Literatura

La reina que no creía en el amor

Cuento breve sobre Sofía, la reina de Camalnópolis, y sus desavenencias con uno de los sentimientos más grandes que puede experimentar un ser humano.

“Estoy cansada de los hombres interesados, mentirosos e individualistas. ¿Acaso dejaron de existir aquellos muchachos que una se imagina, al que nos abrazamos con mucho cariño, sin desconfiar ni terminar desilusionada tiempo después?“, preguntaba Sofía, Reina de Camalnópolis, a su séquito de mujeres que le aconsejaba en cada decisión de su reinado. “No se preocupe Excelencia, algún día llegará el indicado“, contestaba Patricia, la más anciana de todas. Para bien o para mal, la consejera no tuvo razón. Los años pasaron y nadie llegó, falleciendo Sofía en una cama demasiado grande para un solo ser humano.

Sofía era una monarca muy apegada a su pueblo. Le encantaba recorrer la Plaza Central, donde vendedores y familias se encontraban para comerciar y charlar. Allí disfrutaba de escuchar los halagos y algunas pocas críticas de sus súbditos. Comenzó a ser partidaria del permanente contacto con los pueblerinos luego de la muerte de su hermana Juana. “Un líder que no está conectado con su gente, más que un líder es un dueño de títulos. Y yo no busco títulos, busco acción y reacción”, repetía a quien podía la soberana.

De jovencita, Sofía se dejaba arrastrar por las cálidas aguas de los sentimientos amorosos junto a Ricardo, su rey consorte. Pero hubo algo que la cambió. Desde entonces no conoció a nadie que la esperanzara en la idea de que el ser humano no está perdido solamente en la violencia y en la locura, sino que también puede provocar amor, esa satisfacción terrenal, ingenua y casi infantil, que cuando aparece lo hace como una estrella fugaz.

La familia real llevaba consigo un terrible secreto, nunca revelado, pero que cada noche amenazaba con desvelar a la reina. El recuerdo en el que ella le introducía veneno a la copa de su hermana Juana se le venía a la cabeza de la nada, causandole sobresaltos y un retorcimiento interior. Luego del primer impacto, pensaba la causa por la que había hecho eso, quedandose así un poco más tranquila.

El día en que vio en una misma cama a su marido y a su hermana, Sofía nunca volvió a ser la misma. Allí nació su odio y su descreencia en el amor. Ricardo, con quien pensaba tener hijos, fue el último hombre que ella amó, la última persona en la que depositó su verdadera confianza, con quien había compartido una multiplicidad de intimidades, y a quien también decidió asesinar a través de un sicario.

No hubo hombre que volviera a encantar a Sofía

¿Por qué Sofía no encontró al amor nuevamente? ¿Tuvo mala suerte? ¿La Vida la condenó a amarse en soledad? ¿Era un castigo por lo que le hizo a su hermana y su infiel marido?

¿Qué hubiera pasado si ella nunca hubiese entrado en aquel cuarto? Probablemente seguiría todo como lo era antes, con la reina creyendo ciegamente en su amado y siendo feliz con un “gran” y “honesto” hombre al lado. Pero eso habría significado vivir en la falsedad, careciendo de sentimientos genuinos.

¿Podría ser que su marido la amase a ella de la misma manera en que amaba a su hermana? En ese caso, ¿cuál hubiera sido el problema de “compartir” al marido? Seguramente muchos y hasta interesantes para aprender más sobre la especie humana, pero a Sofía la desgarró la mentira, el engaño.

La reina murió desesperanzada y desenamorada, a pesar de haber sentido algo totalmente distinto durante su juventud. Su accionar nunca pudo ser olvidado y la acompañó hasta el final.

La vida no es estanca ni uniforme. Quizá, si Sofía hubiera reaccionado distinto, o si un nuevo y amable hombre se le hubiera acercado, ella hubiera vuelto a creer. Porque la Vida es así, cambiante y variable. Y no hay nada más vivo que los sentimientos y, por sobre todo, el amor.

Escritor y estudiante. Fundó Humanidad el 2016 a sus 15 años de edad.

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