Reflexión

El ser más profundo y misterioso

Una estela que deja la huella de nuestro ser más profundo puede ser el inicio de una vuelta a la contemplación. Ese estado original que antecedió cada ocupación. Ocupaciones laborales y sociales que hacen girar la rueda del día a día, tan lejano del cielo total.

Niñez, adolescencia, adultez, envejecimiento. Estas etapas van sucediéndose como parte de un mismo ciclo, un recorrido que tiene inicio y final, y que volverá a iniciar para otros. Nosotros habremos pasado, pero no sin antes preguntarnos, al menos una vez, el por qué de la existencia.

Zambullirse en esta incógnita significa ir a por lo grande, por el cielo estrellado que escapa a nuestra comprensión. Sí, podemos ver y entender el fenómeno astronómico que está frente a nuestras narices, ¿pero cómo abarcar lo que está más allá, el cielo total?

Se ve una parte del mismo, según los determinados lugares en los que permanecemos. Si fuera cosa de elegir, cada uno optaría por los más firmes y a la vez cómodos. Pero como dicen, «a veces no se vive donde uno quiere, sino donde se puede».

A esto se suma la complejidad de los varios ambientes que tiene una casa. Algunos de ellos son el laboral, el familiar, la salud, la educación, y el entretenimiento. Estos son al menos cinco aspectos para distraerse, y vaya si no ayudarán a correr la vista de la constante inmensidad que nos precede.

Estar ocupado hace que se esté en movimiento. Sin embargo, los extremos a los que nos invita el sistema mercantil, basado en el consumo y la producción, la producción y el consumo, pueden atrofiar esas buenas intenciones. Pasarse de rosca es un peligro común en esta era.

Suponiendo que se logre un equilibrio en todos los ambientes, éste será temporal, ya que de problemas está hecho -entre otras cosas- el humano. Y si no son internos, entonces serán externos, teniendo que ir a cambiar la lámpara que se quemó en el cuarto del amor, o cuidándose de la malicia de quien quiere tirar una piedra a la ventana.

Así van pasando los años y las décadas. Veinte, treinta, cuarenta años se dicen como si nada, porque se hizo malabares y se utilizaron las energías. De repente queda la casa sola, vacía. ¿Es esto un fracaso? ¿O es más bien el estado original, la oportunidad de encontrarnos con nuestro ser más profundo?

Las ocupaciones ordenan y hacen posible el trayecto. Pero cuando se baja la velocidad, las estelas se hacen visibles entre las nubes, las cuales albergan los mismos misterios que interrogaron al viejo de ayer y al joven de hoy. Ambos en la misma condición, sin limitaciones por el rol social que ocupan, sin excusas, para al fin empezar -o volver- a contemplar.

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