Cuento Literatura

La Presidenta sale a tomar helado

En las leyendas de Las Mil y una noches, algunos reyes, disfrazados, incursionaban en sus pueblos de Medio Oriente, para enterarse de lo que pasaba fuera del palacio. Ninguna semejanza con este cuento cómplice del Heladero y la Presidenta.

Como se sabe, una figura pública puede tener inconvenientes al andar, valga la redundancia, públicamente entre los miembros de la sociedad. Ya sea porque la reconozcan para pedirle una foto, o para arrojarle algunas palabras injuriosas, la reacción es algo común. Los motivos pueden ser varios, aunque se ajustan a dos o tres: el simple deseo de acercarse y saludar; el desquite de la bronca personal; o el abordaje premeditado.

Pero saliendo de tanta teoría, veamos el cuento concreto. Había una vez en una heladería un joven que servía con el entusiasmo necesario los sabores que la clientela pedía. En una tarde, tirando más hacia la noche, apareció una señora muy coqueta pero que pasaba levemente desapercibida. Si uno no se fijaba bien en ella, la ropa de diseñador con colores oscuros no habría dado el indicio de que se trataba de alguien con marcado carácter.

Pero vaya si no lo hizo notar. En un comienzo pidió un cuarto de helado para comer en el local. El joven sirvió con serenidad el primer sabor. Luego el segundo. Al llegar al tercero, la señora tiró la primera flecha. “Yo te pedí para llevar”.

Fijando en el blanco, mientras el vendedor termina de ubicarse sin nerviosismo alguno, la señora le corrige el tercer y último gusto que estaba sirviendo en el vaso grande descartable. “Ese gusto yo no pedí”. Segundos atrás había dicho algo así como “tentación”, señalando con un dedo el que precisamente servía el chico. Tampoco hubo problema y el “error” se enmendó rápidamente.

En vez de tirar esa cantidad de helado a la basura, ya que el pote en el que se encontraba no era el que quería la compradora, y devolver los sabores a su bacha no era lo correcto en estos casos, decidió dejarlo dentro de una heladera. En su último punzante comentario la mujer dice: “¿quién me está atendiendo?”, mirando a la otra empleada que se encontraba allí, ante el alejamiento del joven hacia la heladera del sector.

Fue allí cuando se dio cuenta. ¡Era Victoria! Pero por supuesto. Su forma de poner la voz, de colocar las palabras, una esencia de su rostro, y sus gestos, fueron lo que la delató. Por supuesto que tenía un disfraz, y uno muy bueno. No hay cosa que un Jefe de Estado no pueda conseguir, especialmente con las desarrolladas tecnologías del siglo XXI. La Presidenta se había ido a dar una vuelta por allí, en pleno día de semana, para tomar algo dulce. Más vale que lo quería llevar, porque mucho tiempo para perder en un localcito no tenía.

En esa recta final, con una leve alegría pero manteniendo la seriedad propia de un empleado que ya sufrió las vulnerabilidades de ser nuevo en los golpes de clientes y superiores, el joven disfruta sus últimos segundos con la mujer. “¿Le pongo hielo seco para que dure en el camino?”. “No, no”, es la respuesta. Poco rato después, cuando el muchacho ya había puesto la tapa del telgopor, la señora dice que mejor sí, que hacía bastante calor.

Con una sonrisa ambos se despiden, la Presidenta mirando su camino y el joven presto a los clientes que aun restaba atender.

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