Argentina Política

Gerchunoff: «Al perder la batalla económica, Alfonsín se quedó con una narrativa renga»

Historiador y economista, Pablo Gerchunoff, le dijo a Astrid Pikielny que en la UCR solo hubo dos líderes con vocación de poder, Yrigoyen y Alfonsín. Describió a éste como un democráta liberal con justicia social: "Lo que se necesita hoy".

Por Astrid Pikielny (La Nación)

En su extensa trayectoria como historiador y economista ha escrito varios libros, pero se intuye que este no es uno más. Que no ha sido tarea fácil. Ahora Pablo Gerchunoff tiene en sus manos El planisferio invertido (Edhasa), un ensayo biográfico sobre Raúl Alfonsín que le demandó cinco años de trabajo. Alfonsín fue el político que lo conmovió y lo entusiasmó como ningún otro. “Soy alfonsinista, no radical”, ha dicho más de una vez.

Hasta que Alfonsín irrumpió en el paisaje político con la fuerza de un huracán, a Gerchunoff la democracia le importaba muy poco, dijo en La moneda en el aire, el libro de conversaciones con Roy Hora. En su horizonte y en sus obsesiones solo estaban el desarrollo y la transformación económica. Hasta que apareció aquel hombre de Chascomús que puso en palabras una idea de democracia, recitó el preámbulo de la Constitución y lo sacudió. Hasta que sintió que ese hombre le hablaba a él.

El libro es una travesía fascinante que va desde el principio de los tiempos del expresidente hasta el momento final, a través de las distintas etapas de una vida marcada por el vértigo personal y político: su infancia y el rol de su madre, sus años en el Liceo militar y su familiaridad con ese universo con el que después tuvo que confrontar, la construcción de un liderazgo que lo catapultó a la Casa Rosada sin haber desempeñado nunca un cargo ejecutivo, el campo minado sobre el que intentó hacer pie durante la transición democrática y su papel posterior en el ajedrez político de la Argentina.

Por esa cercanía afectiva con el personaje, Gerchunoff redobló las alertas durante la investigación y la escritura. “Teniendo en cuenta que su figura es cada vez más admirada en la opinión pública, me impuse a mí mismo una tarea: si Alfonsín es un prócer, veamos sus claros, pero también sus oscuros, sus fracasos, sus errores y dilemas. Y las tensiones que eso le generaba”.

No buscó justificar, sino comprender, dice Gerchunoff, que participó de la gestión alfonsinista cerca de uno de sus ministros de Economía, Juan Vital Sourrouille.

“Su eje es democracia liberal y justicia social. Pero al perder la batalla económica, toda la política de Alfonsín es una política defensiva. Sin ese soporte, se queda con una narrativa renga. Y como política defensiva no está en condiciones de plantear ampliación de derechos. Eso fue una cosa muy amarga para él”, explica Gerchunoff.

En el libro, el historiador se anima a formularse a sí mismo una pregunta abismal. “Me pregunto si un gobierno conservador que hubiera dado por buena la autoamnistía de los militares y hubiera acordado con los sindicatos, hablo de [Ítalo] Luder, no hubiera tenido una oportunidad mayor de estabilizar la economía. Esa pregunta, para un alfonsinista como yo, que además participó de la gestión económica, es una pregunta terrible”.

Un planisferio invertido fue el regalo que le hizo a Alfonsín su edecán naval Joaquín Stella y que el ex presidente colgó en su escritorio: en esa cartografía al revés, el norte está en el sur, el sur en el norte y la Argentina, en el centro del mundo. Para Gerchunoff, ese objeto que da título al libro condensa la voluntad política de quien, con fallos, aspiró “a cambiarlo todo” y a dar vuelta el mapa institucional de la Argentina.

Según el historiador, hoy el radicalismo tiene por delante dos grandes desafíos: “Definir una personalidad política post alfonsinista con una visión del país y tener un liderazgo con vocación de poder”.

