Por Ramírez
Mi jefe Rómulo se puso a cantar en el pasillo. “Quiéreme… quiéreme muuucho”, tarareaba.
Inmediatamente reconocí la canción que estaba entonando. Me paré de golpe y, al tenerlo a veinte metros, dije en voz alta y firme: “Bésame, Rómulo. El tema dice ‘bésame’”.
Las carcajadas empezaron a sonar de repente. Bueno primero contuvo su sonrisa. Hizo un sonido ahogado, como si se hubiera atragantado con algo. No resistió y utilizó su mano para taparse. Pero su reacción gestual fue tal que necesitó de ambas manos para ocultarla. Así y todo, se ve que recordando la escena en loop en su mente, no pudo más y cayó al piso, donde empezó a patalear de la risa.
Rómulo siguió caminando sin darse por aludido y entró a su despacho. Me quedé entre los gritos de humillación de mis compañeros, quienes ese día lanzaron su escarnio oculto durante años: “¡Que se vaya el lameculos!”, dijo uno. “¡Fuera, fuera!”, continuó otro.
Fue entonces cuando decidí, por primera vez en mi vida, algo en contra de mi superior.
-Jefe, esta es la última vez en que lo molestaré – anuncié al entrar intempestivamente a su oficina.
-¿Qué pasa? – contestó sin darme la atención de su mirada.
-Aprendí que la hipocresía no es el carácter definitorio de este bufete.
-¿A sí? – dijo mientras miraba papeles en su enorme escritorio.
-Sí. Ahora aprendí a callar cuando alguien me habla. A poner cara de asco cuando una persona con rango inferior me pide ayuda.
-Mal hecho.
-Lo se. No se puede vivir así, aunque trabajar sí. Ya ve. Hay un mundo entero que gira a base de la maldad. Pero no puedo más.
-Esto es un trabajo, Ramírez. Si quiere un parque de diversiones, lastimadamente no tengo ninguno para recomendarle.
-Es cierto. Por eso voy a fundar mi propio estudio de abogados. Se va a llamar: “El que las hace, viene con nosotros”. Voy a atender a delincuentes y criminales de la peor estirpe. Ya se cómo tratar con ellos.
-Cuidado con lo que dice.
-Solo me queda decirle una sola cosa: aquí no he sido infeliz, pero tampoco feliz.
-Si su intención era dejarme un acertijo, déjeme decirle que no lo ha logrado.
-No lo era. Pero me hace recordarle que ya no podrán jugar más al juego de “Boludear a Ramírez”.
-¿Cómo se juega?
-Para empezar, se tiene una …. ¡ya lo está haciendo!
Rómulo empezó a descuajeringarse de la risa. No pudo más que empezó a llorar, entre ruidos que llegaban bien lejos. Me fui sin más.
Una vez en la puerta de entrada del edificio, donde todo había comenzado, me dije: “¡Soy libre! ¿Y ahora qué?”. Mientras caminaba hacia la parada del colectivo, sintiendo la frescura de ser un hombre nuevo, me reconforté con la idea de que los vientos ya sabrían hacia dónde llevarme. Espero que no sea al baño, ¡o al menos no tan pronto!


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