Reflexión

La incertidumbre humana

El maestro y escritor mexicano, Ernesto Parga Limón, en su texto "Las novelas y la pandemia", nos hace pensar acerca de los tiempos que corren y la falta de seguridades por causa del conocido virus que circula en el mundo.

Nunca permitas que el futuro te perturbe, lo encararás si debes hacerlo, y con las mismas armas con las que hoy combates el presente”.

Atribuido a Marco Aurelio

Por Ernesto Parga

Don Miguel de Unamuno, el célebre escritor vasco, acuñó un neologismo para denominar con un género distinto a sus novelas. Las llamó nivolas, para distanciarlas intencionalmente y como una muestra de rechazo de los parámetros de la novela realista tan en boga en el siglo XIX. Quizá el ejemplo más logrado y al mismo tiempo más conocido sea la nivola “Niebla”. También se recomienda la lectura de la apasionante nivola “Abel Sánchez… una Historia de pasión”.

Unamuno, en boca de uno de los personajes de Niebla, Víctor Goti, el íntimo amigo del protagonista Augusto Pérez, describe las características de una nivola en el siguiente diálogo:

– Pero ¿te has metido a escribir una novela?

¿Y qué quieres que hiciese?

¿Y cuál es su argumento, si se puede saber?

Mi novela no tiene argumento, o, mejor dicho, será el que vaya saliendo. El argumento se hace él solo.

¿Y cómo es eso?

Pues mira, un día de estos que no sabía bien qué hacer, pero sentía ansia de hacer algo, una comezón muy íntima, un escarabajeo de la fantasía, me dije: voy a escribir una novela, pero voy a escribirla como se vive, sin saber lo que vendrá. Me senté, cogí unas cuartillas y empecé lo primero que se me ocurrió, sin saber lo que seguiría, sin plan alguno.

¿Les suena esto conocido? “Un día en que no sabía que hacer, sin plan alguno”. Extraña declaración hasta hace unos pocos meses, cuando nuestras vidas regidas por rigurosos calendarios, horarios, pensamientos y acciones, se ajustaban al ritmo frentico que impone el paradigma del bienestar capitalista, que busca, ahora lo sabemos, erróneamente la seguridad ante todo, esa seguridad que se manifiesta como un intento de atraer y de anticipar el futuro para poder de esta manera colocar, en el presente, las piezas del puzle de nuestro devenir, fijarlas de tal manera que este quede definido de conformidad a nuestra propia conveniencia.

Siempre me pareció, amén de inútil, muy poco poético el empeño necio por la   ultra-seguridad que se gasta su presente real en aras de construir un futuro que aún no es. Recuerdo haber leído en alguna ocasión que si algo define al futuro es precisamente la certeza de su incertidumbre, eso es y en eso radica la naturaleza de la vida futura: tiempo por vivirse.

El futuro, un porvenir más incierto que nunca

Hoy la vida en pandemia, que aún nos parece surrealista, lenta y en ocasiones insoportable, nos coloca casi como personajes de una nivola, historias sin futuro cierto, así como se vive, sin saber lo que vendrá nos explica Víctor Goti, el citado personaje unamuniano.

El coronavirus que hoy se yergue como un moderno iconoclasta, que nos arrasa derrumbando muchos de nuestros falsos dioses, los dioses en los que depositábamos la certeza radical de nuestra seguridad, o quizá aún más grave y doloroso, este virus también derrumba, vence y pisotea al dios cuasi omnipotente en que cada uno de nosotros se había más o menos convertido al compás del ritmo que las ideas al mando nos imponen con jerárquica e ineludible autoridad.

¿Catástrofe o era nueva? Las opiniones las hay y son variopintas. Hay quien ve esto como el fin del mundo, el triste omega de la humanidad, y otros como la inesperada oportunidad para renacer de nuestras miserias y despertar como humanidad a otro estado de conciencia.

No quiero suscribirme a ninguna de las dos visiones sobre esta pandemia. Rechazo la primera por fatalista, porque creo que la vida sigue su derrotero y todavía quedan muchos capítulos por escribirse en el libro de la  comedia humana. También rechazo la otra por ingenua, por que supone que la humanidad en su conjunto, aprenderá una lección y que todos, dominadores y dominados, siervos y señores caminaremos al fin juntos en busca del nuevo sol. Casi como el feliz final de una película futurista.

“Cada uno deberá responder a su propia pandemia”

Creo que esta contingencia si es algo de catástrofe u oportunidad, lo es solo en clave personalísima y no colectiva. ¿Qué nos deja a cada uno? ¿qué nos quita a cada uno? ¿me derrumbo o me levanto, me quejo de lo perdido o recupero lo olvidado, lo valioso? Se impone una respuesta personalísima, es decir cada uno cargará y deberá responder a su propia pandemia.

Hecha añicos la seguridad, el loco afán de medir el futuro y de pretender acomodar antojadizamente sus infinitas variables – el barril de petróleo a 49 dólares, 15 millones de turistas al año y su contante derrama económica-, podemos, ahora, parafrasear a Pablo de Tarso para preguntarnos ¿dónde está, oh seguridad tu victoria?

Así en tanto, creo que viene bien un poco de sana incertidumbre, un poco de nivola en nuestras historias, que se escriban así como se van viviendo. Un poco de poético, romántico e inasible futuro de ese que se alimenta de la esperanza en el azaroso porvenir, también nos viene bien.

*Ernesto Parga Limón es maestro y escritor de México

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