Cultura Sociedad

Soy feminista

La represión de la mujer por ser mujer, se asemeja al racismo, la censura, la intolerancia y la condena a la disidencia.

Por MARIO SÁBATO

“Resulta trágico a veces, cómico otras, pero siempre patético, que al borde del tercer milenio aún se discuta la igualdad entre la mujer y el hombre, que personas y organizaciones sociales cuestionen, dificulten o impidan algo tan elementalmente justo y necesario.

Estos rasgos que aún hoy se trazan con violencia en una sociedad que pretendemos construir desde la democracia, con la justicia, la tolerancia y el respeto, no pueden menos que humillarnos.

De la misma manera, y por las mismas razones que deben avergonzarnos, preocuparnos y provocar nuestra inmediata respuesta, todas aquellas actitudes -individuales o sociales- que indiquen marginación, desprecio por los derechos elementales y persecución hacia las personas. Es múltiple y rica de matices nuestra capacidad para disfrazar con principios religiosos, políticos, sociales o éticos las actitudes más aberrantes. 

Cada vez que aparecen los gestos de prepotencia, individuales o colectivos, pequeños o mayúsculos, para atenuar o aplastar en otros los derechos, la dignidad, la posibilidad de ser distintos y felices a la vez, se manifiesta, con atroz calidad, el pasado. Lo más deplorable del pasado.


A veces, lamentablemente muchas, son organizaciones políticas o religiosas las que practican la adoración del pasado oscurantista. Otras veces, y también por desgracia múltiples, podemos encubrir en nosotros mismos esos signos que indican que algo siniestro nos tironea hacia abajo, y nos impide crecer como personas. Porque cada vez que impedimos que otro crezca, estamos condenando nuestro propio crecimiento.


La discriminación contra la mujer. sus posibilidades de realización, su igualdad de oportunidades y su libertad no son diferentes ni tienen otro origen que
las demás manifestaciones de intolerancia y el pensamiento reaccionario. Es prudente, por lo tanto, cuestionarnos la fortaleza de nuestra vocación democrática cada vez que descubramos, en nuestras actitudes y pensamiento síntomas de machismo.

Porque cualquier gesto que signifique represión a la mujer por ser mujer, tiene el mismo origen conceptual que provoca otras persecuciones, todas idénticamente despreciables y peligrosas: el racismo, la censura, la intolerancia al pensamiento ajeno, la condena a la disidencia.


El que supone la preponderancia de uno de los sexos respecto al otro, proclama al mismo tiempo que existen razas superiores, religiones únicas o ideológicas supremas.

Tengo la ilusión de que, para algunos lectores atentos, no haya pasado desapercibida la referencia temporal del primer párrafo transcripto: : “Al borde del tercer milenio…”


Sucede que esto lo escribí hace más de treinta años. Se publicó en AC, una revista que yo dirigía, editada por el Ministerio de Relaciones Exteriores,.
Reproduzco solo algunos párrafos, que entiendo son suficientes para entender lo que yo pensaba entonces. Que, como soy tozudo, es lo mismo que creo ahora.


Me alegro que ya no sea curioso que un varón se proclame feminista.
Lo hice cuando no estaba de moda decirlo, y lo repito a pesar de que se haya convertido en una moda.

Alicia Moreau de Justo, joven, feminista y socialista


También y sobre todo, me complace que no sean tan pocas, como lo eran antes, las mujeres que luchan por los derechos que aún se les niegan, y que ahora sean muchos los hombres que las acompañan.


Vivimos épocas más alentadoras de las que entonces atravesábamos, con convicción, claro, pero también con razonables temores de perder la democracia, que recién habíamos recuperado.


La Patria Potestad compartida fue un logro que provocó tormentas que hoy parecerían ridículas, pero que entonces fueron temibles.
La lucha para proclamar la ley de divorcio fue aún más difícil.


La Virgen de Luján, patrona del Ejército, encabezó una procesión, convocada por el Obispo Ogñenovich, para que una multitud de fieles fuera a Plaza de Mayo, para reclamar que la Argentina permaneciese en el Medioevo.

En 36 años de democracia muchas cosas mejoraron, y seguirán mejorando, si persistimos con por el compromiso de procurar una sociedad sin discriminaciones.

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