Literatura Sociedad

Aladino y la lámpara mágica

La idea de infinito es consustancial con Las mil y una noches, escribió Borges. Los árabes dicen que nadie puede leer este libro hasta el fin. Y no por razones de tedio. Probemos con el comienzo de esta historia de autores anónimos.

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que en la capital de un reino de China, muy rico y de una vasta extensión, cuyo nombre no acude en este momento a mi memoria, vivía un sastre llamado Mustafá, sin más distinción que la que su profesión de daba.

Mustafá era muy pobre, y su trabajo le producía apenas con qué mantener a su mujer y a un hijo que Alá le había dado. Este hijo, que se llamaba Aladino, había sido educado con mucho descuido, por lo cual había contraído inclinaciones viciosas. Era malo, terco y desobediente. En cuanto fue un poco mayor, sus padres no pudieron retenerlo en casa; salía por la mañana y se pasaba el día jugando por las calles y las plazas públicas con otros muchachos vagabundos.

Llegado a la edad de aprender un oficio, su padre, que no podía enseñarle más que el suyo, lo retuvo en su tienda y le explicó la manera de manejar la aguja; pero ni por las buenas ni por las malas le fue posible aquietar el espíritu veleidoso de su hijo, ni sujetarlo en casa, ni conseguir que se aplicase al trabajo, como ardientemente deseaba.

Tan pronto como Mustafá volvía la espalda, Aladino se escapaba y no volvía en todo el día. El padre lo castigaba, pero el muchacho era incorregible. Y con gran pesadumbre, Mustafá se vio precisado a abandonarlo a sus vicios, lo que le causó tanta pena que una tenaz enfermedad lo llevó al sepulcro en pocos meses.

La madre, en vista de que su hijo no daba muestras de aprender el oficio de su padre, cerró la tienda y vendió todos los utensilios de la profesión, para mantenerse a sí misma y a su hijo con lo poco que ella pudiese ganar hilando algodón.

Entonces, Aladino, a quien había contenido el temor que su padre le inspiraba, y que hacía tan poco caso de su madre que hasta osaba amenazarla a la menor reconvención que ésta le dirigía, se abandonó al más desenfrenado libertinaje.

Frecuentaba cada vez más la calle, y no cesaba de jugar con muchachos de su edad con más pasión que antes. Continuó éste género de vida hasta los 15 años, sin dedicarse a ninguna otra cosa y sin reflexionar sobre cuál había de ser un día su paradero.

Se hallaba en esta situación, cuando una tarde en que estaba jugando con una cuadrilla de vagabundos, como de costumbre, se paró a mirarlo un extranjero que por allí pasaba. Éste era un mago insigne, conocido como el mago africano, puesto que venía de África y había llegado dos días antes.

Al advertir la claridad del alba, Scherezada suspendió su narración.

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