Miguel de Unamuno no era un hombre fácil. Era el intelectual más importante de España, rector de la prestigiosa Universidad de Salamanca y un espíritu profundamente atormentado por el destino de su país. Al principio, cuando estalló la Guerra Civil en julio de 1936, Unamuno apoyó el bando nacional (los sublevados de Franco). Lo hizo creyendo que traerían orden al caos de la República.
Pero pronto, la realidad golpeó su puerta. Empezó a ver cómo sus amigos, sus colegas y antiguos alumnos eran arrestados y fusilados sin juicio. La «limpieza» que prometían los militares se convirtió en un baño de sangre que horrorizó al filósofo. Su apoyo se transformó en una angustia existencial.
Llegó el 12 de octubre, el «Día de la Raza». Salamanca era la capital provisional de los sublevados. Se celebró un acto solemne en la Universidad. En la mesa presidencial estaban Carmen Polo (esposa de Franco), obispos y militares de alto rango. Entre ellos destacaba una figura aterradora: el general José Millán-Astray, fundador de la Legión Española.
Millán-Astray era un hombre hecho de cicatrices: le faltaba un brazo, un ojo y tenía el cuerpo surcado por la metralla. Era el símbolo viviente de la violencia de la guerra. Unamuno, como rector, presidía el acto. Él no tenía intención de hablar; solo tomaba notas en un sobre que llevaba en el bolsillo.
Varios oradores subieron al estrado. Los discursos fueron cargados de odio, atacando a los vascos, a los catalanes y a cualquiera que pensara diferente. Uno de los oradores llegó a llamar a estas regiones «cánceres en el cuerpo de la nación». La multitud, enfervorizada por la retórica militarista, empezó a gritar consignas de guerra.
Fue entonces cuando Millán-Astray interrumpió con su grito de batalla: «¡Viva la muerte!». Un legionario en el fondo gritó: «¡Muera la inteligencia!».
El silencio en el Paraninfo fue sepulcral. Unamuno, que hasta ese momento había permanecido callado, se puso de pie lentamente. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos brillaban con una determinación suicida.
Unamuno comenzó a hablar con voz temblorosa pero firme. «Se ha hablado aquí de guerra internacional; yo digo que es una guerra civil», empezó diciendo. El auditorio se tensó. Luego, mirando directamente al general Millán-Astray, soltó la bomba que quedaría grabada en la historia:
«Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha».
El general Millán-Astray, fuera de sí, golpeó la mesa con su única mano y gritó de nuevo su lema de muerte. Los oficiales sacaron sus pistolas. Los guardias se acercaron. La esposa de Franco, Carmen Polo, tuvo que tomar del brazo a Unamuno para escoltarlo fuera del edificio y evitar que fuera linchado o asesinado allí mismo por los falangistas enfurecidos.
Esa fue la última vez que Unamuno habló en público. Fue destituido de inmediato de su cargo de rector por orden directa de Franco. Pasó sus últimos meses bajo arresto domiciliario, vigilado día y noche, solo con sus libros y su desesperación.
Apenas dos meses más tarde, el último día de 1936, Unamuno murió solo en su casa de Salamanca. Se dice que sus últimas palabras fueron una oración por España. El régimen intentó apropiarse de su entierro, pero la verdad ya había volado. Su frase se convirtió en el testamento moral de un hombre que prefirió perderlo todo antes que permitir que la inteligencia fuera asesinada en su propia casa.
Hoy, la Universidad de Salamanca mantiene su estatua como un recordatorio eterno: el poder puede ganar batallas, pero solo la razón gana la historia.
- Fuente: portal de Facebook de Más allá del hecho


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