Reflexión

Cuando el periodismo llama

Escrito en noviembre de 2018. Me encontré con tres personalidades del mundo de las noticias que crearon en mí una ilusión. Una ilusión y una alegría que solo el periodismo pudo causar.

Para Arnaldo Paganetti

En dos semanas me encontré inesperadamente a tres periodistas que representan los tres medios de comunicación masivos más importantes de la República Argentina. Queriendo o no, el destino puso en mi camino a Ricardo Roa, el Editor General Adjunto del diario Clarín, Horacio Verbitsky, el hombre del cohete e histórico Página 12, y a Hugo Alconada Mon, que en mi opinión es una estrella periodística del diario La Nación.

Durante un tranquilo día de noviembre de 2018, luego de pasar por un lugar lleno de olor a basura cerca del hipódromo porteño, y al cansarme repentina y extrañamente, le digo a mi abuelo Arnaldo de dejar de correr para caminar un poco porque ya andaba medio molesto. A veces la ciudad y la vida desbordan nuestra paciencia, donde el cansancio ya no es físico sino que mental.

Chirulo cede, sin rezongar. Silencio absoluto. Mi respiración daba la señal de que no era buen momento para ningún tipo de conversación. La meta del día, que era nada más ni nada menos que llegar al Estadio de River Plate, el “Monumental” –desde Plaza Italia-, se volvía más borrosa.

La intención de Arni era que viera la previa al clásico River-Boca (sí, el que luego terminaría en escándalo y con la renuncia de un Ministro del Gobierno de la Ciudad) para que, al llegar a mi casa, escribiera alguna de las tantas reflexiones que escribo acerca de lo que veo y lo que vivo.

Las cosas no iban muy bien ese día hasta que, al darnos vuelta para regresar a casa, derrotados por mi agobio adolescente, vimos de repente a un hombre con lentes negros y algunas canas. “No me jodas que ese de ahí es Roa”, le lanzo a mi abuelo. “Sí, sí, sí”, me dice riéndose sin poder creerlo. “Pará que esta vez me quiero sacar una foto”. Palabra va palabra viene, nos saludamos y volvemos a donde habíamos comenzado. Contentos por el suceso, se desvaneció al instante la fatiga y la incomodidad que provoca usualmente la metrópoli.

Joaquin, Ricardo y Arnaldo

Un mediodía de trabajo en tribunales parecía ser como cualquier otro. Disfrutaba del aire, con expedientes bajo el brazo, caminando sobre la calle Lavalle. Había pasado por días muy positivos, habiendo terminado el secundario una semana atrás, y además habiendo recibido la nota de mi último exámen universitario, la cual indicaba que había aprobado la materia de Ciencia Política del C.B.C mediante el programa UBA XXI.

Ya llegando al cruce con la calle Uruguay, en la esquina del Palacio de Justicia, veo a un hombre canoso, común, y con un paso tranquilo que representaba nada más que eso: tranquilidad, sin nadie ni nada que lo pudiese molestar.

  • ¿Horacio? – le pregunto luego de haberlo visto durante dos segundos de reojo y haber confirmado a la personalidad.
  • Sí, soy yo – responde.
  • No puedo creer el haberlo encontrado, es un placer conocerlo.
  • (Risa cariñosa) Gracias.
  • Soy periodista, estudio, y ahora estoy haciendo Tribunales.
  • ¿Ah sí? ¿En qué medio trabajas? – preguntó amablemente Horacio, atento a lo que pasaba en la calle.

Así comenzó una breve charla que se extendió hasta Talcahuano y Lavalle. Para los conocedores del lugar, nada más ni nada menos que una cuadra. Pero a pesar de esto, Horacio Verbitsky me tendió la mano y se copó con un pedido que le hice luego de haberlo sorprendido por mi corta edad ¿Qué recomendación podrías darme, de un periodista a un joven que va camino a eso? “Trabajar mucho, mucho, mucho, inclusive con la redacción. Mi recomendación es que aprendas a escribir bien”. Un saludo, dos sonrisas y un “encantado” se separaron aquel día, en el que me tocaría quedar abombado por la sorpresa callejera.

Ese encuentro hizo que se me empañaran un poco los ojos, y que explotara cierta euforia y emoción dentro mío, entendiendo esta casualidad como otra “señal del destino”. Un destino que me quería dar a entender algo que hasta hace unas horas no descifraba. Algo que descubriría, inesperadamente, en un tercer encuentro.

