Imaginemos una tribu. Sus miembros viven en una sociedad antiquísima, donde los avances tecnológicos y científicos aun no son noticia. La forma en que se comunican es a través de señales y ruidos, porque no saben escribir. Ni el más grande ni el más joven. Y quien llega a liderar el grupo, no experimentará la vejez tal cual la conocemos, sino que morirá en combate o por alguna infección.
En este clan de la era de las cavernas, se va a destacar un personaje llamado Robo. Hay otro que se llamará Loco, que pertenecerá a una tribu que existirá mucho después. Sin embargo, compartían las mismas características físicas e históricas, pero los separaban setenta años. Cuando Robo murió, siete décadas después nació Loco.
Habiendo pasado tanto tiempo entre el fin de uno y el comienzo del otro, Loco, el descubridor, se encontró con algo que Robo, el sencillo, veía todos los días. Era una tabla. Se encontraba dentro de la caverna, y presenciaba involuntariamente todo lo que en la tribu manipulaban: fuegos, agua, comida.
Robo, que fue el primer integrante del grupo prehistórico en ver la tabla, no le dio mucho interés. El objeto era de una belleza particular que pasaba imperceptible ante la ubicación en la que se encontraba. La falta de una luz correcta impedía el deslumbramiento de su naturaleza. Pensó en moverla de lugar, o revolearla hacia afuera de la cueva, pero no lo hizo.
Mientras pasaban los años y la gente, la tabla se fue ensuciando. Cada vez más polvo y restos le caían encima, formándose capas de negrura. Se formó un pegote tal que ya nadie quería tocarla. Caminaban por al lado, sin limpiarla, sin siquiera hacer el intento de sacudirla.
Ese mismo trozo que protagonizó las mayores risas, los más grotescos episodios de violencia, estaba ahora en ojos de Loco, quien empezó a interrogarse por su composición. ¿Quién trajo esto? ¿Por qué se ve tan negro? En realidad, él no se hacía estas preguntas por un carácter filosófico, sino por la molestia que le causaba apoyar piedras y que se quedaran pegadas.
A Loco le encantaba jugar con piedras. Pero el pegote que le quedaba en las manos después de haber tocado la tabla lo irritaba demasiado. Al interrogar a los otros miembros del grupo, le respondían con gestos como «eso siempre fue así» o «no lo sé, es así y punto». Todo eso le decían nada más que con el rostro y las manos.
Una noche, durante una vigilia involuntaria, hoy conocida como insomnio, se largó a llover fuertemente. Fue en ese momento cuando a Loco se le ocurrió dejar la tabla bajo la lluvia. No sabía por qué, pero lo hizo. Entendió de pronto que las montañas oscuras no pertenecían a la tabla, que no siempre había sido como él y tantísimos otros la habían visto.
Finalmente podría decirse que tanto Robo como Loco descubrieron la tabla. El primero lo hizo conociéndola en su estado puro u original. El segundo, literalmente tuvo que descubrirla de algo que ella misma no pudo impedir.
¿Dónde está la tabla ahora? Aquello que tenemos y nos olvidamos de cuidar, puede que sea visto por generaciones futuras. O por nosotros, si llegamos a apreciarlas.


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