Mientras muchos líderes occidentales evitaron mencionar la Navidad por miedo a incomodar, el ayatolá y líder supremo de Irán, Alí Hoseiní Jamenei, celebró abiertamente la festividad cristiana con un mensaje sin ambigüedades y cargado de contenido religioso, destacó el portal de El Vaticano.
“Jesucristo fue enviado para salvar a la humanidad de la ignorancia y la opresión”, escribió el dirigente iraní en su cuenta de X ante más de dos millones de seguidores.
Lejos de fórmulas neutras o genéricas, Jamenei destacó la figura de Jesús de Nazaret como referente moral y espiritual, subrayando que “nunca desistió de su lucha contra el mal ni de su invitación a la bondad”. Un mensaje que, según el propio ayatolá, constituye “una lección para cristianos y musulmanes que creen en su profecía”.
El pronunciamiento resulta llamativo por varios motivos. En primer lugar, porque procede de un líder musulmán que, fiel a la doctrina islámica, considera a Jesús un profeta y no el Hijo de Dios. Aun así, Jamenei no duda en reconocer su misión divina y su papel salvador para la humanidad. En segundo término, porque el gesto contrasta con la cautela habitual de muchos dirigentes de países de tradición cristiana, que optan por felicitar genéricamente “las fiestas” para evitar posibles susceptibilidades religiosas.
La paradoja es aún mayor si se tiene en cuenta el contexto interno de Irán, un país donde la libertad religiosa está severamente limitada y donde convertirse al cristianismo está prohibido. Precisamente por ello, el mensaje navideño del líder supremo ha suscitado críticas en redes sociales. Algunos usuarios recuerdan casos como el de los cristianos iraníes Mehdi Rahimi y Kia Nourinia, condenados en 2025 a doce años de prisión por intentar introducir Biblias en el país y actualmente en paradero desconocido tras huir de Irán.
Así, la felicitación navideña de Jamenei se mueve entre el reconocimiento explícito de Jesucristo como figura enviada por Dios y la realidad de un régimen que no tolera otras confesiones. Un contraste que convierte su mensaje en algo tan llamativo como incómodo, tanto dentro como fuera de Irán, y que reabre el debate sobre la autenticidad del diálogo religioso frente al uso simbólico de la fe en el discurso político.


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