Desde Plaza Italia hasta Plaza de Mayo. Ese era mi objetivo. La idea era cansarme un poco para intentar dormir en la noche, sin antes pensar durante largo rato tirado en la cama sobre mi vida. El salir a trotar se convirtió en parte de una rutina que había conquistado hace tiempo. Comencé con la idea de llegar a Facultad de Derecho de la UBA, luego Retiro, luego el Centro Cultural Kirchner y finalmente hasta la curva que abre la vista a ese espacio verde con tanta historia.

Podía notar el cambio en las calles de mi querida y odiada ciudad ante la pronta llegada de los Presidentes más importantes del mundo. Los Jefes de Estado de Rusia, China, Japón, Estados Unidos, Alemania, Francia y compañía estarían aquí, en Argentina. Qué loco ¿no? Hablando de política, recuerdo una de las cosas que me dijo Verbitsky en la breve charla: “Una cosa es ser objetivo, otra es ser neutral”, afirmó rotundamente luego de que le preguntara por la idea de la “objetividad” en el periodismo, así como en la discusión diaria.

Pero este encuentro fue el más maravilloso de todos. Causó el momento más feliz de mis últimos tiempos. Fue absolutamente mágico. Venía, sin cansancio, desde Plaza de mayo, en dirección a Plaza Italia, por la Avenida Leandro Alem. Frustrado porque no me habían dejado pasar a la zona de la Casa Rosada ante las medidas de seguridad, tuve que volverme sin hacer la llegada triunfal. De repente, sin enojos ni alegrías, levanto la vista y veo a un joven con traje y reconozco en él la cara que varios días antes había deseado encontrarme en la calle.

  • ¡HUGO! – grité
  • ¡Sí! – respondió con su voz serena Alconada Mon.
  • Te admiro, sos mi ídolo. Soy Joaquín Paganetti, periodista, nieto de Arnaldo Paganetti ¿Te puedo acompañar un poco caminando?
  • ¿Estas seguro? – me pregunta, siendo conocedor de las rutinas de running que solo en ocasiones extraordinarias suelen cortarse en medio del ejercicio.
  • Sí, vengo desde Plaza Italia y me fui hasta Plaza de Mayo pero me volví porque estaba cortado, ¿viste? – le pregunté como si supiera y como si fuera un amigo de hace 20 años.
  • ¿Enserio te venis corriendo desde allá? – dijo sorprendido.
  • Sí, corro 12 kilómetros, por ahora.
  • Impresionante.
  • La primera vez que te conocí fue en La Rural, cuando fui a escucharte en una presentación acerca del periodismo de investigación. Al principio de la charla, por este tema de la grieta, te encasillé en una forma determinada…
  • Claro…
  • Pero después me di cuenta que estás más allá.

Entre una cosa y otra, con alrededor de 40 metros recorridos, aprovecho y termino, como no podía ser de otra forma, preguntándole qué le diría a un joven como yo que tiene el futuro por delante. “Estudiar idiomas, aprender herramientas básicas de computación y leer a los periodistas que trabajan con el tema en el que vos te queres especializar”. “Yo quisiera estar en la sección política”, le especifiqué.

Luego de un apretón de manos y un cálido “¡suerte!” ante el desafío cumplido –ya logrado anteriormente- de trotar los 5,7 kilómetros que me faltaban. Estaba ansioso por llegar a casa y contarle todo a mi familia. Sin embargo, el destino no se hizo esperar y un repentino llamado de mi madre hizo que soltara mi emoción con ella. De todos modos, minutos atrás había gritado un fuerte “¡¡¡VAMOS!!!” con los brazos hacia el cielo en plena calle. “Este está loco”, escuché decir de unos hombres jóvenes con traje pero sin corbata, que iban caminando frente mío y que se cruzaron con algo que nadie más vio.

Yo me puedo hacer el pelotudo. Puedo querer andar en rutas varias. Puedo intentar llegar más lejos. Pero el destino me lo indica explícitamente. No hay forma de que evada más su mensaje. Se me vinieron a la mente aquellos días de niño donde guardaba las credenciales de mi abuelo para imaginar y simular que era periodista, agente del gobierno, o lo que fuera que me trajera mi imaginación.

Sin embargo, en esas tarjetitas no dejaba de decir “Arnaldo Paganetti, periodista”. El mensaje es claro y al destino ya no le quedan más formas. El periodismo me ilumina. O mejor dicho, así como en aquellos momentos de excitación por la respuesta de un importante entrevistado, o la llegada de una muy buena información, el periodismo se ilumina ante mis ojos para que lo tenga presente. Quizá no hoy, quizá no mañana. Pero en algún momento voy a tener que sentar cabeza, para que algún día, la credencial diga “Joaquín Paganetti, periodista”.

Escritor y estudiante. Fundó Humanidad el 2016 a sus 15 años de edad.

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