Una nota con múltiples y ricos enfoques

El panorama político, social y económico actual, admite, le preocupa enormemente. “Cristina es la negación anacrónica de los problemas y Macri es la propuesta del ajuste sobre el largo ajuste; otra travesía en el desierto, pero ahora con las cantimploras vacías”. Por eso, cree que es más necesario que nunca encontrar una diagonal que exige una ingeniería compleja y sofisticada: “un liderazgo político que pueda avanzar en un programa reformista y que al mismo tiempo tenga sensibilidad justiciera; un liderazgo que tenga una visión del rumbo pero que sepa proteger a los que quedan a la intemperie. Y lo que yo no veo es un líder político pensando en esta clave”.

–¿Cree que desde hace un tiempo hay una idealización de la figura de Alfonsín, potenciada por las derivas de una Argentina que persiste en su decadencia?

–Creo que sí, que se está embelleciendo la figura de Alfonsín, en contraste con lo lúgubre que se ve el presente. Entonces se lo recorta de una manera que sea inapelable.

–Usted recorrió un camino que lo llevó desde la periferia del peronismo a las orillas del radicalismo, pero en particular, a Alfonsín. ¿Cómo fue su acercamiento a su figura?

–Lo conocí en el 78, en una conferencia. Era un progresista social y un conservador cultural o de costumbres. Eso se veía muy nítidamente. Nadie es la misma persona todo el tiempo y después dejó de ser eso. Yo no sabía todavía que además era un hombre de campo que veía al campo con su potencial productivo. De eso me di cuenta después. Tampoco sabía todavía qué significaba la familia para él, sobre todo la madre. Y nada de eso lo descubrí trabajando cerca de él, porque trabajar cerca de él para mí era trabajar cerca de Sourrouille. A Alfonsín lo habré visto unas diez o doce veces en mi vida, no más. Pero lo que ocurrió fue que él dejó una marca personal en mí que es la democracia. Yo no era para nada un demócrata hasta la campaña del 83.

–Se podría decir que Alfonsín despertó en usted una convicción democrática que, hasta ese momento, no tenía.

–Totalmente. Esa fue una transformación que él logró en mí, entre otras cosas, porque su capacidad de persuasión era extraordinaria. Era una convicción que no existía en mí, que se profundizaba a medida que progresaba la campaña del 83. Hace algunos años escribí El eslabón perdido, un libro que está dedicado a entender de dónde venía Alfonsín: quería saber cómo era su familia política, los gobiernos radicales de Hipólito Yrigoyen y Marcelo T. de Alvear. Y después me quedó una incógnita, saber quién era ese hombre y cómo construye su liderazgo, pero no desde el gobierno y desde la campaña, sino cómo construye su figura política desde los comienzos de los tiempos. Él nace en la nación radical. Nace en 1927 y en 1928 Yrigoyen saca casi 60% de los votos en la nación y 65% en Chascomús. En su familia, en los alrededores, no había ninguna otra cosa más que radicalismo.

–Alfonsín pasa sus primeros años entre la militancia, los comités y el Congreso. Asumir como presidente es un salto de escala, pero también de naturaleza. ¿Cómo vivió eso?

–Absolutamente. Era un hombre con un entrenamiento político de 38 años, pero con una total inexperiencia de lo que quiere decir gobernar. ¿Cómo creo que lo vivió? Era un hombre muy confiado en sí mismo. Quizá, demasiado. El radicalismo había dejado el gobierno en 1966. Diecisiete años después llega un hombre que no tiene más que una experiencia parlamentaria, con la intención de dar vuelta el país. Hay un capítulo que se llama “Semana de vértigo”, sobre su primera semana en Olivos, que revela su arrojo. Un arrojo, diría, no exento de improvisación.

–¿En qué temas?

