Reflexión

Una guerra permanente

Pensamientos sobre el dolor que provoca el pasado, la maldad de los humanos, y la esperanza de que al alcanzar la madurez se obtenga autonomía para dominar y pacificar, en lo individual, al "Yo". y en lo colectivo a la propia especie.

¿Por qué somos como somos? ¿Quién creemos ser? ¿Por qué pensamos lo que pensamos? Estas preguntas tienen respuestas, sin ser absolutas ni únicas. Sobre la importancia del ser podríamos afirmar que para el ser humano las creencias son igual de importantes que el oxígeno. Creemos (o reventamos) tomando posturas y opiniones que fundamentan nuestro accionar. Esa fundamentación es igual de diversa como lo es la forma de educar a un niño o niña.

La razón a esto la encuentro en lo siguiente: si ahora nos identificásemos como liberales, socialistas, o conservadores es porque un mundo imaginario (el de la Ideología, aquella que Marx situaba en la superestructura de un modo de organización social) nos acompaña desde el momento en que nacemos. Allí inicia nuestra historia, particular y muy personal por supuesto, pero que no sería nada sin el conjunto, sin el otro, aquel otro llamado padre, madre, tutor, maestro o de otras tantas formas, el cual nos da y nos quita las lapiceras y los colores que usamos para escribir el famoso “Yo”.

¿Quién sos vos? Sos, a mi juicio, todo lo que escribiste y escribís. En otras palabras, sos todo aquello con lo que te educaste, con lo que te enseñaron y con lo que no. Pero verlo así es muy pesimista teniendo en cuenta que lus humanus transmitimos con nuestra sabiduría y nuestras carencias.

Las carencias de nuestros predecesores son muchísimas y las nuestras también. Vivimos con muchas preguntas existenciales sin respuestas y con líos ligados a nuestra propia naturaleza como especie (por ejemplo la guerra entre la superioridad y el deseo de dominio contra la solidaridad y la fraternidad universal, la cual causa divisiones o “grietas”, pobreza, desigualdades y mucho más).

Los humanos transmitimos y educamos con nuestra sabiduría y nuestras carencias. A veces con más carencia que sabiduría…

Que las próximas generaciones vivan mejor y sufran menos depende en gran parte de quienes hoy se preparan (o no) para educar en sus futuros vínculos. Se educa (o se transmite) en cada relación e interacción social, por más mínima que sea. Uso la palabra educar porque creo que de todo se aprende, literalmente. Del momento en el que se esta aburrido, de las películas que se ven, de las amistades que se tienen y se dejan de tener. Todo eso y más va alimentando a nuestro “Yo”, al cual bautizamos con nombres y apellidos para así ser fácilmente identificables en la sociedad.

Al leer esto inmediatamente puede cundir el pánico y la angustia al ver que los humanos se educan con el maltrato, la violencia, el rechazo a lo diferente o “anormal”, y con falta de comunicación y entendimiento. Sí, esta especie es jodida, pero la mejor opción es no dejar de caminar. Así, mirando al horizonte y quizá un poco más acá, o incluso mirando lo bueno dentro de nosotros, vamos a encontrar cosas lindas, gente que tiene sus defectos pero que nos acompaña, siendo la compañía, la buena compañía, lo más valioso que se puede tener.

Pensando las cosas de esta manera, lo que nos pasó puede convertirse en una carga menos pesada. El tiempo pasado, por más malo que haya sido, terminó. El tiempo presente nos acompaña para seguir aprendiendo, desaprendiendo y ser felices, dentro de lo posible.

Escritor y estudiante. Fundó Humanidad el 2016 a sus 15 años de edad.

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