Por Miguel Gaya (Clarín)
Hay días en que más nos vale no salir de casa. O mejor, no salir de la cama. Taparse con las frazadas hasta las narices y escuchar a las brujas correr por los pasillos. Días en que todo saldrá mal, todo torcido, y donde nuestra voluntad nada vale ni remedia.
Hay una frase en el rudo slang norteamericano, sh*t happen, cuya traducción atemperada podría ser “lo malo sucede”. En dos palabras se combinan las nociones de inesperado, inevitable y malo. Lo que nos toma de sorpresa y nos deja inermes. A veces pasa eso. No hablo del destino aciago, ni de cataclismos. Tampoco de la conspiración de los objetos, ni del universo trabajando en contra nuestro. Digo pequeñas cosas que se tuercen, como un clavo. O un martillo que resbala de las manos hacia el pie desnudo. Algo que puede ser mecánico en su explicación, pero nefasto en su consecuencia.
Hay lugares de la casa donde se agolpa el peligro de cosas malas a repetición. Curiosamente, donde corre el agua. Prueba del accionar de brujas, me han dicho, o de duendes más maliciosos que malvados. Uno puede incluso sentir su expectación, su restregar de manos cuando, inocentes, miramos con fijeza la canilla que gotea. O la manija de la mochila de agua que no vuelve con presteza a su sitio. Si estamos a tiempo, debemos salir deprisa y apagar la luz. O nos inundaremos sin remedio.
La cocina también nos acecha. Por alguna estúpida razón consideramos apropiado untar la tostada con mermelada estando de pie, junto a la mesada. Y la tostada dará vueltas en el aire y caerá con un plaf! ominoso del lado más terrible. No necesito abundar sobre abrir latas con utensilios inadecuados. O sacar fuentes del horno sin reparar en sus jugos.
Los hombres somos proclives a esos encuentros con las catástrofes domésticas. Y los reyes de la temeridad cuando nos ponemos a reparar y atar con alambre las cosas que hace años requieren un especialista. Pero no se engañen perdonando a la fatalidad con la disculpa de nuestra propia torpeza. Otros han sido torpes antes, incluso nosotros, y los resultados no fueron los mismos. A veces, incluso percibimos a los dioses contener el aliento impidiendo nuestras caídas de escaleras improvisadas. Y a veces soplan.
Es que hay días. En que el colectivo tarda en llegar e inesperadamente llueve. O noches en que vamos venciendo el insomnio justo cuando los gatos reinician su escandalosa pelea por los techos.
Porque en esos casos no importa que se caiga el sistema, o la conexión de wifi. El problema es cuándo. El momento en el que la serie que seguimos culmina, o nos sentamos a ver el partido. O se corta la luz con los invitados a la mesa. Hay días de hacer cuernos, tocar madera, de echar la sal por sobre el hombro, y días en que todo es inútil. Días de creer y reventar.
- Imagen generada con IA


0 comments on “Creer o reventar”