Juancito siempre fue Juancito para su familia. Pero en la escuela notó lo que implica el cambio de entornos. Una de las maestras de la primaria lo llamaba Juan. Esa diferencia fue su primer acercamiento con la diversidad de tratos, sin ser necesariamente mejores o peores.
Como todo chico, veía primero las falencias de los demás antes que las suyas. Se quejaba cuando se colaban en la fila pero él hacía lo mismo.
Con el tiempo reconoció, entre otras cosas, su propio egoísmo. Aprendió que todos tenemos un ego. En qué medida alimentarlo y cómo reconocerlo en los demás fueron parte de lo que llamó “sus victorias”.
Así y todo, no hubo sabiduría que le evitase los malestares de un conflicto. Uno reciente le había sucedido nada menos que en una cancha de fútbol.
En un partido con antiguos compañeros de colegio, Juan se llevó una sorpresa con alguien de su propio equipo. Ambos eran los históricos goleadores en aquellos amistosos. Pero hubo una jugada que el protagonista de esta historia sintió que “se la robaron”. En realidad no lo sintió, sino que lo vio con sus propios ojos. Para colmo no salió bien porque Pedro, al mandarse solo, fue alcanzado por un contrincante antes del intento de gol.
Juan se quedó ruminando el tema. Trato de convencerse de su insignificancia. “¿Vos te creés que a alguien le importa?”, se repetía a sí mismo una y otra vez. “Ya está. No le importa a nadie”, se convencía.
Convencido de que el rencor no sirve de nada, el hombre igualmente entendía que este tipo de situaciones dejaban sus huellas. Sin convalidarla, así es como entendía la razón de ser de la cadena interminable de resentimientos que existe entre los seres humanos.
Su compulsividad iba empeorando. “Cuando te tienen que cagar, te cagan. Ya te la hicieron”, se decía. Hasta que decidió confrontar a su compañero. Le pidió juntarse en un café a charlar.
La charla empezó algo tensa, con algunas quejas por parte de Pedro. “Llegó tarde el café, la culpa la tiene el mozo”, dijo. “¿Será? ¿Y si no andaba bien la máquina?”, lo cuestionó Juan.
Luego de un rato charlando aclararon el tema: se trató de un mal entendido en el fervor del juego. Rápidamente pasaron a otros asuntos. Juan estaba frustrado porque nadie veía sus videos como youtuber.
-Por más que nadie te comente o te de “Me Gusta”, por más que aparentemente no le importe a nadie lo que estés haciendo, eso no te justifica a hacer un mal trabajo- lo alentó Pedro, influencer consagrado.
-Bueno che, tampoco me lo digas como si fueras mi jefe – respondió Juan.
-Es que te quiero proponer una mirada distinta. En vez de ver lo que no construye, motivate a hacer lo que tenés que hacer, y por sobre todo a disfrutarlo con la sola idea de haberlo logrado. Cumplir con una tarea y encima haberla gozado hasta es mejor que la fama.
-A veces uno entra en un encono y no puede salir – se lamentó el desdichado.
-Para la próxima te recomiendo escuchar a Whitney. Las cosas no se solucionarán, pero sí se van a aliviar.
-¿Whitney?
-No me digas que no la tenés. Whitney Houston. Ya te la canto. Una de sus canciones dice…


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