Por Luciano Ronzoni Guzmán (Especial)
En su clase sobre Conducción Política, Perón dejó plasmada muchas enseñanzas. Una de ellas es que “la suprema elocuencia de la conducción está en que, si es buena, resulta y si es mala, no resulta. Y es mala porque no resulta y es buena porque resulta”. Esto parece tautológico, pero lejos de ello, Perón como realista, enseñó que lograr un objetivo es lo que pone a prueba a quien conduce.
Cuando Axel Kicillof impuso el desdoblamiento electoral, busco un doble resultado: vencer en territorio a dos adversarios: el Gobierno Nacional, de Javier Milei que lo eligió como blanco de todos los ataques y paradójicamente a La Cámpora que conduce Máximo Kirchner, quien también lo designó como hostis (extranjero) político.
La agrupación de Máximo reclama la dirección del peronismo bonaerense a través del derecho de herencia tanto de Néstor Kirchner como de Cristina Fernández de Kirchner. Se siente sucesora del poder simbólico pingüino.
Empero, desde hace varios años, la única figura capaz de construir alianzas con efectividades es el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires que gestiona por mandato legítimo Axel Kicillof. Es allí donde recurren los jefes comunales buscando recursos para sostener sus municipios, sus obras y demás requerimientos que se esfuman con el plan motosierra de Milei.
La política no es una secta ideológica; en ese permanente flujo de intercambios, quien controla el entramado institucional más cercano a las ciudades de la provincia, conduce de hecho. Esto ocurre hace bastante tiempo dentro del espacio. Se puede tensionar políticamente, pero si un intendente requiere ayuda, solo requiere de ir a La Plata para obtener resultados. La terminal sigue siendo siempre Kicillof. Es un límite objetivo que La Cámpora tiene a la hora de negociar. Puede tirarle encima el chasis de la tracción electoral y la historia de CFK, pero el poder de fuego de recursos es limitado. La realidad se impone ante el ajuste políticamente suicida de Milei.
Desdoblar las elecciones tenía el objetivo de vencer electoralmente a dos oponentes políticos: uno en Balcarce 50 y el otro mucho más cercano. La estrategia era riesgosa.
El que no se expone no puede exigir conducir. La suprema elocuencia dio resultados. Nadie en el peronismo quedó afuera del triunfo, pero lo capitalizaron Kicillof y los intendentes; estos últimos, empezaron tímidamente y luego avanzaron en la dinámica propuesta. Una elección desdoblada obliga a todos a sacar músculo local. Así es como el gobernador obligó a todos a jugar contra él, incluso a severos opositores, como la intendenta de Quilmes, Mayra Mendoza.
El fuego a dos bandas – amigo y enemigo – fue soportado estoicamente por el gobernador y por la mirada de Sergio Massa, quien tuvo la misión de sostener las contradicciones controladas.
Los adláteres del Presidente, venían dando señales de bajarle la espuma al triunfalismo aceptando una pequeña luz de desventaja intentando empujar al desalentado antikirchnerista a que salga a votar. No lo consiguió. Evidentemente, los escándalos y las impericias del Gobierno Nacional desilusionaron a gran parte de su electorado. El contrato moral que firmó con la mano, lo terminó pagando con el traste. El resultado fue demoledor. Milei quedó tapado en votos. Podrá hacerse una revisión fina acerca de por qué falló toda su estructura eleccionaria. La reacción fue una aceptación de la derrota: masculló odio e hizo una pantomima de autocrítica sin corregir el rumbo. “Igual pero más rápido”. Una frase conocida.
La Cámpora ni siquiera se tomó el trabajo de ir al escenario y apropiarse del triunfo. Se refugió en la calle San José donde CFK está presa en su propia casa ( proscripta). ¿A propósito? Kichnerismo nunca más. Pero, el blanco de los ataques siempre es Kicllof y los jefes comunales, “el aparato nefasto”. Da que pensar por qué.
Al cierre de estas semblanzas, una de las figuras más importantes de La Cámpora, exitosa intendenta de Zona Sur. La mencionada morocha de Quilmes, admitió. “El desdoblamiento fue exitoso pero es multicausal el resultado”. Trató, así, de bajar el precio a un triunfo que para todos es claro. ¿El triunfo electoral? No. La disputa sobre la conducción del peronismo provincial que desde el domingo, asumió explícitamente Kicillof, «El Ruso”.


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