Por Sergio Sinay
El pasado tiene cualidades esenciales. Es testimonio de que hemos vivido, independientemente de los hechos felices o desgraciados que nos hayan atravesado. Y, justamente por eso, es fundamento del presente. No hay presente sin pasado. Pero en tiempos de euforia tecnológica hay quienes creen sí. Uno de ellos es Dara Khosrowshahi, empresario iraní, CEO global de Uber, quien en una entrevista reciente señaló que “hay una ventaja en ser más joven y no estar atado a las viejas formas de trabajar”. La memoria, la experiencia, los procesos, los largos caminos de ensayo y error que conducen a logros, descubrimientos y transformaciones a lo largo de la historia y la evolución humana parecen carecer de importancia en el paradigma de Khosrowshahi, tan compartido hoy en el mundo de la tecnofilia y de los negocios.
Para ese modelo mental un árbol frondoso no necesita de una semilla que lo genere, que germine en la tierra durante un cierto tiempo, oculto a la mirada, y que se alimente de nutrientes provenientes de hojas de árboles previos, antes de emerger y proyectarse hacia arriba en la medida en que sus raíces invisibles se hunden más profundamente en la tierra. Para ese modelo mental bastaría con llevar un árbol ya “hecho” y ponerlo sobre la superficie. Pero sin raíces el primer viento lo derribará con facilidad.
Desde el hacha de piedra hasta el cohete que va a la Luna, pasando por la imprenta, la penicilina, los quirófanos, el rayo láser, el tren, los barcos, los aviones, la electricidad, el cine, la televisión, etcétera, todo producto humano en el planeta es fruto de una evolución, de un trabajo que se nutrió de la experiencia anterior y la transformó hasta lograr algo nuevo. Nunca había ocurrido que lo nuevo despreciara la memoria y que no la necesitara. Un presente que se pretende sin pasado solo anuncia fugacidad, precariedad, olvido y poco respeto por quienes hicieron lo que hicieron: generaron memoria y conocimiento


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