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11-S: el mundo perdió de vista la verdad sobre Al-Qaeda y ben Laden

A un día del 25° aniversario de los atentados contra las Torres Gemelas, Peter Bergen - especialista en terrorismo y vice del think tank New America -, dijo que hay lecciones importantes que se han olvidado. Salieron a la luz hechos incómodos.

Por Peter Bergen (The New York Times)

Whasington.- El 26 de febrero de 1993, ocho años antes del 11 de Septiembre, terroristas islamistas ingresaron una camioneta cargada de explosivos en el estacionamiento del World Trade Center, en el bajo Manhattan, con el objetivo de derribar las Torres Gemelas. Los terroristas mataron a seis personas, pero su gran plan fracasó: las torres siguieron en pie.

Aquel atentado me llevó a iniciar un recorrido de tres décadas por el mundo del terrorismo jihadista para entender quiénes eran esos militantes islamistas y por qué estaban tan empeñados en atacar a Estados Unidos.

Mi temprano interés por Al-Qaeda hizo que fuera el primero en producir una entrevista televisiva presencial a Osama ben Laden, en 1997. También me permitió ser uno de los pocos periodistas que observó de cerca la evolución de la organización antes y después de los atentados que destruyeron el World Trade Center y golpearon el Pentágono cuatro años más tarde.

En los últimos 25 años, las causas y consecuencias del 11 de Septiembre se han ido desvaneciendo en la memoria colectiva. Y, con el paso del tiempo, han salido a la luz nuevos hechos, algunos incómodos por lo que revelan sobre nuestros enemigos, nuestros aliados y nosotros mismos. Muchas de las vulnerabilidades que Al-Qaeda y su fundador, Osama ben Laden, dejaron al descubierto siguen presentes, y los errores cometidos en la respuesta resultaron tan costosos como los propios ataques.

A medida que se acerca el 25° aniversario de los atentados, es importante poner las cosas en perspectiva para evitar errores autoinfligidos y renovar los esfuerzos para impedir que algo similar vuelva a ocurrir.

Ben Laden entrevistado por CNN en 1997. Bergen fue el productor y estuvo presente

En marzo de 1997, Al-Qaeda no quiso correr riesgos con nuestro equipo de CNN. Nos recogieron en un hotel de mala muerte del este de Afganistán y hombres fuertemente armados nos hicieron subir a una camioneta, tras colocarnos vendas improvisadas en los ojos. Condujimos toda la noche hasta una choza de barro en las montañas heladas, donde Bin Laden apareció de repente en medio de la oscuridad.

En aquel entonces, se sabía muy poco públicamente sobre el pequeño y hermético grupo que Ben Laden había fundado a fines de los años 80. Frente a cámara, arremetió contra la política exterior estadounidense en Medio Oriente y declaró la guerra a Estados Unidos. No mencionó ningún odio hacia las libertades estadounidenses, algo que más tarde el presidente George W. Bush afirmaría que motivaba a Al-Qaeda. Y, en realidad, las motivaciones políticas de Ben Laden eran solo una parte de la historia, como pronto dejaría en evidencia un hecho incómodo.

Después de los atentados del 11-S, Ben Laden explicó, en una declaración difundida por Al Jazeera, que su guerra era, al menos en su visión, “fundamentalmente religiosa”. La principal justificación religiosa para que Al Qaeda atacara objetivos civiles estadounidenses provenía de una fatwa emitida por el clérigo egipcio Sheikh Omar Abdel Rahman, un fanático que estuvo preso en Carolina del Norte durante la década de 1990.

Ben Laden no tenía formación religiosa formal y creía que necesitaba el respaldo de un religioso de renombre para legitimar su guerra santa, algo que la mayoría de los eruditos islámicos no habrían autorizado. En ese sentido, su guerra era religiosa, aunque basada en una interpretación del islam muy alejada de la corriente principal.

Esa interpretación se relaciona con un segundo hecho incómodo. Quince de los 19 secuestradores del 11-S eran sauditas, y eso no fue una casualidad. Los funcionarios de la administración Bush dijeron relativamente poco sobre el papel de Arabia Saudita en la difusión de la rígida ideología wahabita dentro y fuera de sus fronteras y sobre la influencia que tuvo en Ben Laden.

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Manuel Vicent, en El País, escribió sobre el fanatismo y la ideología. Pandemia al margen, sostuvo que desde el atentado del 11-S, de 2001, el terrorismo se ha convertido en un virus sin vacuna posible.

