Literatura Reflexión

Fabián, el posible e inesperado Papa

En el año 2030 debe elegirse un nuevo Papa, y los obispos se ven acicateados por la realidad mundial. Un avance irrefrenable de la Inteligencia Artificial y la necesidad de fe puede llevar a la participación de un laico en las cumbres eclesiásticas.

«No idealizarás». Así le decía cada noche el italiano Jorge a su hijo antes de acostarlo en la cuna. Esa frase fue repitiéndose a medida que el niño crecía, hasta que a Fabián se le quedó grabada.

Siendo una familia no religiosa, la oración parecía chistosa por su forma bíblica. «Seremos laicos pero no por ello dejamos de tener alma», le decía el romano, quien quería que su pequeño no se dejara llevar por una idea considerada indiscutible, o por alguien que se presentase ante sus ojos como un intocable.

Fabián creció y se fue quedando solo en la vida. Su padre antes de fallecer le consiguió un trabajo en una empresa de limpieza. Con su meticulosidad fue ganándose la confianza de sus supervisores, que lo asignaron en oficinas cada vez más importantes. Él no dejaba de barrer y pasar el trapo, aprendiendo en cada ámbito con la mugre que dejaban los demás.

Fabián había quedado sin familia desde muy joven. A los 20 años ya estaba como sapo en el bosque. Y a los 25 consiguió su trabajo más importante, en nada mas ni nada menos que El Vaticano.

Para estos tiempos, la Iglesia católica estaba atravesando un gran momento de cambio. El Papa había fallecido y transcurría el cónclave que erigiría al nuevo pontífice. Corría el año 2030 y estaban en pleno auge los desafíos tecnológicos en sociedades cada vez más complejas por lo que los entretenimientos digitales y la falta de creencias generaban a los ciudadanos.

En los países con democracias, el libre albedrío permitía libertades pero a la vez sensaciones de orfandad. En los autoritarios, un fuerte régimen se imponía, haciendo efectivo el deseo de los gobernantes, mientras que los ciudadanos se convertían en un rebaño homogéneo. En ambos, una buena parte de la población recurría a escapes artificiales.

¿Se seguía siendo feliz? Esta es una de las preguntas que se hacía Guillermus, el cardenal que casi todos veían como el sucesor. Estaba en una sala con otros cien compañeros de fe, donde guardaban silencio. De repente un fuerte ruido interrumpió la quietud. Era una paloma que había roto un objeto de vidrio y oro al entrar intempestivamente por la ventana. Cundió el pánico durante unos segundos, con los más de doscientos ojos viendo al ave volar sobre ellos.

Blanca como las nubes, la paloma fue calmando la velocidad de su alas, se acercó cada vez más al suelo, y se posó sobre uno de los hombros de Fabián, que se encontraba limpiando en la sala. Guillermus lo vio muy claro: ¡esto es una señal de Dios! Lo gritó tan alto que causó el alarme de algunos de los prelados, pero no le importó y se arrimó rápidamente al personal de maestranza.

Una larga entrevista se realizó entre Guillermus y Fabián. En ese momento, el muchacho de 26 años se preguntaba: ¿puede un laico ser Papa?

¡Pues claro que sí mi querido amigo! Vaya si no ha actuado la providencia aquí. El vigésimo Papa de esta institución, en el año 236, fue otro Fabián, hoy venerado como San Fabián. Era un granjero laico y te sorprendería la similitud de circunstancias con lo que ha pasado contigo – respondió el cardenal.

Fabián dijo que debería pensarlo, agarró sus cosas y se fue a su casa. Guillermus quedó desamparado. No veía otro destino que el de alguien joven con la fuerza suficiente para hacer los cambios que el aparato humano necesitaba. La fe, como de costumbre, no era el problema, sino los obstáculos mundanos. Quizá en ello radicaba la constante desilusión con Dios… reflexionó.

Fabián no volvió al Vaticano. De todas formas, la curia se mostraba muy conservadora a pesar de haber pasado cerca de 2000 años desde la muerte terrenal de Cristo. Un hombre, blanco y canoso, sucedió al hombre, blanco y canoso que había ocupado el trono de San Pedro.

El joven muchacho escuchó en vídeos de Internet alabanzas al pontífice, y observó a gente saliendo a las calles en alegría y hermandad. Inmediatamente le vino a la cabeza la frase de su padre: «no idealizarás». «En un mundo con tanta fe todo es posible, pero a veces la suciedad impide ver las esencia de las cosas», pensó. ¿Y si no existe una esencia? ¿y si justamente se idealiza lo que quedó demasiado limpio? ¿valdría la pena idealizarlo en ese caso, o sería mejor trabajar por mantenerlo en aquel estado? Vaya si no estaba en problemas, ahora sin trabajo y con cuestionamientos filosóficos.

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Escritor y estudiante. Fundó Humanidad el 2016 a sus 15 años de edad.

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