

El sujeto, abrumado por informaciones y estímulos imposibles de ser traducidos, ligados a una significación – la capitalista -, que agita permanentemente su mundo pulsional, se ve empujado a utilizar a la renegación como si fuera un madero al cual aferrarse en medio del océano tras un naufragio.

Es Leonardo di Caprio en este film – quien fuera protagonista de Titanic -, quien nuevamente intenta aferrarse, en este caso, a una porción de la realidad para evitar un naufragio apocalíptico. A dicho naufragio estamos expuestos si no se entiende – entre otras cuestiones -, que a mayor cantidad de contagios más probabilidad de mutaciones hay y alguna puede ser la última… al no encontrar huéspedes a los cuales infectar.

Intentar profetizar acerca de cuándo va a terminar la pandemia, desestimar la gravedad potencial de tanto nivel de contagios, es o por ignorancia o por un acto canalla dirigido a sostener una forma de vida depredatoria, suicida en el límite. Lo mismo ocurre con minimizar lo que sucede en este momento argumentando que las variantes actuales producen casos leves.

La extinción comienza por la estupidización de los sujetos a manos de una sociedad en la que el avance de la insignificancia parece indetenible, y que encuentra en la alianza mortífera entre el capital y el poder político a su verdugo. Aunque sobre dicha alianza caiga su propia guillotina.

Sólo un despertar, un despabilar colectivo puede detener la mano del verdugo… sabemos que eso es improbable en este momento de la vida social y política, pero no imposible. Parafraseando a Jameson, se puede sostener que es más fácil imaginar la extinción de la humanidad que la de la forma de vida capitalista, depredatoria del medio ambiente, de la vida social, de la subjetividad y de la economía misma. ¿Podremos mirar arriba?

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