Internacional Salud Pública

El precio en vidas de la negación

Jorge Elías afirmó que la insistencia de Jair Bolsonaro en que el coronavirus no es más que una gripezinha, actuará como un bumerán. El efecto de sus alardes tras dar positivo.

Por Jorge Elías (El Interín)

La negación tiene un precio. El de exponerse a padecer aquello que uno no quiere o no puede admitir. En Brasil, el coronavirus mató a más de 65.000 personas. Su presidente, Jair Bolsonaro, desdeñó desde el comienzo el impacto devastador de la pandemia. Una gripezinha. Un resfriadinho. Algo peor que, en plan de no sembrar pánico y de promover el contagio controlado para lograr la llamada inmunidad del rebaño, llevó a “lidiar con un escenario” comparado con la muerte de Stalin al primer ministro británico, Boris Johnson, según sus propias palabras, o al confinamiento forzoso del presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, otro autócrata.

El bumerán de la negación golpeó la quijada de Bolsonaro. Le dio positivo el test. Nada que temer, dejó entrever, gracias a la hidroxicloroquina. Un antipalúdico descartado después de varios ensayos por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Donald Trump dejó de tomarlo. La receta de Bolsonaro, sin pruebas científicas, supuso la renuncia de dos ministros de Salud en menos de un mes, los médicos Henrique Mandetta y Nelson Teich, partidarios de aplicar las medidas preventivas de la OMS. Los sustituyó un militar, el general Eduardo Pazuello. Sin experiencia sanitaria, pero leal a sus órdenes.

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Bolsonaro confirmó su contagio, minimizó la pandemia y se quitó el barbijo. Alberto le deseó pronta recuperación, pero un infectólogo de su equipo señaló que “no le funciona la cabeza”.

Entre ellas, las no acatadas por la mayoría de los gobernadores y de los alcaldes: desalentar la distancia social y el uso de barbijos, así como darle prioridad a la actividad económica, sobre todo la informal, en el segundo país con más muertes después de Estados Unidos. Bolsonaro procura sacar partido de la peste como, durante la campaña de 2018, de la puñalada que casi termina con su vida. Entre marzo y junio no dejó de participar, apiñado entre multitudes, de las concentraciones contra el Congreso y el Supremo Tribunal Federal. La presunta inmunidad de los líderes se debilita cuando resultan víctimas de sí mismos.

La actitud de Bolsonaro y de Trump, así como la del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, y la de su par de Nicaragua, Daniel Ortega, no hizo más que confundir a sus pueblos. La negligencia no es novedosa. Thabo Mbeki, presidente de Sudáfrica entre 1999 y 2008, contrariaba el tratamiento antirretroviral contra el VIH. Recomendaba una alimentación sana. Nada más. Su sucesor, Jacob Zuma, confiaba en “una buena ducha” para prevenirlo. En 2010, Sudáfrica pasó a ser el epicentro mundial del Sida. Investigadores de Harvard concluyeron que esos consejos causaron 330.000 muertes y el nacimiento de 35.000 niños con la enfermedad. Fue el precio de la negación.

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