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Las rarezas de la vida

Cuando se apela al concepto de rareza, es porque algo no alcanza a comprenderse en toda su dimensión. Pululan asesinos virtuales en las redes. Un profesor de historia y crítico literario italiano volvió a hacer de las suyas con Claudia Piñeiro.

Héctor Guyot (La Nación)

La editora de Cultura de este diario, Coni Bertolini, estaba en su casa picando cebolla tras el día de trabajo cuando desde el diario llegó el alerta: “Murió el escritor Haruki Murakami”. Ahí mismo llamó a Daniel Gigena, periodista de su sección, y juntos empezaron a recabar información para publicar la noticia en LNonline, una vez chequeada. Apelaron al teléfono y las redes sociales, pero se encontraron perdidos en un mar de contradicciones. Varias horas después, cuando ya les pesaban los párpados y con la madrugada en los talones, confirmaron que era una noticia falsa. Ya les había pasado lo mismo con otros escritores: Mario Vargas LlosaKazuo Ishiguro y Michel Houellebecq. Luego de que La Nación informara sobre el falso deceso de Murakami, anunciado por Twitter el 7 de este mes, el “asesino” virtual se comunicó con Gigena desde una cuenta de Gmail y se confesó autor de estas muertes fake de resonancias globales. Certificó su identidad enviándole una foto de su pasaporte italiano y, como prueba definitiva, le anticipó que mataría en Twitter a una escritora argentina. Así fue. “Ejecutó” a Claudia Piñeiro desde una cuenta falsa que replicaba la de la editorial en la que publica la autora de Las viudas de los jueves.

El hombre se llama Tommasso Debenedetti, nació en Roma en 1969 y es profesor de historia y crítico literario. Lo sabemos por la extraordinaria nota que le hizo Gigena y que se publicó anteayer en este diario. Más allá del pésimo gusto de jugar con la muerte de personas vivas, lo cierto es que la dudosa performance de Debenedetti se inscribe en el debate abierto sobre la esquiva naturaleza del mundo virtual al que estamos migrando, al tiempo que vuelve sobre el inagotable tema de las correspondencias entre la ficción y la realidad.

“No sabemos si una cuenta es real o no, no sabemos si hablamos por chat o mail con una persona real o con un impostor, no sabemos si una imagen es real o es un efecto creado con internet», le dijo Debenedetti a Gigena. «Esto muestra una realidad nueva: la ficción que en el pasado se encontraba en las novelas de los escritores ahora es parte de nuestra vida, y los tuits, los blogs y las páginas de Facebook constituyen un tipo nuevo de novela, de relato donde realidad y mentira se confunden”.

Los límites difusos entre realidad y ficción representan una cantera para la literatura. Borges los ha frecuentado como nadie desde el cuento. En “La otra muerte”, por ejemplo, un hombre cobarde que agoniza muere como un valiente porque desde su lecho de muerte reescribe en su delirio los hechos del pasado, que adquieren así una nueva significación. Desde el ensayo, el mismo Vargas Llosa ha abordado el asunto en La verdad de las mentiras. Y Tomás Eloy Martínez, en Ficciones verdaderas. Ambos en forma brillante.

La irónica respuesta de Claudia Piñeiro. Felizmente que esté por acá

En este presente incierto, sin embargo, yo me cuidaría de identificar la ficción con la mentira. Igualaría esta última al engaño, que suele encerrar la intención de manipular al otro. Así operan las fake news. La ficción literaria, en su aspiración de salvar la vida de la erosión del tiempo, busca en cambio crear un mundo acaso más verdadero o más imperecedero que el real. Aspira a transfigurar la experiencia en mito o en arquetipo donde los lectores puedan reconocerse, cada cual a su modo.

Así, es en la lectura donde quizá se activan de manera más poderosa estas correspondencias entre realidad y ficción. Mientras escribe, el autor de ficción va desplegando un relato que por simpatía despierta en su conciencia imágenes o recuerdos dormidos que acaban entrando en la trama, transformados por la imaginación según lo que pida la escena que está creando. Para el escritor de ficción, no hay más verdad que la de la página. El lector, después, conectará esas escenas con su propio banco de imágenes y teñirá esa ficción con el color de sus propias vivencias. La literatura es un diálogo de imágenes espejadas entre escritor y lector. Allí, realidad e imaginación se confunden para ir más allá. “Mi ficción es autobiográfica en la forma, no en el fondo”, dijo misteriosamente la deslumbrante cuentista canadiense Alice Munro. La verdad de la ficción hay que buscarla menos en los hechos que en la forma. Valiéndose de ella, el escritor intenta comunicar lo intransferible y a veces lo logra.

Debenedetti dice también que el periodismo se convierte a veces en una fusión de verdad y ficción. Le diría, citando a un recordado periodista español, que los hechos ocurren de una sola manera. Ponerlos en contexto, interpretarlos, unir causas y consecuencias para dar trazado al caos de la realidad y así poder narrarlos en forma de noticia supone una cuota necesaria de subjetividad, que hay que manejar de modo restrictivo. La verdad de los hechos ha sido siempre la aspiración del buen periodismo. Esperemos, a pesar de lo que ocurre en las redes, que esto siga así.

El “asesino” virtual italiano se presenta como un cruzado que busca denunciar la falta de certezas del mundo digital. Sin embargo, en su afán, actúa como un agente de la posverdad. Así de raros son estos tiempos.

  • Imagen destacada: Michel Houellebecq, Mario Vargas Llosa y Haruki Murakami, víctimas del «asesino» virtual de escritores

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