–Por ejemplo, en el decreto de los Juicio a las Juntas. Él había hecho una reflexión filosófica con [Carlos] Nino, con [Jaime] Malamud Goti y otros filósofos del derecho como [Martín] Farrell, pero era una discusión un poco abstracta todavía sobre la arquitectura del juicio y sobre la cuestión de los tres niveles de responsabilidad. Porque en la distancia entre la idea conceptual y la práctica hay muchos problemas, problemas que lo persiguieron durante todo su gobierno. También hay un grado de improvisación en la cuestión sindical. Ahí se ve muy fuertemente la inexperiencia y el hecho de tener que retroceder con el intento de democratización sindical y después, de su reformismo en materia sindical. Esas idas y vueltas son propias de un hombre que vive el gobierno con una enorme tensión.

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–Pero decide jugar partidas simultáneas, en todos los frentes. Usted lo llama el triángulo móvil: la cuestión militar, la sindical y la económica.

–Todo al mismo tiempo. Habiendo participado del gobierno, siempre me llama la atención la forma en que cada uno de los actores que ve la cuestión fragmentada, por ejemplo, nosotros desde el ministerio de Economía, somos incapaces de mirar plenamente todos los platillos chinos. ¿Podía haber hecho otra cosa? ¿Podía haberlo hecho en secuencia? No podía, porque el cambio que se proponía necesitaba simultaneidad, necesitaba mostrar que él estaba ahí para hacer un cambio radical, en un sentido distinto al radicalismo.

–El impulso por los cambios simultáneos, ¿no era contradictorio con la estabilización política que él necesitaba?

–No tenía más remedio que hacerlo simultáneamente. Él no hubiera estabilizado si iba por el camino modesto. Porque efectivamente para él había hilos invisibles que conectaban lo sindical con lo militar; el pacto militar-sindical, por ejemplo.

–Alfonsín fue al Liceo militar y pasó su adolescencia pupilo en Campo de Mayo, lugar al que vuelve durante el levantamiento de Semana Santa. Y durante la dictadura buscó abrir una cuña con los militares, hasta que después hay denuncia e intransigencia. Pero buscó dialogar con ellos.

–Sí, yo lo llamaría dialoguista. ¿Por qué no? Para entender ese diálogo, hay que partir de Onganía. Eso era el corporativismo, eran los militares quedándose para siempre, era la supresión de los partidos políticos, era la negación de la democracia. En cambio, en los comienzos de la dictadura del 78, lo que prometía Videla era, en algún momento, una transición democrática. En consecuencia, todos los políticos argentinos de alguna envergadura tuvieron diálogo con los militares. La diferencia es que él lo hizo público. Él sacaba una revista que se llamaba Propuesta y Control y contaba el doble juego con los militares: por un lado, presionando por una salida democrática, y, por otro lado, denunciando la desaparición de personas, el terrorismo de Estado. Juega fuerte. Primero, porque era una cuestión táctica. Y segundo, porque él no iba a renunciar nunca a ningún camino. ¿Pego a través de mis editoriales? Sí. ¿Dialogo? También. Todos los caminos eran buenos si el destino era un muerto menos y un paso más camino a la democracia.

–Y después está su participación en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y la denuncia del uso que la dictadura hacía de la Guerra de Malvinas.

–Eso diría que es su lanzamiento como candidato presidencial. Es el momento en donde él se diferencia. Ahí uno se da cuenta de lo siguiente: lo que gana siempre es alguna versión de la nueva política. ¿Qué era Alfonsín separándose? Era el distinto a todos los demás. Eso se ve después también con Néstor [Kirchner], la propia Cristina [Kirchner] y [Mauricio] Macri. Macri fue lo novedoso, la diferencia. No estoy juzgando si fueron buenos o malos gobernantes, eso es otra historia. Alfonsín fue lo nuevo, un experimento raro: la democracia. La democracia como método. La democracia como solución. Esa idea que nos pareció a muchos tan ingenua, “con la democracia se come, se cura y se educa”. Lo que quería decir esa frase es lo que Alfonsín es: democracia liberal más justicia social. Y con esas armas iba a pelearle al peronismo.}

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–Usted reconstruye los levantamientos militares y el modo en que Semana Santa quedó inscripto en la memoria colectiva: que Alfonsín terminó cediendo frente a Aldo Rico.

