Reflexión

La corrupción mayoritaria deja de indignar

El autor sostiene que la corrupción es algo inherente a la condición humana, donde habitan luces y sombras. Dice que hay que atender a los porcentajes, porque cuando la deshonestidad se generaliza también se naturaliza.

Por Sergio Sinay

La corrupción es humana. Como el mal. Una y otro son la sombra de la honestidad y del bien. Si valoramos la honestidad y el bien es porque existen la corrupción y el mal. Toda luz tiene su sombra. Sin la sombra de las virtudes viviríamos en una suerte de infancia perpetua, de inocencia estéril, sin evolución ni desarrollo. Un simulacro tonto de felicidad.

Las luces y las sombras nos habitan. Y nos obligan permanentemente a elegir, a tomar decisiones, a hacernos responsables de nuestras acciones. Porque los corruptos no nacen, se hacen. Siempre habrá corruptos y malvados. La cuestión está en los porcentajes. Cuántos de ellos admite una sociedad, que anticuerpos morales desarrolla para evitar que se propaguen y se extiendan hasta convertirse en metástasis.

Cuando los corruptos son cada vez más numerosos y más corruptos y descarados, cuando la corrupción es cada vez más obscena y está cada día más protegida y alentada desde donde debería ser controlada y penada, cuando se exhibe en las cumbres del poder y en anónimas acciones cotidianas de ciudadanos rasos, es que ha penetrado en las entrañas de la sociedad. El verdadero problema es una corrupción convertida en mayoría.

Entonces se naturaliza, deja de indignar, o la indignación no pasa de memes y chistes, pero no provoca sanciones morales ni movidas colectivas. Se convierte en parte del paisaje. Todos los corruptos roban, ninguno hace. Justificar el corrupto es una sutil forma de complicidad. La corrupción gana cuando la sociedad se resigna y la acepta como una fatalidad. Entonces todo es sombra. Y la luz no se enciende sola. Hay que encenderla.

  • Fuente: cuenta personal del autor en Facebook

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