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Un domingo de fútbol

Cumplidos 45 años del asesinato del cura villero Carlos Mugica, el cineasta Mario Sábato, repasa una anécdota conmovedora […]

Ayer, en la Feria Internacional del Libro, Mario Sábato, quien se define con ironía como contador de historias y cineasta en retiro efectivo (RE), presentó “La imposible melancolía”, que contiene una serie de relatos que llegan al corazón.

El hijo del escritor Ernesto Sábato, autor de “Sobre Héroes y Tumbas” y uno de los redactores notables del “Nunca más”, obra emblemática sobre la oscura dictadura militar que vivió la Argentina entre 1976 y 1983, con su secuela de desapariciones, muertes y torturas, firmó ejemplares en el stand de la Municipalidad de Tres de Febrero.

Dado que en su página de Facebook, compartió una de esas memorables anécdotas y, por ende, habilitó a su propagación fuera de las amistades por él seleccionadas, Humanidad se atrevió a reproducirla. Y porqué, además, alude a un luchador popular, el sacerdote Carlos Mugica, precursor de los curas villeros, asesinado el 10 de mayo de 1974. Disfruten con alegría:

Con el tema de la misa solía demorarse.
Apenas estacionó su desvencijada renoleta verde, el capitán de su equipo comenzó a increparlo:
– ¡Me tenés podrido con tus llegadas tarde! 
– ¿Qué, ya empezó el partido? –Tenía un librito en la mano, y estaba dispuesto a usarlo.
– Está por empezar, y vos no jugás. 
– ¡Qué!
– Te lo advertí el domingo pasado. Una llegada tarde más, y no jugabas.
– ¡Es que pinché una goma!
– No te creo.
Enarboló el librito, le dio un beso y se lo mostró. Era la Biblia.
– ¡Te lo juro por Dios!
– Igual no te creo.

Estuvo todo el primer tiempo en el banco, pero no era la tristeza la que lo embargaba. Lo consumía la impotencia, al ver cómo su equipo era denigrado por un rival superior. Y hasta me pareció que en uno de los momentos más difíciles alzó la vista al cielo, implorando la indispensable ayuda divina.
En el entretiempo, discutió con el capitán, con susurros que parecían gritos.
Vaya a saber qué le dijo, pero jugó en el segundo tiempo. Solo un ratito.
En la primera jugada en la que intervino, quiso detener a un habilidoso delantero. Tan habilidoso que le hizo un túnel. La pelota apenas le había pasado entre las piernas, cuando oyó la cargada del que lo había humillado:
– ¡Ponete la sotana! 
Lo corrió, lo alcanzó, y le dio una feroz y muy certera trompada, que terminó con el gracioso mordiendo el polvo.
Esperó que se levantara, con una posición ortodoxamente boxística.
El caído quiso levantarse, para pelearlo, pero se lo impidieron sus compañeros.
– Boludo –y le explicaron- ¿No sabés que es cura?
La situación cambió drásticamente. Tanto como para hacer memorable, a tantos años de distancia, ese domingo futbolero.
El agredido se incorporó a medias. De rodillas se le acercó al cura, que lo esperaba en guardia alta, juntó sus manos y le imploró:
– Perdón, padrecito, no sabía. Perdón.
Y después trató de convencer al juez de que la culpa era suya. Vanamente.
Carlos Mugica fue expulsado de la cancha, y apenas había jugado unos minutos.

El padre Pepe, continuador de la obra del padre Mugica

Podría contarles otras cosas, más trascendentes. Que bautizó a mis dos hijas en la capilla Cristo Obrero de la Villa 31, que hizo el milagro de acercarme al catolicismo, que era mío el pañuelo que sujetó su mandíbula después que lo asesinaran. 
Pero prefiero recordarlo así, cuando salía de la cancha, con su ánimo confundido entre la furia y la vergüenza, y me vio, riéndome.
Entonces, después de una pequeña vacilación, me sonrió.
Y nos hicimos amigos.

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