Reflexión

El poder de creer

Creer o creérnosla, una decisión de todos los días ante una naturaleza que tiende al individualismo. Pero no por ello olvida la comunidad, razón por la que erigimos monumentos y sostenemos algo tan extrañamente avanzado como las grandes ciudades.

Por Francisco Gómez Zaragoza de la Rosa de Córdoba

«Es momento que vayas pensando en mudarte a una casa más grande«, le dice el financista a Carlos Bonifatti, ex director de una pyme, ahora involucrado en el mundo de la plata fácil. El personaje, que viene de un mundo simple, con quilombos en la fábrica, y la convivencia con los reclamos familiares, se ve envuelto en un sueño. El sueño de la plata dulce.

Plata dulce es una clásica película argentina, y Bonifatti es interpretado por el memorable actor Federico Luppi. Lo que ocurre a continuación de ese diálogo es lo siguiente. El nuevo integrante de la «familia» financiera se compra una casa de dos pisos, con pileta, jardinero y personal de limpieza. Por supuesto, con un crédito bancario de la misma institución que lo han puesto a administrar.

¿Es más feliz? En las escenas, al principio, parece que sí. Para conocer el final hay que ver el largometraje. Pero el motivo de reflexión va hacia otras aguas.

Así como el ser humano puede apostar a lo fácil, quedarse, no innovar, o simplemente reproducir un sistema corrupto, ¿no podrá hacer también lo contrario?

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Por supuesto que sí. Preguntémosle sino a los faraones de Egipto. Estos hombres tenían una fe enorme. Creían que al morir se convertirían en dioses, por lo que debían estar bien preparados para la llegada al otro mundo.

Por esto es que se construyeron las pirámides, para que sus cuerpos momificados descansaran en las tumbas decoradas y llenas de pertenencias (para ellos) importantes.

Es que lo importante es relativo según cada quien. De esta manera, es posible decir que nada tiene significado, excepto que uno lo quiera. Algo así como creer que realmente vendrá un ratón a dejar dinero debajo de la almohada, a cambio de nuestro diente.

Sí, por más ridículo que parezca, el ser humano adulto puede ser un niño, una niña. Y los grandes hombres y mujeres han utilizado esa imaginación a su favor. Los propios obreros creen en algo cuando van a trabajar. Antes quizá era el cereal que recibían como forma de pago y algunos otros beneficios. Hoy es el sucio dinero. Sucio porque pasa por muchas manos, no por otra cosa, eh.

El poder de creer puede hacernos construir monumentos con el cuerpo y el ingenio. Su contrario es el poder de creérnosla. Lamentablemente, el individualismo tiende al egoísmo, y ello lleva a buscar lo dulce cada vez más, y más.

Pero hace 4500 años y contando hubo personas que movieron piedras pesadas usando sus manos, ayudados por alguien que uso la cabeza y dijo: «vamos a tirar agua a la arena así podemos deslizar el trineo que lleva el bloque de piedra más fácilmente».

Seguimos improvisando, con la esperanza de que alguien honesto nos haga creer en algo que nos salve a todos.

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