Sociedad Vida

Discriminación: La lucha contra nosotros mismos

La calle es el campo de batalla donde pueden verse algunos de los más característicos enfrentamientos en la pelea contra los estereotipos. O más bien, en la humanización de éstos en actos y relaciones sociales. Las apariencias físicas son las primeras variables que exasperan los impulsos violentos – que son el inevitable resultado de todo esto- de los integrantes de la sociedad, quienes modifican su conducta acorde a la educación que tuvieron a lo largo de su vida, generando pre conceptos y generalizaciones.

La violencia es algo que aparece tanto en el ámbito público como en el ámbito privado. Es una de las cosas que utilizamos pero que no identificamos en todo momento. ¿Por qué? Quizás porque somos nosotros mismos los generadores de un daño o un ataque hacia otro o porque naturalizamos ciertos tratos que dejamos de identificar como “violentos” para calificarlos como consecuencia de algo cotidiano, algo “normal”.

Allí es donde se encuentra la discriminación. Está tanto en la violencia física como en la verbal. ¿Cómo resolver esto? Primero, dando cuenta a nuestra mente acerca de nuestros pensamientos determinados hacia determinadas personas. ¿Por qué lo pensamos así? ¿Qué razón nos avala? ¿La razón existe como tal o es otra forma lógica ubicada en el sentido común para asegurar ciertas reglas y costumbres sociales? ¿Es entonces la razón otra razón para afirmar que la sociedad construye verdades subjetivas y que todas las teorías bajo las que se fundamente parten de construcciones sociales?

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En este caso llegaríamos a la idea de que nuestra mirada tiene un historial. Tenemos antecedentes que exceden nuestra “buena voluntad” para comprender lo mejor posible a la humanidad ya que lo que llamamos “instinto”, “razón de ser” e inclusive la “personalidad” son determinaciones que efectivamente son personales, pero que llegan aquí y ahora debido a lo que hubo, a lo que alguien construyó. Los vikingos adoraban dioses y tenían una importante cultura. Sin embargo, los adherentes a la iglesia católica los calificaban de “ignorantes” por no saber términos tan naturalizados en la vida occidental como la idea del “Santo”. Claramente los vikingos no tenían el conocimiento de los seguidores del monoteísmo, pero éstos tampoco tenían el de los “bárbaros incivilizados”. ¿A qué viene esta ejemplificación? A reconocer que todos somos sujetos poseedores de cultura y por ende tenemos cierto etnocentrismo, es decir, priorizamos y ponemos nuestros valores por encima de los de otras sociedades, con diversas culturas. 

A partir de la diferenciación podemos tomar distintas posturas: la del prejuicio, las generalizaciones y la posible marginación social o la del entendimiento y la socialización humana. Esta última, como requisito fundamental, debe darse sin violencia, porque sino estaremos perdidos en medio de la calle, luchando contra nosotros mismos. 


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Periodista y escritor, fundó Humanidad el 2016 a sus 15 años de edad. Actualmente estudia abogacía en la Universidad de Buenos Aires y dirige el medio.

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