Filosofía Vida

La casa de la tranquilidad

Vemos a personas sufrir. Vemos a otros tantos alegrarse. ¿Pero cómo nos sentimos nosotros? ¿Es el sentimiento de los demás un [...]

Vemos a personas sufrir. Vemos a otros tantos alegrarse. ¿Pero cómo nos sentimos nosotros? ¿Es el sentimiento de los demás un condicionante en nuestro estado de ánimo? ¿Qué es realmente el estado de ánimo?

Para empezar, podemos darnos cuenta de dos variables que componen el estado de nuestros días: la soledad y la compañia. Estas son circunstanciales y dependen de los entornos en los que nos vemos involucrados. Ambas causan reacciones en nosotros que llevan a inimaginables y múltiples consecuencias. Y por sobre todo, fortalecen o debilitan ciertos patrones de nuestra vida.

No es lo mismo una persona sola que otra acompañada. Pero lo más interesante está en que esa misma persona solitaria, pasará inminentemente a encontrarse con alguien y viceversa en la otra situación.

Ahora, tratando de entender a “la tranquilidad”, uno de los estados humanos más conocidos, ¿cómo es que alguien la consigue? Puede ser, entre otras cosas, con el encuentro con uno mismo, la aceptación del Universo y la resignación con lo imposible.

  1. Encuentro con uno mismo: Al pasar varias experiencias, etapas y repetir los mismos formatos, inevitablemente uno se ve ubicado en un lugar donde se siente cómodo o insatisfecho. El no tener vergüenza por lo que pensamos y por la forma que somos es parte de un proceso interno que da pie a poder relacionarse con la sociedad de una forma más sólida. Uno de los ejemplos típicos es el del paso de la adolescencia a la “adultez”, a pesar de que, entendiendo que nada es absoluto, vamos cambiando y resignificando a lo largo de toda nuestra vida (siempre que no seamos conservadores en lo extremo).
  2. Aceptación del Universo: Suena a frase trillada y espiritual, pero por algo esto último viene dominando a la humanidad hace tanto tiempo. Hay cosas que no podemos manejar y tampoco cambiar. Quizá, algún día, conoceremos los secretos y las respuestas que venimos buscando actualmente, pero hoy eso no es posible. Aceptar la locura de vivir y ser humanos ayuda a construir en el presente sin desplomarse por el rompecabezas de 7.000 millones de piezas a resolver. Aceptar no como forma de resignación, sino como forma de superación.
  3. Resignación con lo imposible: Vivir una realidad que no va acorde a los deseos de uno, ya sean colectivos o individuales, no es para nada tranquilizante. Vivir para el mañana puede ser motivador, pero al mismo tiempo muy inestable. Dejar de lado las ideas futuristas e inalcanzables puede ser un beneficio. Sin embargo, no hablo de resignar los sueños, sino que poner el foco en lo imposible resta tu tiempo presente y no habilita a ningún cambio. Construyendo en pos del futuro y con un eje y norte claro es algo a lo que uno nunca se debe resignar. Pero vivir más allá (o más atrás, como le suele pasar a quienes se quedan en el pasado) significa no estar acá.

La casa podría ser uno mismo. De esta forma, la tranquilidad tendría un lugar seguro para refugiarse. No es un espacio inalterable y perfecto, pero es lo que de alguna manera somos. Lo establecido puede modificarse. Para esto sirven las decisiones y la forma de comportamiento de los humanos. Por esto es tan importante la vida del otro para la nuestra. Porque conociendo cada vez más a la humanidad, será posible vivir en un planeta menos incierto y desconocido. Esto último, pareciera ser, es la causa por la que necesitamos la tranquilidad.

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