Argentina Política

Uno, dos, tres… muchos…

Para el analista Carlos Fara - sin que esto excluya al planeta - la Argentina está viviendo un momento bisagra. En medio de desafíos descomunales, el económico y la pandemia, le da crédito al presidente Alberto Fernández.

Por Carlos Fara (7Miradas)

El achatamiento de la curva de contagios, como toda buena noticia, tiene su lado negativo: la tendencia a pensar que la pandemia “no era tan grave”, y que por lo tanto la cuarentena se puede relajar. Parte de la población empieza a cambiar de miedo: pasa del miedo al virus al miedo a no tener para cubrir sus gastos elementales.

El sitio Mercado & Empresas para Servicios Públicos actualiza periódicamente el mapa de municipios con contagiados por el coronavirus. Al día de ayer, 29 de abril, registraba casos en 246 municipios sobre 2247 que hay en el país. Es decir solo el 11 %. Esto significa que en la enorme mayoría del territorio nacional por ahora no se detectan rastros de la pandemia. Esto lo vemos confirmado en localidades en donde no solo no se conocen casos, sino que tampoco han tenido ni siquiera sospechosos.

En esta amplia geografía no contagiada por el momento la vida cotidiana está volviendo paulatinamente a cierta normalidad bajo la mirada atenta de los intendentes. Son quienes permiten que ciertas actividades se desarrollen bajo las normas del aislamiento social: contadores, abogados, obras pequeñas, servicio doméstico, peluquerías, pero nada que implique aglomeraciones ni actividades recreativas al aire libre y con un ojo vigilante sobre los centros de salud.

En esos lugares la gente pide volver a sus rutinas, ya que entre otras cosas les permite tener ingresos. Los jefes comunales las aprueban porque naturalmente necesitan amortiguar la caída de la recaudación tributaria (que en algunas localidades se cayó hasta el 80 %).

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Fernández Blanco titula en La Nación por el lado de la bala de plata que tendría Alberto frente a los acreedores externos. Humanidad pone el acento en otro lado. No altera el producto.

Es una reacción social natural. Cuando se desata una tormenta feroz desaparece la gente de la calle. Pero cuando empieza a amainar, más de uno se anima a salir, porque la lluvia es tolerable. Con todas las dificultades que traerá el mal clima mundial, prolongado, la necesidad / deseo de volver a trabajar le puede ir poniendo un piso al congelamiento derivado de la cuarentena.

La curva controlada de expansión del virus tiene otras dos facetas muy complejas: 1) el pico no llega nunca, por lo que obliga a mantener una cuarentena prolongada, más aún cuando los casos exitosos –Alemania, Singapur- están teniendo rebrotes; y 2) el desplazamiento de los miedos lo enfrenta al gobierno con la peor tormenta, la económica (para la cual no hay comité de expertos por ahora, sino que el presidente sigue en la cancha con los mismos jugadores del inicio, aunque el partido vaya tomando otro cariz).

De todo pico se baja, tarde o temprano. Mantener el nivel de aprobación del presidente en el rango 80 / 85 % no era sostenible en el tiempo. Todo proceso deja atrás el impacto inicial (en este caso, el presidente como comandante en jefe de la guerra contra el virus) para iniciar un descenso que lo acomoda en una meseta más baja. En estas sociedades contemporáneas de memoria corta, la necesidad de seguir impactando y sorprendiendo de manera permanente es clave.

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Cuando el miedo opera con fuerza, los hechos negativos no pasan de ser tragos amargos. El error de las colas de los jubilados (3 de abril) o las denuncias de sobreprecios en la compra de alimentos (6 de abril) produjeron efectivamente un bajón de varios puntos en la aprobación presidencial, pero se recuperó a los pocos días en vista de que hubo reacción oficial frente a ambos hechos. Así se puede observar la solidez del estado de ánimo masivo.

Pues estamos frente a un momento bisagra y conoceremos al “tercer Alberto”. El primero fue el que asumió hasta el estallido de la pandemia: el presidente que recién empieza y que ocupa el centro de la escena, haciendo equilibrio permanente. El segundo es el Alberto de la pandemia: tono mesurado pero mano firme para amortiguar la catástrofe, lo que le permite obtener un balance positivo hasta acá. Este segundo AF es interesante desde el punto de vista del análisis porque es la primera vez que él destella frente a la incertidumbre sobre quién es Alberto (durante la campaña para muchos fue “alguien que no sea Macri”, además del “que puso Cristina”).

El tercer Alberto necesitaría ser el más estratégico de todos, ya que ahora se verá si logra mantener el capital político que acumuló en 40 días, el de la reconstrucción post huracán. Si se consideran las grandes deficiencias que muestra el Estado argentino en una crisis y cierta falta de seniority del equipo económico, la perspectiva es muy compleja. Si se considera que está saliendo bien parado de dos desafíos –no parecer el títere de Cristina y el manejo de la pandemia- tiene crédito.

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