Alfonsín es el triunfador de Semana Santa, pero no fue el ganador político porque la marca de que había sido un retroceso quedó. Los carapintadas jugaron muy bien sus cartas. Antes del levantamiento Alfonsín va a Córdoba a anunciar el proyecto de ley de Obediencia Debida. ¿Qué hacen ellos? Apuran la rebelión para que eso aparezca como una concesión y una debilidad del gobierno de Alfonsín. Y la verdad es que lo logran. Es cierto que él podría haber lanzado ese proyecto de ley antes, incluso en los primeros días de gobierno. Pero él creyó que los militares podían lavar sus culpas. Pensó que podía haber un Informe Rattenbach sobre el terrorismo de Estado. Eso no ocurrió y, entonces, dejó la cuestión de los juicios en un terreno muy complicado: el encadenamiento de los hechos lo lleva a él a tener que ir acercándose cada vez más a una ley de Obediencia Debida. Estoy convencido de que fue un golpe grande para él darse cuenta de que los militares no se iban a juzgar a sí mismos. Hay errores de cálculo.

–En definitiva, Alfonsín pasó los años de su presidencia tratando de consolidar la figura presidencial como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas.

–Todo el tiempo es eso. Es interesante cómo sigue la historia después de Semana Santa: los levantamientos posteriores y las dificultades que tiene Alfonsín para administrar eso fuera del contexto épico que había acompañado a Semana Santa. Así como en Semana Santa Rico es un ganador político en la construcción de la imagen que va a perdurar, al mismo tiempo es un derrotado en el campo militar, entre otras cosas, porque hay generales que sí estuvieron dispuestos a reprimir. Y lo que le ocurre a Alfonsín después hasta el final de su gobierno es la travesía del desierto sin cantimplora.

–¿Qué pesó más en sus frustraciones? ¿La herencia económica o la herencia de sangre?

–Creo que la dictadura le deja una economía colapsada y endeudada. Era muy difícil que las cosas salieran bien. ¿En dónde se refugia Alfonsín? Se refugia en sus viejas ideas. Igual que el peronismo.

–Todos los gobiernos construyen una narrativa. ¿Cómo describiría el storytelling alfonsinista?

Alfonsín es democracia liberal con justicia social, y hoy se necesita algo parecido. Pero para la justicia social tenía que tener un soporte económico y al quedarse sin ese soporte toda la política de Alfonsín es una política defensiva. Al perder la batalla económica, se quedó con una narrativa renga. Como política defensiva no está en condiciones de plantear ampliación de derechos y eso sí es una cosa muy amarga para él. Es probable que, en parte, el gobierno haya sido una cárcel para las aspiraciones tan altas que tenía Alfonsín.

–Aspiraciones que incluyeron, también, una reforma constitucional.

–Sí, a él lo que le hubiera gustado es lograr una reforma constitucional como él quería y terminar siendo primer ministro en un gobierno parlamentario. Él tenía dos cosas: un proyecto de país y un proyecto de poder personal. Todo el tiempo lo tuvo.

–Y tuvo, como otros presidentes, su “vamos por todo”.

–Todos lo tuvieron y Alfonsín también lo tuvo. Él tiene dos grandes inspiraciones: una es la construcción de la democracia entre el 82 y el 83, y la batalla cuerpo a cuerpo por juzgar los delitos de lesa humanidad. Y la segunda, no voy a ser muy popular con esto, es el Pacto de Olivos. Con eso él consigue el largo plazo, consigue transformar la Constitución en una limitación del poder. El otro día Cristina Kirchner dijo: “Yo era convencional, pero esta Constitución no me gusta”. ¿Por qué no le gusta? Porque es limitativa del poder presidencial. Alfonsín logró un cambio de fondo que pocos le han comprendido, porque el Pacto de Olivos no tiene mucha popularidad.

