Cultura Sociedad

“La estupidez es peor que la maldad”

La estrechez de miras del que padece egoísmo intelectual conduce a las miserias, desdichas y miserias de la humanidad El profesor Fernández Vicente, ofrece algunos remedios.

Todos cometemos estupideces. Todos somos estúpidos en un grado mayor o menor. Una vida sin tonterías sería demasiado aburrida, al fin y al cabo. Quizá, discurrir sobre la estupidez sea también una soberana necedad”. Así comienza su artículo en The Conversation, reproducido por BBCMundo, Antonio Fernández Vicente, profesor de teoría de la Comunicación, de la Universidad de Castilla-La Mancha.

“La estupidez es la forma de ser más dañiña. Es peor aun que la maldad – dice – porqué al menos el malvado obtiene algún beneficio para sí mismo, aunque sea a costa del perjuicio ajeno”.

“Una persona estúpida – define – es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio“.

¿Qué se puede entender por estupidez?

“La estupidez – responde – se refiere a la estrechez de miras. De ahí la palabra mentecato, privado de mente. Estúpido es el que sólo tiene en cuenta un punto de vista: el suyo. Cuanto más se multipliquen los puntos de vista, menor será la estupidez y mayor la inteligencia”.

“El estúpido – afirma -, padece egoísmo intelectual. El estúpido es tosco y aun así fanfarrón. Niega la complejidad y difunde su simplicidad de forma dogmática. Opina sobre todo como si estuviese en posesión de la verdad absoluta. Es un ciego que se cree clarividente”.

“La estupidez insiste siempre”, nos dice Camus en La Peste

Aprecia Fernández Vicente que una de las formas de atenuar la estupidez es “ejercitar la duda y la autocrítica. Al dejar de enfrascarnos en nuestra propia imagen, como ocurría en el mito de Narciso. El estúpido está enamorado de sí mismo e ignora todo lo demás. Incluso lo desprecia con autosuficiencia”.

“La estupidez – sostiene ademas -, se parece al progreso, a la civilización. Brota no sólo de un Yo exacerbado, sino de un Nosotros acrecentado y envanecido. La estulticia es altamente contagiosa y se alimenta de grandes ideales difusos, de lugares comunes, de proclamas simplistas: todo es negro o todo es blanco”.

El único punto de vista legítimo es el de un grupo social determinado, el de una facción concreta: la nuestra. La estupidez – acierta – se emparenta con la intolerancia y la ausencia de diálogo. Es un hermetismo mental y gregario. Se expande mediante consignas engreídas y sin fundamento, coreadas en un clamor colectivo esperpéntico”.

“En su presunción – agrega -, el estúpido se obstina con tozudez en lo baladí y accesorio. Es inepto a la hora de jerarquizar prioridades. Como sugería Nietzsche, la estupidez más común consiste en olvidar nuestro propósito“.

Menciona que otro remedio contra la estupidez “es la modestia. Así, es inteligente cuestionar lo que uno hace y piensa. Quien vive en el “quizá” en lugar de en las afirmaciones rotundas y contundentes, se aleja de las memeces. Quizás lo que creemos inteligente no sea más que una sandez. Era la duda que planteaba Erasmo de Rotterdam“.

Catedrático Vicente

“Y una buena cura de humildad – adiciona -, es la risa inteligente. De Aristófanes y Luciano de Samósata a Jonathan Swift, Mark Twain o Groucho Marx, satirizar la estupidez de nuestra vida siempre es un ejercicio de buen entendimiento. Nos hace ver que las convenciones sociales son en muchos casos absurdas y lerdas”.

Después de señalar que “hay estúpidos en la misma proporción en todos los estratos económicos y culturales, corrientes políticas y geografía”, considera que “la cruzada contra la estupidez está perdida de antemano. Decía Albert Camus en La peste que la estupidez siempre insiste.

“Puede ser – sugiere – que tuviésemos que formular cada cierto tiempo, como hacía el escritor Giovanni Papini, la pregunta fundamental para acabar de una vez con la estupidez (al menos funcional): ¿soy un imbécil?”

“¿Y si estuviese equivocado? ¿Si fuese uno de aquellos necios que toman las sugerencias por inspiraciones, los deseos por hechos? […] Sé que soy un imbécil, advierto que soy un idiota, y esto me diferencia de los idiotas absolutos y satisfechos“.

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