En la sociedad de la transparencia, cada sujeto es su propio objeto de publicidad. Todo se mide en su valor de exposición. La sociedad expuesta es una sociedad pornográfica.
Byung-Chul Han
Por Álvaro García (Jardín Mental)
Hubo un tiempo en que una errata me avergonzaba. Publicaba un texto, alguien dejaba un comentario señalando una letra cambiada, una tilde ausente o una palabra repetida, y yo sentía que todo el escrito se venía abajo por la grieta más mínima. Sentía que todo el edificio se desmoronaba por una mota de polvo.
Ahora me ocurre algo distinto.
Cuando alguien me señala una errata, todavía la corrijo, por supuesto, pero ya no me irrita, siento incluso alivio. No me molesta el error, más bien me inquieta darme cuenta de que ahora los errores empiezan a parecerme algo valioso.
Una errata, en esta época artificial, más que un fallo, es una huella de humanidad.
Mira a tu alrededor y dime qué ves. Estamos sepultados entre montañas de textos cada vez más limpios y optimizados. Imágenes editadas de personas impecables. Rostros que jamás verás en la calle, sólo en pantallas. Lo visual, lo sonoro, todo lo sensorial parece converger poco a poco hacia un estándar único de belleza, de arte, de técnica. En el ámbito que me toca más de cerca, la escritura, cada vez veo más textos que empiezan con una apertura magistral y avanzan impecables línea a línea, con una cadencia y una claridad demasiado perfectas. Todo parece escrito por la misma mano invisible.
La inteligencia artificial está extinguiendo la humanidad del arte, y nosotros aplaudimos esa extinción con la promesa de ser más productivos.
Byung-Chul Han escribió en su libro La sociedad de la transparencia que la sociedad se está convirtiendo poco a poco en un infierno de lo igual. Esa frase define bien nuestro presente: todo está optimizado para un mismo estándar, aquel que maximice nuestra presencia en internet. Textos, vídeos, rostros, cuerpos, opiniones, incluso las fotos de vacaciones y comidas. Cada sujeto se convierte en escaparate de sí mismo. Lo distinto, lo rugoso, aquello que genera fricción por su imperfección, se vuelve molesto, como piedras en un camino, como erratas en un texto, como granos en una cara de Instagram.
La errata es, en la escritura, esa rugosidad indeseable.
Pero cada vez agradezco más encontrármela. Me recuerda que el texto no ha sido producido por una inteligencia artificial, me da la tranquilidad de saber que hay alguien al otro lado de ese mensaje. Alguien que dudó, corrigió, se cansó, volvió atrás, dejó pasar algo, se equivocó. No quiero decir que escribir mal sea el ideal, pero sí me parece hermoso comprobar que, a pesar de que aspiramos a la perfección, lo imperfecto sigue siendo una condición inevitable de lo humano.
La errata es el aura de humanidad en el texto.
Llegará un tiempo en que las erratas produzcan la misma emoción que hoy produce una carta escrita a mano. La señal de que, al otro lado, hubo una persona.
Alguien imperfecto.
Alguien real.


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