Por Hernán Iglesias Illa (Revista Seúl)
Cuando su madre se está muriendo y, todavía en su casa, espera a que se desocupe una cama en un centro de cuidados paliativos en París, Emmanuel Carrère hace chistes con sus hermanas sobre lo raro de esperar o desear la muerte de otro. La situación, mientras leo esa secuencia final de Koljós, el último libro de Carrère, me hace acordar, en otro nivel, a los whatsapps que nos mandamos a veces con Matías Bauso, el necrólogo de Seúl, cuando faltan pocos días para su columna y todavía no se ha muerto nadie. En los próximos días puede que se mueran dos o tres, le dice a Carrère la médica de su madre. Es lo que a veces le digo a Matías.
El libro me gustó mucho y lo considero un regreso de Carrère a su mejor versión, o al menos a la que más me gusta a mí, que es la del narrador de no ficción que encuentra un hilo y empieza a tirar para ver hacia dónde lo lleva. En este caso, el hilo es la muerte en 2023 de su madre, Hélène Carrère d’Encausse, famosísima académica francesa, y de lo que tira son los archivos que dejó guardados su padre, Louis, un discreto vendedor de seguros fascinado desde siempre con el árbol genealógico de su mujer, hija de una princesa rusa y un intelectual georgiano, crecida en la pobreza y trepada hasta lo más alto del establishment francés gracias a su inteligencia y su perseverancia.
Después de 70 años juntos, Louis sobrevive a Hélène apenas unos meses y su despedida (o no despedida, no quiero contar demasiado) es uno de los mejores momentos que le he leído a Carrère en mucho tiempo, en parte porque lo tiene como testigo y en parte porque escribe sobre cosas que pasan afuera de su cabeza. Este es el equilibrio que, me pareció, Carrère había perdido en El Reino y, sobre todo, en Yoga. A El Reino, sobre su fase religiosa, lo dejé en la página 400, en un bondi sobre la ruta que sube desde Tucumán a Tafí del Valle, y a Yoga mucho antes, en la página 80 o 90, cansado de reflexiones eternas sobre episodios mínimos que tampoco me parecían interesantes.
Desde que abandonó las novelitas posmodernas y se transformó en un as de la no ficción, hace unos 25 años, el truco de Carrère ha sido presentar cada libro como una aventura, algo que ni él mismo sabe cómo va a terminar: el lector acompaña al narrador en su tarea de descubrimiento y parte de la gracia, como lector, ha sido verlo sorprenderse o cambiar de opinión “en vivo”, por decirlo de alguna manera. La historia podía ser interesante en sí misma, como la de El adversario, sobre un tipo que mató a su familia e incendió su casa por miedo a que descubrieran que llevaba años saliendo cada mañana a un trabajo en la OMS que no existía; o a veces menos interesante en la superficie, como en De vidas ajenas, un estudio sobre las elecciones morales de una jueza de provincias en Francia. En ocasiones la vida del propio Carrère aparecía mucho, como en Una novela rusa, montaña rusa sentimental y familiar; y a veces casi nada, como en Limónov, sobre el poeta, político y atorrante ruso Eduard Limónov. Pero el motor que hacía avanzar cada uno de esos libros era parecido: Carrère encuentra un hilo (o hace como que encuentra un hilo) y empieza a tirar, como un escritor pero también como un detective, para ver hasta dónde lo lleva.
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Cuando empecé a leer a Carrère, este esquema me fascinó primero como lector, porque permite libros con géneros mezclados, llenos de digresiones, alejados del lirismo y con mucho sentido del humor. Y después, también, como autor, porque me agarró justo en una época en la que el método se había puesto de moda: en 2009 salió Anatomía de un instante, de Javier Cercas, otro novelista posmoderno cansado de la ficción y triunfante en la narrativa de no ficción; ese mismo año se empezó a publicar Mi lucha, la minuciosa autobiografía de Karl Ove Knausgaard, que fue un fenómeno global; y en América Latina era el auge de la crónica, de la que fui exponente pero dentro de cuyos límites nunca me sentí cómodo.
A mí el que más me gustaba de aquellos autores experimentales de no ficción era Geoff Dyer, un inglés dandy de clase obrera, siempre gracioso, gran observador de detalles, capo del libro como artefacto maleable. Lamentablemente está poco traducido y parece haber generado poco interés en castellano. El único que me hablaba de él con pasión era Claudio López de Lamadrid, director de Random House, que sí lo había editado en España. Una vez Claudio me preguntó si me interesaría trabajar como editor en Sudamericana creo que sólo porque compartíamos el cariño por Dyer. Le contesté que me encantaría, pero la semi-oferta (fue apenas una conversación) justo coincidió con mi decisión de volver a Buenos Aires para meterme en política y sumarme a la campaña de Macri, a principios de 2014.
