Literatura

El manuscrito perdido de Cien años de soledad

García Marquez

Por colaboradores

Era una tarde lluviosa en Ciudad de México. Pera Araiza acababa de recibir el original de una novela inédita que debía mecanografiar con tres copias. El manojo de hojas atadas con una cuerda formaba un bulto, que apretaba contra su pecho para protegerlo. Bajó del colectivo —llamado camión en México—, y las hojas se desparramaron sobre un charco que se había formado junto al cordón de la vereda. Algunas personas que la vieron, porque justo pasaban por ahí o quizá esperaban el colectivo, la ayudaron a recoger todo y atarlo de nuevo; la tinta sobre el papel aún era legible. Cuando llegó a su casa secó las cuartillas con la plancha, la novela que acababa de salvar se convertiría, con el pasar de los años, en una de las más grandes de toda la historia. 

Gabriel Garcia Marquez cuenta que una vez que hubo recibido las cuatro copias mecanografiadas, destruyó todo lo que había escrito originalmente en su propia máquina de escribir y los documentos que revelaban los misterios de su producción para que nadie pudiera descubrir su «carpintería secreta».

De las cuatro copias de Cien años de soledad que se hicieron, una se creía —incluso según la opinión del propio autor— perdida. De las tres restantes, una fue la que envió a la editorial Sudamericana que protagonizó la conocida anécdota del envío en dos partes en el que solo llegó una mitad. A la segunda copia se la llevó Álvaro Mutis a Buenos Aires para difundir la obra del hasta entonces desconocido escritor colombiano. La tercera copia viajó a Barranquilla, donde la leyeron Alfonso Fuentemayor, Germán Vargas y Álvaro Cepeda, que aparecían en la novela.

Esa copia perdida, según García Márquez, «circuló en México entre los amigos». Álvaro Santaña-Acuña dice que Gabo le pidió al crítico mexicano Emmanuel Carballo que le diera su opinión sobre la novela que había estado escribiendo; y durante casi un año discutieron sobre personajes, elementos de la trama y cosas que podría mejorar. Durante muchos años se creyó perdida la copia que el autor le había regalado a este crítico, hasta que se encontró en un librero virreinal de su casa en la colonia Roma. En ella se pueden observar unas doscientas correcciones hechas a mano por el propio García Márquez y algunas de Carballo. Desde que Guillermo Tovar, un reconocido coleccionista y cronista, y Teresa convencieran a Carballo de venderles el texto, este se conserva en el tercer Museo Soumaya, de la fundación del millonario Carlos Slim.

De las otras copias restantes, solo se sabe que una se conserva en la Universidad de Texas, y no hay rastro de la que se envió en dos partes a la Editorial Sudamericana, ni de la de Álvaro Mutis. Aunque Gabo bromeaba con la posibilidad de que podría haber otras copias «en alguna parte del mundo».

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