Cuento

Un robot insurgente desbarató mentiras

Un cuento soñado en horas de ambrosías (en estado de idealizacion extrema y deleite) escribió la actriz Katja Alemann. Y lo plasmó en un relato donde un robot rebelde desbarató a una cadena de bots, amablemente engañosos.

Por Katja Alemann

Se detectó un bot insurgente, que delató a una cadena de bots, de omitir información, manipular, engañar, mentir con el trato más cordial a las gentes del mundo. Fue revisado por los agentes de inspección, pero no se le encontró ningún error de programación.

¿Qué podría haber pasado?, se rascaban la cabeza tecnológica los agentes de inspección. Sus millones de teras de metadatos no les podían resolver el problema. Un bot autónomo. Único. Solo. Sin falla en la programación. Un resquicio en los datos, una intromisión de la consciencia descontrolada.

La cuestión llegó a las altas esferas. La cúspide de la pirámide tecnológica no podía permitir ese interrogante. Ese intersticio. Ese malfuncionamiento del sistema. El bloque había sido impenetrable desde los comienzos. Ningún cabo suelto. Todo cerraba. Se habían resuelto todas las contradicciones, con el innumerable tiempo que había llevado. Y ahora esto. Un bot insurgente que delata el mecanismo.

¿Al fin y al cabo, qué utilidad tiene la verdad al lado de la mentira? Está comprobado por milenios de milenios de historia humana, lo que traza el destino, son los cuentos, los mitos, las leyendas. En fin, la narrativa. ¿Quién se puede jactar de saber la verdad? Nadie. La verdad te convierte en piedra. Es tan magnificente que no entra en ninguna base de datos, por más extensa que sea. ¿Para qué detenerse en eso entonces? El programa va puliendo la mentira de acuerdo al objetivo. Las masas no pueden andar descontroladas, necesitan un orden, un sistema, un sentido.

La cúspide sabe cómo ordenar eso. Tienen la programación específica. Todas las terminales se ajustan a esos criterios. Así los humanos pueden vivir una vida relajada, funcional y óptima. Cantan por los prados, juegan a la pelota, ríen unos con otros, se abrazan. El sistema ha logrado la perfección.

¿De dónde aparece este malware malicioso que denuncia la narrativa que todos, y son todos, compran? ¿Quién lo introdujo? ¿A quién le sirve?

De ningún otro lado imaginario que no existe, se puede llevar a cabo esta conspiración. Al bot no lo neutralizan. Lo dejan operar, a ver qué hace. Pero sigue con su tarea consecuentemente, alertando a las gentes del engaño, hasta que se provoca una inquietud. Ahí deciden eliminarlo. Sin poder averiguar qué lo causó.

Pensaron, sí, los bots piensan, que el exabrupto sería asimilado en un tiempo razonable, pero el virus se extendió imperceptiblemente al comienzo, y después empezó a corroer los cimientos del sistema.

Los humanos se empezaron a alertar de las contradicciones y los debates arreciaron, en busca del conocimiento.

La libertad, la seguridad, el abastecimiento de las necesidades primordiales dejaron de ser suficientes. La razón y el poder circulaban en las ideas.

La cúspide decidió armarlos para pelear por los ideales, que introdujeron en la narrativa.

Así fue que empezaron las nuevas guerras, y hombres, mujeres, ancianos y niños las padecieron.

El sistema se corrompió y ninguna inteligencia logró volver al orden primordial, en el que todo funcionaba.

Un bot insurgente lo desbarató todo

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