Mi libro favorito de Dyer se llama Out of Sheer Rage, es un poco anterior (1997) a todo esto pero hace algo que me impresionó tanto que se lo copié en uno de mis libros. Dyer pasea por Italia, a veces con una novia, a veces solo, mientras toma notas para un sesudo estudio sobre el novelista D.H. Lawrence que no escribe nunca pero deja migajas que se transforman en el libro que estamos leyendo: el libro que leemos es el registro del fracaso de otro y no sólo eso, un libro mejor, más serio, más prestigioso. Mi American Sarmiento (2013, publicado por Sudamericana, comprado por Marcelo Panozzo después de un pitch de 20 minutos en un café de Recoleta) es, en la superficie, “sobre” las seis semanas que pasó Sarmiento en Estados Unidos en 1846, pero, sobre todo, al menos para mí, es el intento de un escritor igual a mí de escribir un libro sobre Sarmiento en Estados Unidos, no poder hacerlo y que ese fracaso quede registrado en otro libro. Un choreo abierto a Dyer. O, más fino, un homenaje.
Dyer, sin embargo, se fue quedando sin nafta. Sus últimos libros me parecieron puro gesto, todo meta-literatura, y temí que lo mismo hubiera pasado con Carrère, después de sus, para mí, fallidos libros sobre religión y yoga, demasiado centrados en sí mismo. Pero Koljós, por suerte, tiene un buen balance entre lo que pasa adentro y lo que pasa afuera de la cabeza del narrador, momentos lindos sobre su madre y, sobre todo, sobre su padre, un gris consorte, desconocido marido de señora famosa, maltratado por ella y a pesar de todo leal, cariñoso, confiable. El primer tercio del libro, donde Carrère cuenta la historia de sus abuelos y bisabuelos – rusos, franceses, georgianos, alemanes- es especialmente fascinante y tiene la ayuda de los huracanes de la Historia: familias enteras arrancadas de San Petersburgo y Tbilisi y depositadas sin nada, después de la revolución de 1917, en hotelitos de mala muerte en París. ¿Quiénes contarán estas historias dentro de 30 o 40 años? ¿Hijos de emigrantes venezolanos, de refugiados sirios o ucranianos, de exiliados iraníes?
Cuando llega la Segunda Guerra Mundial, los parientes de Carrère no saben por quién hinchar: ¿debían ponerse del lado de Francia, su país de acogida, contra Alemania, el invasor? ¿O del lado del invasor contra el enemigo común, que era el comunismo que los había expulsado y robado todo lo que tenían? La pregunta se complicó en 1941: el país que Alemania atacaba y resistía heroicamente, ¿era la Unión Soviética o Rusia? “¿Nuestro enemigo ideológico o nuestra patria eterna?”, escribe Carrère imaginando las preguntas de, por ejemplo, su abuela materna: nacida en Florencia, criada en un castillo alquilado por su familia aristócrata rusa y abandonado tras la revolución, después de ir despidiendo empleados y cerrando habitaciones a medida que se iban quedando sin plata.
Todos los buenos ensayos, dijo alguna vez Dyer, son travesías epistemológicas desde la ignorancia o la curiosidad hacia el conocimiento. Me identifico absolutamente con esta frase, como autor pero también como editor: no me gusta cuando posibles colaboradores me envían artículos para Seúl donde ya desde la primera línea saben todo. ¿Dónde está tu curiosidad? Aprendamos juntos: contanos qué bicho te picó y por qué querés rascarte. Para sermones, otras iglesias. A Carrère lo criticaron mucho por usar demasiado la primera persona, por meterse como personaje: no sos tan importante, le decían, lo importante es lo otro. Carrère se defendía diciendo que la primera persona es “un instrumento de honestidad”, porque sólo cuenta lo que sabe o lo que logró descubrir. No habla desde las alturas de quien ya sabe todo: la primera persona – siempre estuve convencido de esto – es humilde, porque admite que es una voz entre varias. Se reconoce como parte de una conversación. ¿Puede ser narcisista? Claro que puede serlo. Pero como también puede serlo, decía Carrère, cuando un escritor usa la tercera persona (la voz de Dios) y pontifica a sumisos lectores que sólo pueden admirarlo, aunque a veces no entiendan lo que dice.
Celebramos entonces, desde este humilde rincón, el regreso del mejor Carrère y brindamos por la primera persona y por los escritores curiosos que no se las saben todas. Levántenme el dedito si alguna vez dejo de serlo.
- Fuente: Revista Seúl


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