–¿Con eso pudo hacer el largo plazo que no pudo durante su gobierno?

–Sí, podríamos decir que hubo dos grandes momentos: la construcción de la democracia, todavía frágil, pero la construcción de la democracia; y segundo, la construcción de la república, esto es, de la división de poderes, de la acotación del poder de los de arriba.

–Para intentar comprender a Alfonsín sin justificarlo hay que aceptar que hubo errores. ¿Cuáles marcaría?

–Por ejemplo, no sé si no hubiera convenido una ley de Obediencia Debida antes. Más, no estoy seguro de una pregunta que es tremenda. Me pregunto si un gobierno conservador que hubiera dado por buena la autoamnistía de los militares y hubiera acordado con los sindicatos, hablo de Luder, no hubiera tenido una oportunidad mayor de estabilizar la economía. Para un alfonsinista como yo, es una pregunta terrible.

–Después de años difíciles para el radicalismo, ¿cómo ve a la UCR hoy?

–Creo que necesita definir una personalidad política post alfonsinista y a la vez diferente del Pro. ¿Qué somos frente a Macri? Y a la vez, ¿qué somos frente a Cristina? ¿Cuál es nuestro lugar en la política argentina?. Creo que el radicalismo está a la búsqueda de ese lugar.

–Algunos radicales dirían que hoy exhiben varios liderazgos competitivos.

–Bienvenidos, que cien flores florezcan, porque además de una personalidad política colectiva con una visión del país se necesita un liderazgo con vocación de poder. En la UCR vocación de poder tuvieron Yrigoyen y Alfonsín. Nadie más. Hoy ese cetro está vacante. Para que las palabras “centro popular”, que hace muchos años ya inventó Alfonsín, no sean una cáscara vacía, hace falta la emergencia de ese liderazgo expresivo de lo nuevo.

–¿Qué ve en el presente?

–Hoy tengo frente a mi vista una década de estancamiento, diez años de caída de los salarios reales, de crecimiento de la informalidad, de caída de las exportaciones. Diez años en donde la economía no puede dar crecimiento ni justicia. Y frente a eso, ¿qué veo? Primero, la negación anacrónica del problema como si estuviéramos en el 45: Cristina. Y segundo, la propuesta de un ajuste sobre el ajuste que es Macri, convencido de que el pueblo argentino comprenderá el sacrificio para llegar a la tierra prometida. Y un ajuste sobre el largo ajuste es otra travesía en el desierto, pero ahora con las cantimploras vacías. Creo que si insiste por esa línea no tendrá ni un semestre de gracia.

–Describe es un asomarse al abismo.

–Me pregunto si esto ya no es el abismo. A veces uno entra en un proceso de acostumbramiento del deterioro. Es como la rana en el agua tibia. Y puede que estemos viviendo una cosa así, porque si el cristinismo es un anacronismo negador y el macrismo es una revolución liberal con un ajuste fuerte en una sociedad ya castigada por diez años de ajuste, eso puede dar una situación, como hubiera dicho Juan Carlos Portantiero, de un empate catastrófico que se da, además, en un contexto extremo de pobreza e informalidad. Yo tengo miedo y preocupación. Es más necesario que nunca un liderazgo que pueda avanzar en un programa reformista, yo lo llamo una coalición exportadora, y que al mismo tiempo sepa proteger a los que quedan a la intemperie. Eso es una ingeniería política complejísima que exige, por un lado, calibración técnica, pero por otro lado una gran sensibilidad del líder político. Y lo que yo no veo es un líder político pensando en esta clave.

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