Sin embargo, desde 2024 una demanda presentada por familiares de víctimas del 11-S ha revelado indicios inquietantes de que un ciudadano saudita residente en Estados Unidos podría haber tenido algún conocimiento previo de los atentados y habría ayudado a dos de los secuestradores que estrellaron un avión de pasajeros contra el Pentágono. Las pruebas sugieren que Al-Qaeda contó con algún grado de apoyo en círculos oficiales sauditas.

Otro hecho incómodo es que fuimos los propios estadounidenses quienes creamos el pantano geopolítico posterior al 11-S en Medio Oriente, no Ben Laden. Algunos comentaristas sostienen que los atentados fueron una maniobra diabólicamente inteligente para arrastrar a Estados Unidos a guerras imposibles de ganar en el mundo musulmán.

Pero antes de los ataques, Ben Laden realmente creía que Estados Unidos era un tigre de papel y probablemente esperaba apenas una represalia limitada mediante misiles de crucero o bombardeos sobre sus campamentos en Afganistán. Su objetivo era expulsar a Estados Unidos de la región. No podía prever que, apenas un año y medio después del 11-S, Bush lanzaría su desastrosa guerra de elección en Irak.

Aun así, Ben Laden demostró el daño que puede causar una sola persona capaz, incluso con una red de apoyo relativamente pequeña. Aun mientras permanecía prófugo tras el 11-S, siguió siendo un gestor activo de Al-Qaeda, y no una simple figura simbólica aislada, como estimaban la CIA y algunos académicos.

Lo sabemos gracias a los documentos hallados en su escondite de Abbottabad, en Pakistán, donde vivió los últimos cinco años de su vida. Esos documentos también revelaron otro hallazgo inesperado: dos de sus esposas, ambas doctoradas, desempeñaron un papel significativo y hasta entonces desconocido en la formulación de su pensamiento estratégico y de sus declaraciones públicas.

Por último, aunque el recuerdo del 11-S se haya desvanecido, sus efectos políticos siguen presentes, muchas veces para mal. En su camino a la Casa Blanca en 2016, Donald Trump explotó los temores de los votantes frente al terrorismo, que seguía figurando entre las principales preocupaciones junto con la economía.

Su famoso “veto musulmán” fue una respuesta oportunista a las amenazas terroristas planteadas por Estado Islámico (ISIS), el grupo extremista islamista que surgió tras la guerra de Irak desencadenada por Estados Unidos después del 11-S.

Ese hecho, tanto como cualquier otro, demuestra la importancia de comprender el 11-S, incluso 25 años después.

El fanatismo, religioso o de cualquier otro tipo, puede impulsar ataques peligrosos y nihilistas perpetrados por personas que no se preocupan por lo que les ocurra a ellas mismas o a sus seguidores. Eso resulta especialmente preocupante en una época en la que la inteligencia artificial podría utilizarse para desarrollar y desplegar armas biológicas, frente a las cuales contamos con defensas limitadas.

En segundo lugar, así como Ben Laden logró eludir a las autoridades y atacar a Estados Unidos hasta después de haber declarado públicamente la guerra al país, los actores descontrolados siguen representando una amenaza. En una era de vigilancia casi total, un oficial militar saudita vinculado a Al-Qaeda mató a tres marineros estadounidenses en Pensacola, Florida, en 2019.

Y las armas al alcance de los fanáticos se multiplican. A medida que grupos armados de todo el mundo despliegan drones armados, es solo cuestión de tiempo para que esas tecnologías sean utilizadas contra objetivos en Estados Unidos.

Finalmente, cuando respondemos a las amenazas, nosotros mismos podemos convertirnos en nuestro peor enemigo. Esta parte de la historia es suficientemente conocida, pero vale la pena repetirla. No necesitábamos ir a la guerra en Irak. Los políticos inescrupulosos pueden explotar nuestros peores instintos en beneficio propio, a menudo en perjuicio de la sociedad.

Todos podemos esperar que Estados Unidos y el mundo no vuelvan a enfrentar un ataque sorpresa como el que Ben Laden lanzó el 11 de septiembre de 2001. Pero en un momento de extraordinaria incertidumbre y disrupción, es más importante que nunca comprender con claridad los hechos sobre Al-Qaeda, el 11-S y sus consecuencias, por si alguna vez vuelve a ocurrir.

  • Fuente: artículo de The New York Times, reproducido por el diario La Nación

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