Opinión Política

«Al borde de la tragedia, la base social muestra una lucidez de la que carece su representación política»

Bonasso hizo un ejercicio de imaginación: ¿qué estaría ocurriendo en la Argentina hoy, si el jueves le hubiesen destrozado la cabeza a Cristina? Censurado por "Página 12". Humanidad acoge sus atinadas reflexiones.

Por Miguel Bonasso

¿Qué estaría ocurriendo en este país, en este mismo momento, si la bala de la Bersa hubiera salido y le hubiera destrozado la cabeza a Cristina Kirchner? De pensarlo solamente un velo negro enluta la cabeza. Saber que todo un país estuvo al borde de la tragedia y se salvó porque una bala no entró en la recámara de una pistola Bersa 32, es demasiado, aún para quienes tuvimos que atravesar duros períodos de nuestra historia.

Se que más de uno va a rechazar ese ejercicio indispensable de la imaginación, para quedarse con su camiseta y sus clichés. Una catarata de comentarios insensatos vertidos en las redes, confirman esta sospecha.

No sabemos mucho todavía, pero lo que todos vimos fue la pistola a pocos centímetros de la frente de Cristina y esa visión lacera, aterra. A pesar de lo cual hay que escuchar, ver o leer declaraciones como la del jefe de la “inteligencia”, Agustín Rossi, apresurándose a defender la idoneidad de la custodia. Todos sabemos, porque el intento de magnicidio se transmitió en cadena, que quienes atraparon al asesino (en grado de tentativa) Fernando Sabag Montiel, no fueron los miembros de la custodia, sino dos manifestantes populares que “hacían el aguante” frente a la casa de la Vicepresidenta de la Nación. Especialmente el que lo agarró del cogote y lo entregó a la custodia, el concejal peronista de Presidente Perón, Federico García. Que también descubrió la Bersa en el suelo, la pisó, agarró y pasó a los policías encargados de proteger a Cristina.

Sabemos muy poco sobre Sabag Montiel, este brasileño que vive desde hace varios años en Argentina, pero sabemos que junto con su novia Ambar fueron entrevistados en televisión por Crónica, dos veces y criticaron los planes sociales y a quienes los reciben. Sabemos que el magnicida vivía en una habitación alquilada en San Martín, que la policía pudo allanar gracias a que el dueño vio al inquilino por televisión y se presentó a la policía para denunciarlo y no ser atrapado por el sólo hecho de alquilarle.

El pueblo es más lúcido que su dirigencia, escribió Miguel Bonasso

Hemos visto a la novia salir en una nueva entrevista televisiva, acompañada por otro amigo de Sabag, de nombre Nicolás, que presentó al criminal como un tipo simpático que hacía chistes. No me parece que un tipo que hizo lo que hizo y encima llevaba tatuados símbolos nazis como el Sol Negro y la Cruz de Hierro, fuera un personaje inofensivo, que se caracterizaba por contar chistes. O apenas un muchacho que de chico sufría bullyng en la escuela, como dice otro amigo llamado Mario. Que también lo pinta como alguien que apenas gana para sobrevivir, “como todos”. Como él mismo, que fabrica y vende “copitos”. Mario, por cierto, ha definido a este oscuro personaje como ”un mitómano”.

Sabemos en cambio que Sabag es dueño de un departamento heredado de su madre, que alquila y que además es propietario de dos autos: uno que explota como taxi y otro como remise de Uber.

Todavía no podemos establecer si actuó solo como ya sugieren miembros del gobierno o si operó con otros y fue parte de una conspiración. Hay que analizar el celular que por ahora encontraron y otros que pudieran aparecer en el futuro, las cámaras de seguridad en torno a su domicilio y al de Cristina, tomar declaración a la novia, a los amigos, al propietario que le alquilaba, al inquilino que le pagaba la renta y absolutamente a todas las personas que puedan acercar un dato fidedigno. Faltan pericias y pesquisas.

Pero ya es posible esbozar un análisis político. En primer lugar, es indudable que la derecha, tanto la argentina, como la internacional se está poniendo cada vez más agresiva o francamente violenta. Las amenazas de muerte contra el ex presidente y actual candidato presidencial brasileño Lula da Silva; el presidente de Colombia, Gustavo Petro o el de Chile, Gabriel Boric, sumadas a la abierta intervención del Departamento de Estado norteamericano contra el gobierno paraguayo por el caso de la pastera Paracel, son indicadores inquietantes de una tendencia continental.

En la Argentina hay numerosas muestras de la agresividad derechista y algunas muy cercanas y en el mismo escenario del atentado frustrado, como las vallas de Rodríguez Larreta o la agresión policial contra Máximo Kirchner, hijo de Cristina y diputado nacional.

La actitud civilizada y madura que tuvo Juntos por el Cambio al aceptar la sesión especial de condena al atentado a la que convocó el Frente de Todos, quedó deslucida cuando los diputados del PRO se levantaron y se fueron de la sesión. Tampoco, como sabemos, la militancia de la Cámpora hizo notorios esfuerzos en los últimos años, para desmontar la famosa grieta y evitar las actitudes sectarias, no ya contra la derecha, sino contra quienes desde posiciones de izquierda podrían haber sido incluso aliados.

Quien escribe estas líneas puede dar fe personal de esta afirmación: hace más de una década que estoy censurado en el diario “Página 12”, del que fui uno de los fundadores por haber criticado el extractivismo neocolonial y la falta de una auténtica reconstrucción industrial en los gobiernos de Nestor Kirchner y Cristina.

Paradójicamente, no es la actitud generosa de muchos argentinos que participaron de la marcha que desbordó Plaza de Mayo en el acto de repudio al atentado, repitiendo la extraordinaria movilización contra el 2 por 1.

Seguí atentamente las entrevistas que se hicieron al día siguiente del atentado en todas las cadenas de televisión y me emocionó que muchos asistentes fueran autoconvocados y que una gran mayoría de los entrevistados enfatizara, con madurez, que estaba allí en defensa de la democracia y la paz y no por razones proselitistas. Me dije que esa base social había alcanzado un grado de lucidez del que carece una buena parte de los dirigentes políticos que deberían representarla.

Ojalá que esa racionalidad se imponga, cambien nuestras prácticas y podamos resolver, con políticas de Estado y en plena democracia, las falencias de la decadencia argentina, entre las que sobresale la terrible pauperización a la que están condenados millones de compatriotas.

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